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Catequesis por la península ibérica

Andrés Vázquez de Prada

Etiquetas: Opus Dei, Viajes de catequesis, España, Portugal
Año 1972. Con la excusa del Concilio Vaticano II, hubo personas que promovieron desobediencias hacia el magisterio del Santo Padre, junto con errores doctrinales y prácticos, que causaron una crisis de fe en la Iglesia. San Josemaría sufrió muchísimo, pero no se dejó dominar por el desaliento.

San Josemaría hizo un viaje por la península ibérica, del 4 de octubre al 30 de noviembre de 1972
San Josemaría hizo un viaje por la península ibérica, del 4 de octubre al 30 de noviembre de 1972
Se decidió a empezar una nueva “correría catequística”, así la titulaba el Padre. El proyecto consistía en recorrer de arriba abajo y de abajo arriba la península Ibérica, deteniéndose en los principales lugares adonde pudiesen acudir gentes en contacto con las labores apostólicas del Opus Dei. Y empezaría por Pamplona, ya que allí tendría que asistir, como Gran Canciller de la Universidad de Navarra, a un importante acto académico que se celebraría a principios de octubre.

Pamplona: no os voy a echar un sermoncito
Video de una tertulia con sacerdotes, Pamplona, el 6 de octubre de 1972
Video de una tertulia con sacerdotes, Pamplona, el 6 de octubre de 1972
El día 4 de octubre llegaba el Padre a Pamplona, procedente de Francia. A su paso por Lourdes había puesto ese viaje catequístico bajo la protección de la Virgen. La primera gran reunión la tuvo el día 6 en un salón de actos. Desde ese momento, la alegría que se palpaba en el ambiente y el tono sencillo y afectuoso del Padre, que se ofrecía a contestar todo tipo de preguntas, hicieron de esas reuniones una tertulia de familia. Vengo a charlar de lo que queráis, comenzó diciendo. No os voy a echar un sermoncito. De modo que a ver si os vais animando, y sacáis vosotros los temas que os interesen. Y, roto el hielo, llovían las preguntas: Padre, ¿cómo se nota la vocación al Opus Dei?, preguntaba un jovenzuelo; «¿qué nos dice para nuestros padres?», intervenía una chica joven; «Padre, aquí estamos un grupo de gente del campo»...

El día 7 presidió el acto académico de investidura honoris causa de tres ilustres profesores: Paul Ourliac, de Toulouse; el marqués de Lozoya, de la Universidad de Madrid, y Erich Letterer, de Tubinga. Esos días celebraban los Amigos de la Universidad de Navarra una Asamblea General. El Padre, para agradecer su cooperación y sacrificio económicos, sin los cuales no sería una realidad la Universidad de Navarra, se vio con ellos.

Bilbao: con sacerdotes
El 10 de octubre salió para Bilbao y se alojó en la casa de retiros de Islabe, donde fue recibiendo visitas en pequeños grupos, aunque el mismo día de su llegada tuvo una tertulia con un buen número de sacerdotes. El Padre volcó en ellos su corazón. Les habló largamente de muchos problemas de actualidad pastoral, y de liturgia y, sobre todo, de la caridad que debían mostrar con todos sus hermanos, sacerdotes del mundo entero:
“Siempre nos han dicho que un sacerdote no se salva ni se condena solo [...]. Pues vamos a salvar sacerdotes, que es un deber de justicia. Y no los salvaremos si nos hacemos como erizos: hay que tratarlos con cariño, hay que vencerse. No hemos de formar un grupito, sino abrirnos, así, con los brazos en cruz. ¡Que vean que los queremos con obras!”.
Recordó con alegría su estancia en parroquias rurales, a poco de ordenarse sacerdote en Zaragoza; y se arrodilló ante todos los sacerdotes allí presentes para recibir de ellos una bendición conjunta antes de la despedida.

El 12 de octubre de 1972, en Gaztelueta (Bilbao)
El 12 de octubre de 1972, en Gaztelueta (Bilbao)
Una semana en Madrid
En Madrid estuvo del 13 al 30 de octubre. En colegios y residencias asistió a las reuniones, mañana y tarde. Las más numerosas fueron las del salón de actos del Instituto Tajamar, en Vallecas. En los años de la segunda República don Josemaría había recorrido con frecuencia aquellos andurriales para visitar enfermos, confesar a niños y enjugar lágrimas de muchos desgraciados. Tiempo después sus hijos empezaron a dar clases a los chiquillos de esa barriada; y ahora, los establos de la vieja vaquería, que años atrás servían de aula, se habían transformado en las modernas instalaciones de un Instituto que nada tenía que envidiar a los mejores centros educativos de Madrid.

¿Qué es una tertulia?
El salón de actos de Tajamar, amplísimo, resultaba insuficiente para las muchedumbres que acudían allí. A las apretadas reuniones que en ese salón se celebraban, el Padre las apellidaba “tertulias”, porque en ellas se conversaba; esto es, se preguntaba y se respondía. Era el sistema que como sacerdote había empleado siempre en la catequesis de los niños: el de preguntas y respuestas.
Durante una tertulia con jóvenes, en Madrid, el 24 de octubre de 1972
Durante una tertulia con jóvenes, en Madrid, el 24 de octubre de 1972

El Padre ni predicaba ni sermoneaba, charlaba sencillamente con el público, aunque se tratara de millares de personas. Su palabra y su presencia tenían el poder maravilloso de reducir la multitud a un pequeño grupo. Y, si después de un atento silencio estallaba un aplauso atronador, el Padre se quejaba: “Habéis aplaudido, y a mí no me va: porque la gente que nos viera creería que esto es una muchedumbre, y en realidad somos una familia, una familia muy unida”.

Generalmente las tertulias comenzaban con unas palabras del Padre sobre un tema de actualidad o alguna nota sacada de sus recientes lecturas espirituales. La víspera de su salida de Madrid, nada más entrar en la sala de Tajamar, les anunciaba: “De vosotros y de mí dice San Pablo que nuestra conversación ha de estar en los cielos, y eso es lo que vamos a hacer en este rato”. Y, contestando a una de las primeras preguntas, les exhortaba a meditar la vida de Nuestro Señor:
“Piensa en sus tres años de vida pública. Piensa en la Pasión, en la Cruz, que era la mayor afrenta. Piensa en la muerte de Cristo, en su Resurrección. Piensa en aquellas tertulias que tenía el Señor, especialmente después de su Resurrección, cuando [...] hablaba de muchas cosas, de todo lo que le preguntaban sus discípulos. Aquí lo estamos imitando un poquito, porque vosotros y yo somos discípulos del Señor y queremos cambiar impresiones: hacemos una tertulia. Piensa en su Ascensión a los cielos”.

Portugal. Oración confiada en Fátima
El 2 de noviembre de 1972 san Josemaría hizo una romería a Fatima (Portugal)
El 2 de noviembre de 1972 san Josemaría hizo una romería a Fatima (Portugal)
Le esperaban en Portugal. El 30 de octubre llegó a Oporto. Esos días residió en la Quinta de Enxomil, una casa de retiros en las cercanías. El Padre se sentía feliz, pero con pena de no hablar portugués. Por la casa fueron pasando grupos, reducidos o de centenares de personas venidas de Oporto, Coimbra y otras ciudades: Braga, Lamego y Viseu. En la mañana del 2 de noviembre emprendió viaje hacia Coimbra. Allí se detuvo a visitar a Sor Lucia, la vidente de Fátima, en el Carmelo de Santa Teresa. Como decía el Padre a la Reverenda Madre Priora del convento: “tanto don Álvaro como yo, desde hace muchísimos años, todos los días hacemos un memento en la Santa Misa por esa amada Comunidad, especialmente por Sor Lucia que fue instrumento del que se valió el Señor para que el Opus Dei comenzara su labor en Portugal”.

Cerca de dos horas duró la entrevista; y, antes de marcharse, Sor Lucia les entregó unas hojas de propaganda en español para fomentar el rezo del Santo Rosario, y pidió que se repartieran durante el resto de su correría por España.

Prosiguió luego viaje al Santuario de Fátima. Llegó a las cuatro de la tarde. Inmediatamente los grupos dispersos de quienes le esperaban impacientes en la explanada se apretujaron a su alrededor. No entraron en la basílica porque estaban diciendo misa. Por indicación del Padre rezaron una parte del rosario ante la primera de las estaciones del Vía Crucis. Al terminar, entraron en la basílica. Después el Padre se dirigió a la capelinha y rezaron todos la Salve antes de continuar el viaje a Lisboa.

Al día siguiente, 3 de noviembre, tuvo la primera tertulia para matrimonios en el pabellón del Club Xénon. A pesar del ajetreo de aquellas semanas, el Padre se encontraba feliz, y hasta rejuvenecido. Como aseguraba a sus oyentes, al tiempo que les hablaba hacía oración. Era evidente que mantenía a todos en presencia de Dios y todos experimentaban, como una realidad palpable, lo que aquel sacerdote les decía: que el Opus Dei “es estupendo para vivir y para morir, sin miedo a la vida ni miedo a la muerte”. Así mañana y tarde, sin descanso, continuó haciendo su catequesis, hasta el día 6, en que salió por la tarde del aeropuerto de Lisboa con destino a Sevilla.
10 de noviembre de 1972
10 de noviembre de 1972

Sevilla. “Con alma y con calma”
En Sevilla vio el Padre a muchas hijas e hijos suyos. Pero fue en Pozoalbero, la casa de retiros vecina a Jerez de la Frontera, donde se dio cita con millares de personas que acudieron a su catequesis. Con este propósito se acondicionó un recinto contiguo a la casa y abierto por un lado al jardín de la finca. En sus tiempos había allí una corraliza para guardar los aperos de labranza y unos locales donde, últimamente, funcionaba un lagar. “El lagar” se seguía llamando ese patio exterior, protegido por una gran lona. No por el calor de la temporada sino porque la semana anterior, estando el Padre en Portugal, la lluvia que venía del Atlántico había descargado con fuerza en Andalucía. De la pared del fondo, desde donde podía hablar el Padre paseando por un amplio estrado que dominaba las abigarradas muchedumbres procedentes del sur de la Península, colgaba un repostero con el lema: Siempre fieles, siempre alegres, con alma y con calma. (Eran las palabras del brindis que allí mismo, en Pozoalbero, había pronunciado el Padre el 2 de octubre de 1968).

Un día, en una de las tertulias, un chico joven le preguntó, sin más, por el lema. ¿Qué quería decir lo de “con alma y con calma”? ¿Cómo aplicarlo al trato con Dios?:
“Quiere decir que hay que tener coraje, e ir despacio. Ese alma, calma quiere decir eso: que seas valiente, sin precipitaciones”.
Uno le preguntó qué sentía al ver reunidos a tantos hijos suyos, cuando años atrás contaba tan sólo con una docena de personas en la Obra. Esto le hizo recordar “las primeras horas” de la fundación. Ahora al Padre le parecía estar viendo una película en color, después de aquellas del cine mudo:
“Os he dicho, me lo habéis oído muchas veces y en momentos muy duros, que soñarais y os quedaríais cortos. ¿No es verdad? Os lo he dicho cuando erais pocos. Ahora os vuelvo a repetir lo mismo: que soñéis y os quedaréis siempre cortos”.

”Mis elegidos no trabajarán en vano”
El 13 de noviembre salió el Padre hacia Valencia, donde permaneció hasta el 20 de ese mes. Sin pérdida de tiempo, al día siguiente de su llegada a La Lloma, la casa de retiros cercana a la capital, reemprendió la catequesis.
14 de noviembre de 1972, en Valencia
14 de noviembre de 1972, en Valencia
A su memoria venían aquellos primeros viajes a Valencia, y sus paseos por la playa con algunos chicos de San Rafael. Habían pasado más de treinta años; pero el eco de aquellos recuerdos estaba vivo en su alma. Junto al patio de entrada de La Lloma, sobre un arcón había un ejemplar de Camino. En su primera página escribió el Padre: Electi mei non laborabunt frustra. Valentiae, 14-XI-1972. Mis elegidos no trabajarán en vano. Todavía era joven. Poseía una increíble capacidad de entusiasmo apostólico, una pronta reacción para no dormirse en los laureles y una vida interior en continuo y vigoroso desarrollo. Sus recuerdos apostólicos no morían en una mansa complacencia sino que estallaban en acciones de gracias.

Barcelona. Negociar los talentos
El 20 de noviembre, fecha de su llegada a Barcelona, le esperaban allí multitud de catalanes, gentes de otras regiones españolas, y algunas personas procedentes de otros países. Las tertulias se sucedieron ininterrumpidamente durante diez días: en escuelas deportivas, auditorios, casas de retiro, colegios y escuelas agrarias. Su primera visita fue a la Virgen de la Merced, patrona de la capital.

Como era previsible, el tema del trabajo y el afán por sacar más tiempo para los negocios fueron los puntos de que tomó pie el Padre para dar lecciones de cómo santificar el trabajo y los negocios. Quería decir a la gente de aquella industriosa región que muchas veces el esfuerzo realizado no resultaba auténticamente cristiano, porque iba solamente detrás del dinero, motivado por fines sin altura. En el auditorio del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE) se celebró una de las tertulias en que parecía obligado tocar este tema. Llenaban la sala profesores y empresarios, financieros y hombres de negocios. Cuando el Padre apareció en el estrado traía un libro, entre cuyas hojas asomaban unas tiras de papel como señal. Nada más saludarles declaró a los presentes su absoluta ignorancia en cuestiones de dinero: “cuando veo tres reales juntos me mareo. Algunos —decía a los presentes— os miran con recelo, y otros murmuran de los que trabajáis en negocios. Pero, es el Señor quien recomienda vuestro trabajo. Jesús cuenta cosas muy divertidas”.

Dicho esto, abrió el Padre el libro, que era el Nuevo Testamento, por el capítulo XIX de san Lucas. Un hombre poderoso, antes de salir de viaje a tierras lejanas, entregó cierta cantidad de dinero a sus siervos para que negociaran y a su vuelta se lo devolviesen junto con frutos e intereses. “¿No es esto un negocio? Un negocio modesto; de esos que a vosotros no os gusta hacer. Pero al fin y al cabo es un negocio. Y el Señor lo alaba. Yo no tengo más remedio que alabaros también”.
Y prosiguió el Padre planteando los negocios de que hablan los Evangelios. Ahora es san Mateo, “que entendía mucho de cuartos”, quien nos dice del tesoro escondido. El hombre que lo descubre, lo vuelve a esconder y vende enseguida todo lo que tiene para comprar ese campo. He aquí “un negocio seguro”.

¿Empresario y buen cristiano?
A renglón seguido cuenta san Mateo la parábola de la perla preciosísima; en cuanto la vio un mercader en perlas finas le dio un brinco el corazón. Vende cuanto tiene y la compra, pues sabe que no es probable que halle otra perla tan valiosa en toda su vida. A continuación habla san Mateo de otro negocio: el de la pesca. Es éste un negocio relativo, porque la red barredera recoge toda clase de peces al arrastrarla: buenos y malos; y estos últimos hay que tirarlos. El Padre, con muy buen humor, va comentando las parábolas; pero al llegar a este punto se puso un tanto serio para hacer recapitular a los oyentes:
San Josemaría con Mons. Alvaro del Portillo en Castelldaura (Barcelona), el 27 de noviembre de 1972
San Josemaría con Mons. Alvaro del Portillo en Castelldaura (Barcelona), el 27 de noviembre de 1972
“El Señor alaba vuestros negocios. Pero si no ponéis amor, un poco de amor cristiano; si no añadís el deseo de dar gusto a Dios, estáis perdiendo el tiempo”.

Con el Evangelio en la mano, siguió luego exponiendo las dificultades en los negocios, y la competencia ilegal... ¿Qué es, pues, lo que impide a un hombre de negocios el comprometerse a vivir una vida verdaderamente cristiana? ¿No será, algunas veces, el miedo y los respetos humanos? A todo parecía tener respuesta el Padre. Buscó otra cita y les comentó la historia de Zaqueo, hombre muy rico y corto de estatura. El cual, sin miedo a hacer el ridículo se encarama a un árbol para ver a Jesús...

El Padre poseía el “don de lenguas”, el darse a entender por toda clase de personas. Dios le había hecho gracia de ese don particular, tan adecuado al carisma de quien ha de predicar la llamada universal a la santidad en el ejercicio de cualquier profesión honrada.