PortadaDocumentaciónHomilías sobre el fundador del Opus DeiMons. Fernando Ocáriz, vicario general del Opus Dei, Roma, 10 de octubre de 2002


Documentación
Homilías
Mons. Fernando Ocáriz, vicario general del Opus Dei, Roma, 10 de octubre de 2002
Mons. Fernando Ocáriz, vicario general del Opus Dei

Esta visión positiva de las realidades del mundo -y, en particular, del trabajo-, que el fundador del Opus Dei difundió por todas partes, está enraizada en la convicción de la bondad original de la creación (Cfr. Gn 1, 31). Al meditar en esta bondad, se fijó especialmente en la afirmación del libro del Génesis recogida en la primera lectura de la Misa: que Dios colocó al hombre en el jardín de Edén ut operaretur, para que lo trabajase (Gn 2, 15), para que sometiese la tierra y dominase sobre las criaturas corpóreas, completando así de algún modo la creación (Cfr. Gn 1, 27-28).
Esto no significa cerrar los ojos a la realidad, ni minusvalorar la presencia del pecado en el mundo. En efecto, «el mal y el bien -explica San Josemaría- se mezclan en la historia humana, y el cristiano deberá ser por eso una criatura que sepa discernir; pero jamás ese discernimiento le debe llevar a negar la bondad de las obras de Dios, sino, al contrario, a reconocer lo divino que se manifiesta en lo humano, incluso detrás de nuestras propias flaquezas» (Conversaciones, n. 70).
Junto a la bondad de la creación -aunque herida por el pecado-, hemos de contemplar, llenos de admiración y agradecimiento, la encarnación del Hijo de Dios: “tanto amó Dios al mundo -leemos en el Evangelio de San Juan- que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn, 3, 16-17). Si amamos a Dios, ¿cómo no vamos a amar al mundo? Escuchemos otras palabras, muy conocidas, del nuevo Santo: «Este mundo nuestro (...) es bueno, porque salió bueno de las manos de Dios. Fue la ofensa de Adán, el pecado de la soberbia humana, el que rompió la armonía divina de lo creado.» Pero Dios Padre, cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo Unigénito, que -por obra del Espíritu Santo- tomó carne en María siempre Virgen, para restablecer la paz, para que, redimiendo al hombre del pecado, adoptionem filiorum reciperemus (Gal 4, 5), fuéramos constituidos hijos de Dios, capaces de participar en la intimidad divina: para que así fuera concedido a este hombre nuevo, a esta nueva rama de los hijos de Dios (cfr. Rm 6, 4-5), liberar el universo entero del desorden, restaurando todas las cosas en Cristo (cfr. Ef 1, 9-10), que los ha reconciliado con Dios (cfr. Col 1, 20)» (Es Cristo que pasa, n. 183).
Nuestra filiación divina no consiste sólo -y ya sería muchísimo- en que Dios quiera que le tratemos con la intimidad y confianza de un hijo hacia su padre; sino que realmente el Espíritu Santo nos une, nos identifica, con Dios Hijo -con Cristo-, y en Él -como miembros de su Cuerpo- somos verdaderamente hijos e hijas de Dios Padre (Cfr. Juan Pablo II, Carta enc. Dominum et vivificantem, n. 52). «Nunca profundizaremos bastante en esta inmensa maravilla -escribía Mons. Álvaro del Portillo-, y nunca podremos agradecer acabadamente a nuestro Dios que se haya dignado hacernos partícipes de la vida divina de la Santísima Trinidad, elevándonos a la condición de "hijos en el Hijo" (...). Ya en esta tierra, desea el Señor que nos veamos formando parte de su grey: de la Iglesia “reunida en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (San Cipriano, De oratione dominica, 23). Hemos de mirar siempre así a la Iglesia, y cultivar y mejorar intensamente la fraternidad que nos une a todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, sintiendo como muy nuestro todo lo que a la Santa Iglesia se refiere» (Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 1-VIII-1991).
Tomémonos en serio, más en serio, la vocación cristiana a esta intimidad con Dios, a la santidad: no como algo genérico, sino como es en realidad: la voluntad de Dios para cada uno de nosotros, llamados por nuestro nombre. ¡Cómo saboreaba San Josemaría aquellas palabras bíblicas: «yo te he redimido y te he llamado por tu nombre: tú eres mío!» (Is 43, 1. Cfr. Es Cristo que pasa, n. 59; Amigos de Dios, n. 312; Forja, n. 12). Voluntad de Dios; nos lo dice San Pablo: “esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación” (1 Ts 4, 3). El Señor nos señala la santidad no sólo como una meta a la que debemos llegar, sino antes y principalmente como la meta que Dios se ha propuesto conseguir para nosotros. Por esto, no cabe el desaliento ante la propia debilidad, porque tendremos siempre la fortaleza de Dios si acudimos asiduamente a las fuentes de la gracia: a la Eucaristía, a la Penitencia, a la oración... Y con esta «fortaleza prestada» (Camino, n. 728), estamos en condiciones de santificar el trabajo y el descanso, la vida en familia y las relaciones sociales, la salud y la enfermedad; es decir, podemos ir superando nuestras limitaciones y miserias, ir progresando en el camino que, por la acción del Espíritu Santo, conduce a la definitiva identificación con Jesucristo «en la libertad de la gloria de los hijos de Dios» (Rm 8, 21).
Asimilemos cada vez más a fondo estas enseñanzas, esforcémonos en que estructuren nuestro pensamiento y orienten nuestra conducta diaria. Procuremos difundirlas entre nuestros parientes, amigos y colegas de trabajo, con un apostolado personal constante, pues debemos sentirnos urgidos a colaborar con Cristo en la salvación de la humanidad. ¡Qué estupendo ser, como dice San Pablo, «colaboradores de Dios»! (1 Cor 3, 9).
En este inicio del tercer milenio, Juan Pablo II nos invita «a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para esto podemos contar -prosigue el Papa- con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a ponernos de nuevo en marcha animados por la esperanza “que no defrauda” (Rm 5,5)» (Carta apost. Novo Millennio ineunte, 6-I-2002, n. 58). Así cumpliremos aquella aspiración que, ya en los lejanos años 30, expresaba San Josemaría, como meta de todos sus esfuerzos: «Conocer a Jesucristo, hacerlo conocer, llevarlo a todos los sitios».
Que éste sea también como el resumen de nuestra vida; lo pedimos al Señor por intercesión de la Santísima Virgen y del nuevo Santo. Que este programa lo cumplamos fielmente todos los cristianos, concretamente los fieles del Opus Dei -a pesar de nuestra personal debilidad-, bien unidos a nuestro Prelado y Padre, bajo la suprema dirección del Romano Pontífice y, en consecuencia, muy unidos a toda la Iglesia; como le gustaba repetir a nuestro Padre: «omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!, ¡todos, con Pedro, a Jesús por María!» (Es Cristo que pasa, n. 139). Así sea.
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