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Relatos biográficos

Los últimos momentos de san Josemaría

Etiquetas: Muerte, 26 de junio, Alma sacerdotal
El miércoles, 25 de junio de 1975, celebró en familia el aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes. En la tierra estaban don Álvaro del Portillo y don José Luis Múzquiz. (“Chiqui” estaba en el cielo). Les había tenido muy presentes en su misa; y también a los que se habían ordenado después de ellos; y a los que se ordenarían dentro de unas semanas. Para todos sus hijos e hijas pedía al Señor que tuvieran siempre alma sacerdotal. Cuánto había rezado por todos, y concretamente para que calara muy hondo en cada una de sus hijas el alma sacerdotal.

San  Josemaría con los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, el 25-VI-1969, día de sus bodas de plata sacerdotales
San Josemaría con los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, el 25-VI-1969, día de sus bodas de plata sacerdotales
La felicidad del Padre y su buen humor eran patentes en el rato de tertulia después de comer. En varias ocasiones, sacando del bolsillo un pequeño silbato de barro, que le habían regalado días antes las niñas de un club juvenil, volviéndose hacia don Javier, daba un silbido, con el consiguiente regocijo general.

Por la tarde asistió a la exposición y bendición con el Santísimo en el oratorio de la Sagrada Familia. Esa fecha había sido un día intenso, colmado de oración; y llegó a la noche bastante fatigado. Al bajar la escalera, para ir a la tertulia de la noche, llevaba el Padre el servicio de la manzanilla prescrita por el médico. Los que le acompañaban quisieron quitarle la bandeja para que viese sin dificultad los escalones, ya que apenas los distinguía. Pero él se resistía y, en tono de broma, se quejaba: ¡Pero, si no me dejáis hacer ni estos pequeños sacrificios!.

Enfrente de donde estaba sentado había una pequeña imagen de la Virgen, a la que dirigía frecuentes miradas, recitando interiormente jaculatorias (Cfr. Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4762. «Estaba sentado en un ángulo de la sala de estar y habló poco durante aquella reunión familiar; más bien se dedicó a mirar a la Virgen que tenía enfrente. Así lo recuerdo: mirando a la Virgen y buscando refugio en su protección»). Durante la tertulia, antes de retirarse a dormir, se le veía como ensimismado, metido en oración. ¿Qué pensamientos cruzarían por su mente?
San Josemaría con un grupo de personas jóvenes, dos semanas antes de su fallecimiento
San Josemaría con un grupo de personas jóvenes, dos semanas antes de su fallecimiento

26 de junio
Al día siguiente, jueves, 26 de junio, celebró misa a las ocho de la mañana, ayudado por don Javier Echevarría. Era la misa votiva de Nuestra Señora, en cuya colecta el sacerdote pide «la perfecta salud del alma y del cuerpo». Su lectura debió removerle de modo muy particular ese día, porque las últimas palabras que anotó en una ficha de su agenda, a pesar de sabérselas muy bien de memoria, fueron las palabras finales de esta colecta: «a praesenti liberari tristitia et aeterna perfrui laetitia». Para que libres de las tristezas actuales, disfrutemos para siempre de la alegría que no acaba.

A las nueve y media, acompañado de don Álvaro, don Javier, y el arquitecto Javier Cotelo, salía en automóvil hacia Castelgandolfo, donde le aguardaban sus hijas. Al dejar Villa Tevere comenzaron a rezar los misterios gozosos del rosario. El viaje se alargó a causa de unas obras en la calzada. Durante el trayecto comentó que tal vez pudiera visitar, esa misma tarde, el oratorio de Nuestra Señora de los Ángeles en Cavabianca.

Llegados a Villa delle Rose, el centro de Castelgandolfo, entró en el oratorio, permaneciendo unos momentos de rodillas. Después se reunió en tertulia con sus hijas, en la sala de estar. Había en ese soggiorno un cuadro de la Virgen que apoyaba delicadamente su rostro en la cabeza del Niño, atrayéndolo hacia sí, y sujetando grácilmente, entre los dedos de la otra mano, una rosa de color pálido.

"La Virgen del Niño Peinadico”
Posó sus ojos en el cuadro el Fundador. (Era costumbre suya, indefectible, el saludar a la Señora al entrar o salir de un cuarto). La imagen perteneció a doña Dolores, y había recogido sus últimas miradas antes de morir. Familiarmente le llamaban “la Virgen del Niño Peinadico”. (El Niño Jesús, como de unos dos o tres años, aparece sonrosado y mofletudo, con mohín candoroso; el pelo rubio, repeinado a raya y con bucle).

Le habían preparado un sillón, que el Padre cedió a don Álvaro, ocupando una silla, y les dijo: Tenía muchas ganas de venir. Estamos terminando estas últimas horas de estancia en Roma para acabar unas cosas pendientes, de modo que ya para los demás no estoy: sólo para vosotras.

Les recordó la pasada fiesta de la víspera, 25 de junio, aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, y el que otros cincuenta y cuatro se iban a ordenar en breve. ¿Les parecían muchos? Pocos eran. Las necesidades apostólicas los absorberían rápidamente.
Como os digo siempre, esta agua de Dios que es el sacerdocio, la tierra de la Obra la bebe corriendo. Desaparecen enseguida. Vosotras tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo por aquí. Vuestros hermanos seglares también tienen alma sacerdotal. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal, y con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz.

Discurría plácida y amena la conversación, con anécdotas y recomendaciones. A los veinte minutos se sintió indispuesto. Se cortó. Le venían mareos. Y tuvo que retirarse a descansar unos minutos. Como no se reponía del todo, se despidió, rogándoles que le perdonasen las molestias causadas.
Eran las once y veinte.

Por el camino más corto enfilaron la ruta de regreso a Roma. Apretaba el calor, y a ello atribuía el Padre su malestar. No hubo atascos a la vuelta, entraron en Villa Tevere unos minutos antes de las doce. Salió el Padre del auto con soltura y semblante risueño. Nadie sospechaba otra cosa que una ligera indisposición.
Pasó por el oratorio e hizo su acostumbrada genuflexión: devota, pausada, con un saludo al Señor sacramentado. Inmediatamente se dirigió al cuarto de trabajo. Don Javier, que se había quedado atrás, para cerrar la puerta del ascensor, oyó que el Padre le llamaba desde dentro. Acudió. No me encuentro bien, le dijo con voz débil. Acto continuo se desplomó.

Una muerte repentina
(Los párrafos que siguen están entresacados de una carta de don Álvaro, entonces Secretario General del Opus Dei, a los miembros de la Obra: Roma, 29 de junio de 1975).
«Pusimos todos los medios posibles, espirituales y médicos. Yo le di la absolución y la Extremaunción, cuando todavía respiraba. Fue una hora y media de lucha, de esperanzas: oxígeno, inyecciones, masajes cardíacos. Mientras tanto, yo renové varias veces la absolución [...].
Nos resistíamos a convencernos de que había fallecido. Para nosotros, ciertamente, se ha tratado de una muerte repentina; para el Padre, sin duda, ha sido algo que venía madurándose —me atrevo a decir— más en su alma que en su cuerpo, porque cada día era mayor la frecuencia del ofrecimiento de su vida por la Iglesia [...].
En el oratorio de Santa María lo depusimos, con toda nuestra veneración y cariño, delante del altar, retirando previamente el candelabro votivo que allí hay siempre. El Padre estaba todavía vestido con la sotana negra [...].
Se trajeron también cuatro candeleros. Se compuso bien, con todo amor, el cuerpo de nuestro Padre. Poco después, se le revistió —sobre la sotana negra— con el amito, el alba, la estola y la casulla. El alba era de batista de hilo, color marfil, con viso de seda roja bajo el encaje de Bruselas desde la cintura hasta los pies. Era el alba que usaba los días de fiesta [...].
El rostro del Padre aparecía enormemente sereno: una serenidad que infundía una gran paz a cuantos lo miraban».
Murió como era su deseo: saludando a una imagen de la Virgen de Guadalupe. De manos de la Señora recibió la rosa que abre al Amor las puertas de la eternidad.

Andrés Vazquez de Prada, El fundador del Opus Dei, Tomo III: Los caminos divinos de la tierra, Ediciones Rialp, Madrid 2003