Documentación
Relatos
Nunca podré olvidar aquella Misa
Mons. Pedro Casciaro
Durante la guerra civil española, cuando en Madrid san Josemaría no podía ejercitar el ministerio sacerdotal y el clima se hizo irrespirable, en constante peligro de muerte, no tuvo otra opción que atravesar la frontera por la zona de los Pirineos para pasarse a la zona libre, a través de Andorra. Durante la marcha, tan arriesgada y azarosa, -si los descubrían se exponían a ser fusilados-, se dió a conocer como sacerdote y celebró la Eucaristía todas las veces que le fue posible. En la travesía le acompañó, entre otros, Pedro Casciaro que relata el recuerdo de la Misa que san Josemaría celebró el 28 de noviembre de 1937, después de una larguísima caminata.
Llegamos a una profunda hondonada en el barranco de la Ribalera, en la escarpadura de una montaña de rocas rojizas. Allí, antes de ponernos a descansar, el Padre dijo que quería celebrar la Santa Misa. El lugar elegido no fue dentro de la hondonada, sino cerca de ella, al aire libre, un poco más abajo de una pequeña cascada originada por las filtraciones de la montaña.
Durante el trayecto de la noche anterior habíamos oído algunas blasfemias, porque dentro del grupo, además de unos veinte mozos catalanes, había gente de todo tipo y no faltaban algunos contrabandistas. A pesar de todo, el Padre quiso que se corriera la voz de que era sacerdote y se dispuso a celebrar la Santa Misa. La caravana no era muy numerosa todavía; pero, como poco, asistieron a Misa unas veinte personas que, con toda seguridad, no lo habrían podido hacer desde el comienzo de la guerra. Todos estuvieron muy respetuosos.
Nunca podré olvidar aquella Misa. Como no había ninguna peña suficientemente alta que pudiera servir de mesa de altar, el Padre tuvo que celebrar el Santo Sacrificio permaneciendo de rodillas durante todo el tiempo, delante de una piedra no demasiado alta, pero suficientemente plana. Pese al cansancio y a lo singular de las circunstancias, celebró la Misa con gran unción, contagiando a los demás su piedad y su reconocimiento. Dos de nosotros tuvimos que estar también de rodillas durante todo el tiempo sujetando los corporales para que el viento no se llevara ninguna forma. Nuestro guía lo observaba todo a una respetuosa distancia, semioculto entre los árboles.
Me fijé de un modo especial en la devoción con la que oyó Misa un muchacho catalán de aspecto universitario. Se llamaba Antonio Dalmases, y más tarde hicimos amistad con él. «Sobre una roca y arrodillado —escribió entonces Antonio en su diario— casi tendido en el suelo, un sacerdote que viene con nosotros dice la Misa. No la reza como los otros sacerdotes de las iglesias. Sus palabras claras y sentidas se meten en el alma. Nunca he oído Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque este sacerdote es un santo.
La Sagrada Comunión es conmovedora: como casi no podemos movernos hay dificultad para administrarla y esto que estamos todos agrupados en torno al altar. Todos vamos andrajosos, con la barba de varios días, despeinados, cansados. Uno tiene el pantalón roto y enseña toda la pierna. Las manos sangran por los rasguños, los ojos brillan por las lágrimas contenidas, y sobre todo está Dios entre nosotros».
Pedro Casciaro, Soñad y os quedaréis cortos, Rialp, Madrid 1994.
Llegamos a una profunda hondonada en el barranco de la Ribalera, en la escarpadura de una montaña de rocas rojizas. Allí, antes de ponernos a descansar, el Padre dijo que quería celebrar la Santa Misa. El lugar elegido no fue dentro de la hondonada, sino cerca de ella, al aire libre, un poco más abajo de una pequeña cascada originada por las filtraciones de la montaña.

Durante el trayecto de la noche anterior habíamos oído algunas blasfemias, porque dentro del grupo, además de unos veinte mozos catalanes, había gente de todo tipo y no faltaban algunos contrabandistas. A pesar de todo, el Padre quiso que se corriera la voz de que era sacerdote y se dispuso a celebrar la Santa Misa. La caravana no era muy numerosa todavía; pero, como poco, asistieron a Misa unas veinte personas que, con toda seguridad, no lo habrían podido hacer desde el comienzo de la guerra. Todos estuvieron muy respetuosos.
Nunca podré olvidar aquella Misa. Como no había ninguna peña suficientemente alta que pudiera servir de mesa de altar, el Padre tuvo que celebrar el Santo Sacrificio permaneciendo de rodillas durante todo el tiempo, delante de una piedra no demasiado alta, pero suficientemente plana. Pese al cansancio y a lo singular de las circunstancias, celebró la Misa con gran unción, contagiando a los demás su piedad y su reconocimiento. Dos de nosotros tuvimos que estar también de rodillas durante todo el tiempo sujetando los corporales para que el viento no se llevara ninguna forma. Nuestro guía lo observaba todo a una respetuosa distancia, semioculto entre los árboles.
Me fijé de un modo especial en la devoción con la que oyó Misa un muchacho catalán de aspecto universitario. Se llamaba Antonio Dalmases, y más tarde hicimos amistad con él. «Sobre una roca y arrodillado —escribió entonces Antonio en su diario— casi tendido en el suelo, un sacerdote que viene con nosotros dice la Misa. No la reza como los otros sacerdotes de las iglesias. Sus palabras claras y sentidas se meten en el alma. Nunca he oído Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque este sacerdote es un santo.
La Sagrada Comunión es conmovedora: como casi no podemos movernos hay dificultad para administrarla y esto que estamos todos agrupados en torno al altar. Todos vamos andrajosos, con la barba de varios días, despeinados, cansados. Uno tiene el pantalón roto y enseña toda la pierna. Las manos sangran por los rasguños, los ojos brillan por las lágrimas contenidas, y sobre todo está Dios entre nosotros».
Pedro Casciaro, Soñad y os quedaréis cortos, Rialp, Madrid 1994.
Relación de contenidos
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- Nunca podré olvidar aquella Misa
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