PortadaDocumentaciónHomilías sobre el fundador del Opus DeiMons. Baltazar Porras Cardozo. Roma, 8 de octubre de 2002


Documentación
Homilías
Mons. Baltazar Porras Cardozo. Roma, 8 de octubre de 2002
Mons. Baltazar Porras Cardozo, presidente de la conferencia episcopal venezolana

“Bendice alma mía al Señor” (Salmo 102). Toda Eucaristía es una acción de gracias al Señor por tantos dones que recibimos de su infinita bondad. Esta tarde tenemos un motivo muy especial. Hemos venido como peregrinos ante la tumba de San Pedro para compartir junto con su sucesor, la alegría de concederle a la Iglesia un nuevo santo, Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote fundador del Opus Dei. Las celebraciones de la canonización el domingo y de ayer lunes, en la Plaza de San Pedro, acompañados de miles y miles de peregrinos de todas las lenguas y rincones del mundo, han sido unas experiencias de fe muy especiales. Las podemos catalogar como un ‘Tabor colectivo y personal’, pues, son una inyección de catolicidad, de entusiasmo, de vivencia espiritual y de esperanza, que nos lanza con mayor empuje a la vocación de ser sembradores del Evangelio en medio del mundo.
En unión de los Obispos que me acompañan, de los numerosos sacerdotes y de todos ustedes, centenares de compatriotas que nos agolpamos en este templo, somos la Iglesia venezolana orante, que venimos a abrevar a la vera del Pastor universal y de las enseñanzas y el testimonio del nuevo santo, Josemaría. En nombre de la Conferencia Episcopal Venezolana, reciban todos los miembros de la Obra y los a ella ligados de alguna manera, nuestra más sincera felicitación. Bendigamos juntos al Señor que suscita en todos los tiempos y lugares, hombres y mujeres capaces de ayudarnos a remediar nuestros males y compañeros de camino que nos llevan hacia la auténtica felicidad que nace del amor sincero a Dios y a los hermanos.
Participar en una canonización es una gracia muy especial. La Iglesia, cuando declara la santidad heroica de alguno de sus hijos, no hace otra cosa que proclamar la posibilidad real y patente de que la santidad de vida no es una entelequia inalcanzable para los humanos. Es un canto a la esperanza porque el Señor hace maravillas en sus hijos, en la medida de la disponibilidad y la entrega diaria a la acción de Dios en las vidas de los mortales. Es una ratificación de que la caridad, máxima expresión del amor, alcanza a través de hombres de carne y hueso, el testimonio de una existencia que se deshace en la polifacética expresión del servicio y la solidaridad. Es un canto a la alegría de vivir que nos hace bendecir al Señor y exclamar como María Santísima, que el Señor ha hecho maravillas en sus criaturas.
Toda canonización es también una propuesta por parte de la Iglesia. En primer lugar, al ofrecer a todos los creyentes un ejemplo concreto de vida cristiana. En segundo lugar, nos regala un intercesor más. En tercer lugar, nos propone, más allá de sus virtudes personales, la acción benéfica de una obra entendida y continuada en sus seguidores. En cuarto lugar, en estos tiempos de cambios profundos necesitados de referencias cercanas, personales y comunitarias, se hace más urgente tener ejemplos y cauces al alcance de la mano para el hombre común y corriente del mundo.
El modelo personal de San Josemaría Escrivá de Balaguer, nos ofrece la figura de un sacerdote íntegro, que encontró en el desarrollo de su acción sacerdotal, algo más que un simple testimonio. Nos presenta la persona de alguien que vio en las nuevas realidades del tiempo que le tocó vivir, una ocasión para intuir y llevar adelante una manera original de vivencia de lo cristiano. El asociacionismo es hoy por hoy una exigencia para el crecimiento personal y grupal en todos los ámbitos de la existencia humana. El protagonismo laical exige por otro lado, cauces nuevos, odres nuevos, en los que se deposite el sabroso vino añejo de la doctrina cristiana de siempre. San Josemaría fue, sobre todo un sacerdote santo, con un amor inmenso a Jesucristo, a la Iglesia, al Papa, con una tierna y profunda devoción a la Virgen María, y con un infatigable celo por las almas. Pero, su ejemplo personal lo encauzó a través de una organización, a la que él llamó, la Obra, para darle cauce a la grandeza de la vida corriente.
Por ello, hoy es un motivo de acción de gracias por la institución del Opus Dei que ilumina con luces nuevas la misión de los laicos en la Iglesia y en la sociedad humana. Se suma así la presencia de la Obra a las tantas otras formas que la Iglesia ofrece a sus hijos para que sean fieles a la misión de ser luz y sal de la tierra.
Pero sería un vano orgullo, lejano a la exigencia cristiana, pensar que hemos llegado a la perfección por el hecho de pertenecer a una obra concreta de Iglesia. Más allá de la legítima satisfacción de realización en lo personal, hay un enorme desafío: buscar la plenitud de la caridad desde las ocupaciones ordinarias de la vida diaria, de la vida del mundo, con la misma convicción que los consagrados, a través de los votos o de la ordenación presbiteral, buscan el sendero de la santidad. Como bien decía nuestro santo “mi predicación ha sido que la santidad no es cosa de privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas” (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, p. 48). “La finalidad a la que el Opus Dei aspira -afirmaba en otra oportunidad San Josemaría-, es favorecer la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado por parte de los cristianos que viven en medio del mundo, cualquiera que sea su estado y condición…La Obra ha nacido para contribuir a que estos cristianos, insertos en el tejido de la sociedad civil -con su familia, sus amistades, su trabajo profesional, sus aspiraciones nobles-, comprendan que su vida, tal y como es, puede ser ocasión de un encuentro con Cristo: es decir, que es un camino de santidad y de apostolado. Cristo está presente en cualquier tarea humana honesta: la vida de un cristiano corriente -que quizá a alguno parezca vulgar y mezquina- puede y debe ser una vida santa y santificante” (Ibid. p. 90).
El Evangelio de la Misa de hoy nos habla la pesca milagrosa (Lucas 5), que tiene lugar cuando Pedro y sus compañeros se fían de la palabra del Señor y, en su nombre, reman mar adentro y echan las redes para pescar. También ahora se nos pide, a los hijos de la Iglesia de hoy, esa audacia apostólica de la fe. San Josemaría nos enseña con su ejemplo y con su doctrina a dar la misma respuesta sin dilación: ¡Mar adentro!, por los mares del mundo, por todas las ocupaciones humanas y todas las encrucijadas de la sociedad. ¡Que mensaje más actual para los cristianos de hoy en Venezuela transida de odios, de mentiras, de ideologías! Ser cristianos auténticos hoy en nuestra patria, exige el coraje de los santos, la paciencia de los místicos, la valentía de los mártires y la perseverancia de los confesores. En medio de las tempestades es donde se calibra que las enseñanzas aprendidas no son pura teoría ni consejos para tiempos fáciles. En este aquí y ahora, es donde necesitamos ser contemplativos en la acción, diligentes en la defensa del mandamiento del amor cotidiano, que no transige ni ante la mentira, ni la manipulación, ni la violencia, ni el fanatismo.
Cada canonización es la llegada a una cima, desde la que hay que contemplar un nuevo horizonte, unos nuevos retos. Los santos están puestos para que nosotros que hemos recibido el testigo de la fe y la herencia de nuestros mayores, seamos mejores que ellos y logremos llegar a cotas más altas. Se nos entrega no un trofeo sino una tarea. Así es como podemos enriquecer a la Iglesia y al mundo. Con la siembra generosa de hombres y mujeres decididos a recorrer los caminos de la santidad en el mundo que no son otros que los de la justicia, de la verdad y de la solidaridad. A ser hombres y mujeres en cualquier ocupación de alto vuelo o de insignificancia, pero llevando a las entrañas de todas ellas, el amor de Cristo. Es lo que pedimos hoy por la intercesión de la virgencita de Coromoto y del nuevo santo de la Iglesia, San Josemaría. Que así sea.
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