PortadaDocumentaciónHomilías sobre el fundador del Opus DeiMons. Joseph Ti-Kang, arzobispo de Taipei. Roma, octubre de 2002


Documentación
Homilías
Mons. Joseph Ti-Kang, arzobispo de Taipei. Roma, octubre de 2002
Mons. Joseph Ti-Kang, arzobispo de Taipei

Hoy estamos reunidos en la Santa Misa para dar gracias a Dios por habernos concedido un nuevo santo y por la canonización de San Josemaría Escrivá de Balaguer.
Sin duda, es el mejor modo de agradecer al Señor, porque la palabra Eucaristía significa “acción de gracias”. Por Cristo, todo lo bello, lo bueno y lo justo que se puede encontrar en las criaturas y en la humanidad, lo podemos transformar en acción de gracias; en sacrificio de alabanza a la Bondad, Omnipotencia y Sabiduría de Dios; en petición de gracia; en pedir perdón; en reparación. La Santa Misa es, en realidad, el sacrificio en que Nuestro Señor Jesucristo, por medio del Espíritu Santo, une nuestras ofrendas con Él mismo, las santifica y las ofrece a Dios Padre. (Hebr 9, 14)
Toda la vida de San Josemaría es para nosotros una lección, un manifiesto y un testimonio: nuestra vida ordinaria y nuestras acciones aparentemente irrelevantes pueden ser siempre ocasión de encuentro con Cristo, de unión íntima con Él. Al mismo tiempo, Cristo nos llama y quiere que le reconozcamos para que, desde nuestros lugares, podamos cumplir estas dos misiones: caminar hacia Dios y predicar el Evangelio. Los caminos que seguimos y nuestros modos de vivir son diferentes; sin embargo, tenemos la misma misión. Queremos convertirnos a Cristo Señor, con sinceridad, y dejar que el Espíritu Santo nos santifique para ir creciendo en el amor a Dios y a los hombres. Por este ideal San Josemaría fundó el Opus Dei.
Como bien se sabe, San Josemaría fundó el Opus Dei el día 2 de octubre de 1928, fiesta de los Ángeles Custodios, mientras estaba haciendo unos ejercicios espirituales junto con otros sacerdotes diocesanos. Después de celebrar la Misa, San Josemaría volvió a su habitación. Cuando estaba revisando sus diarios espirituales vio, de repente, el plan divino que Dios había trazado para él: fundar el Opus Dei y desarrollarlo. ¿Qué vio? Vio un pueblo grande, compuesto por personas de todas las naciones, razas, edades y culturas, que buscaban a Dios y lo encontraban precisamente en su vida cotidiana, en sus trabajos ordinarios, en su familia, en sus amistades. Este pueblo busca a Jesús, ama a Jesús, y quiere llevar una vida santa y casta, hasta ser totalmente transformado en un santo, un santo que vive en el mundo, un sastre santo, un panadero santo, un científico santo, un obrero de fábrica santo. Los santos no se distinguen aparentemente de los demás; sin embargo, se identifican con Cristo de manera profunda, conducen todo hacia Dios, santifican los trabajos, se santifican en los trabajos, y, a través de ellos, santifican a sus prójimos. El santo es el que hace cristiano su ámbito de vida; es el que ayuda a sus prójimos con amor fraterno, sencillo y tierno, y les acerca al Señor Cristo. El santo es aquel cuya fe se muestra atractiva, difusiva e influyente.
San Josemaría vio que los miembros del Opus Dei debían ser cristianos corrientes, cristianos que viven en el mundo. Procuran vivir con seriedad y con perfección la vocación y la misión conferidas por el Sacramento del Bautismo, es decir, ser santos y predicar el Evangelio. En todo momento evangelizan; en todo momento luchan para ser santos. Son apóstoles de Cristo. Viven, día a día, la vida cristiforme, de modo íntegro y cabal. También de modo íntegro y cabal, gozan de la gracia que otorga el Sacramento del Bautismo y participan de los tres munera (poderes) de Cristo -el Sacerdocio, la Profecía y el Régimen-, con el fin de edificar el “Reino de Dios”, el “Cuerpo Místico de Cristo”, y “Pueblo de Dios”. En base a ello, San Josemaría también vio, por medio del Opus Dei, la Iglesia de Cristo: Ella quiere producir frutos de santidad y de apostolado para el mundo y la humanidad.
Además, el día 14 de febrero de 1930 San Josemaría fundó la sección femenina del Opus Dei.
Para San Josemaría, fundar el Opus Dei no suponía “reformar la Iglesia”. Él creía que Dios, sirviéndose de él, fundó el Opus Dei para dar un sentido nuevo a la Iglesia, ya que para las personas de distintas épocas y sociedades, el mensaje que trajo Cristo a la humanidad presenta siempre un sentido nuevo. El Espíritu Santo trabaja siempre y “renueva la faz de la tierra”, hace que la Iglesia mantenga un rostro joven, un espíritu joven. Este sentido nuevo debe permanecer entre los laicos, los religiosos y entre los clérigos. Todos ellos son iguales y diferentes a su vez. Son iguales, por vivir la misma vocación y la misma misión; son diferentes, por el modo de realizarlas. El sentido nuevo se halla también en el esfuerzo que ponen los fieles del Opus Dei para tener la vida interior. San Josemaría subrayaba mucho el papel de la gracia en el progreso de la vida vida interior. El Opus Dei es una empresa sobrenatural, grande y santa. Además, San Josemaría preparó una base sólida y profunda para la ascética del Opus Dei. Esa base consiste en: 1) la oración perseverante; 2) la mortificación sincera; 3) la alegría de saberse hijas e hjios de Dios; 4) el trabajo esforzado y constante. San Josemaría hizo que la Obra permaneciera firme en las tormentas, y que fuera adelante sin vacilaciones.
El Opus Dei quiere servir a todo el mundo. No sólo se compone de fieles de diversas profesiones, sino que incluso, con el permiso de la Iglesia, acepta a los no católicos como cooperadores. Para San Josemaría, lo más importante era encender en los corazones de todos los fieles del Opus Dei el auténtico fervor de poner a Cristo en la cima de todas las cosas -a través de un trabajo serio y responsable, de un trabajo que santifica a uno mismo y a los demás-, y en el centro de todas las actividades humanas, para beneficiar a la humanidad entera.
Por lo tanto, emprendió empresas muy variadas. Además de escuelas elementales, secudarias y superiores, empezó escuelas de capacitación profesional de diversas especialidades, entre ellas las agrícolas y las comerciales, para preparar bien a los futuros profesionales. También hizo levantar clínicas, hospitales y centros médicos, con vistas a formar a los interesados en el campo de la medicina y en enfermería. Llamaba “un mar sin orillas” a todas las actividades nacidas de las necesidades de la sociedad humana; animaba a los fieles del Opus Dei a descubrir y santificar las particulares necesidades de distintos lugares y a afrontarlas con sentido profesional. También señaló que todas esas empresas debían estar abiertas a todas las razas, a gente procedente de distintas religiones y de diferentes clases sociales. De este modo, mientras el cristiano se esfuerza en tener en cuenta la dignidad de la persona y la libertad humana, el carácter irreconciliable del Evangelio de Cristo no queda ignorado. Otra característica del Opus Dei es señalar que en la vida de familia, de colaboración, deben animarse entre sí para caminar hacia la santidad y hacer apostolado.
Aquí, no podemos dejar de mencionar la predilección de San Josemaría por el Oriente, especialmente por China. Desde muy temprano San Josemaría se fijó en China. Decía que debía haber alguien que ambicionase ser misionero, como San Francisco Javier con el fin de conquistar para Cristo China, Japón, Rusia, etc. Además, estaba convencido de que el misionero debía considerar como suyo al pueblo del lugar, y que debía enseñarle a decir: “¡Católicos!: corazón grande, espíritu abierto. Los motivos de orgullo y glorias de asiáticos y africanos son también los míos...” (Camino, n. 525). Dentro del espíritu de San Josemaría hay dos aspectos que relacionan estrechamente con la cultura china: la santificación de la vida familiar y la santificacion del trabajo. Desde muy temprano San Josemaría ya sabía que la postura que tomaba el Opus Dei de apreciar la familia se haría popular en el pueblo chino. En efecto, la familia es el pilar de la sociedad china y la piedad filial es el fundamento de la familia. Cuando un chino se convierte a Cristo, imitará naturalmente a Cristo y aplicará las eseñanzas de la fe a sus relaciones sociales y a sus relaciones con Dios. La santificación de la familia fue una constante en la predicación de San Josemaría, y, sobre ese tema, nos dejó páginas y lecciones valiosas.
Por otro lado, no podemos ignorar lo que San Josemaría nos dijo acerca del trabajo humano.
El pueblo chino se siente orgulloso de ser amante de la cortesía, sacrificado y diligente en el trabajo. Sin embargo, nos interesamos más por el cultivo de la inteligencia y la virtud, y apenas mecionamos el sentido y el valor del trabajo, que ha sido casi siempre para el pueblo un difícil deber y un hecho amargo. La visión que tenía San Josemaría del trabajo era muy elevada, pero realista. El trabajo es un deber natural del hombre; el trabajo nos puede santificar y santificar a otros y es una fuente de alegría. Jamás procede meramente de las necesidades materiales y fisiológicas. El mismo santo decía: “Tenemos que descubrir que el trabajo es vocación del hombre sobre la tierra.” Como nos dice la Sagrada Escritura en la lectura de hoy: “el hombre ha sido creado para trabajar”. Trabajamos no sólo para contribuir al bien público, sino también para potenciar nuestras capacidades, para perfeccionar nuestra personalidad. Una vez que transformemos nuestros trabajos en alabanza a Dios y en acción de gracias, se convertirán en camino de santidad y de apostolado, en modo de alcanzar a la santidad y de hacer apostolado. Así, entendemos por qué los tres miembros de la familia de Nazaret -Jesús, María y José- trabajaban, santificaban sus trabajos, y se convirtieron en modelos de los trabajadores.
Por último, queremos hablar un poco de la vida interior de San Josemaría. Decía: “En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones (...).”
El santo solía decir que la vida interior era mucho más importante que cualquier otro tipo de actividades organizadas. En Camino escribió: “Las crisis de este mundo son crisis de santos”. Recalcaba que la santidad exigía que la oración, el trabajo y el apostolado estuvieran integrados en una sola cosa. Se trata de la “unidad de vida”. Pasó toda su vida luchando por vivirla.
Afirmaba que para alcanzar la santidad, hace falta trabajar duro, hace falta ser rezador, una persona con vida interior. Si hacemos tal esfuerzo, convertiremos todas las cosas en oración, dado que todas ellas deben dirigirrnos al Señor, a alimentar nuestros diálogos con Dios sin solución de continuidad, desde el amanecer hasta el atardecer. Cualquier trabajo puede convertirse en oración, y cualquier trabajo convertido en oración es apostolado.
El secreto del éxito de San Josemaría reside en su vida interior. San Josemaría era un contemplativo en medio del mundo. Su vida interior se alimentaba de la oración y de los sacramentos. Su vida interior se mostraba en su amor a la Eucaristía -la Santa Misa era el centro y raíz de su vida-; en su amor filial hacia la Santísima Madre y San José; en su veneración a los Ángeles Custodios; en su lealtad con la Iglesia y con el Romano Pontífice.
Tampoco podemos olvidarnos de su humildad, fortaleza y reciedumbre. En su camino espiritual solía considerarse como un niño, un niño que necesita comenzar y recomenzar, hasta el último instante de su vida: ¡comenzar y recomenzar!
¡Que el espíritu del Opus Dei, que es el espíritu de San Josemaría, abra un nuevo camino, claro y lleno de luz, en la vida de millares y millares de cristianos!
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