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Testimonios

Molinoviejo, septiembre de 1960

Enrique Monasterio, sacerdote, Madrid, España

Etiquetas: Vocación cristiana
Molinoviejo es una casa de retiros de la provincia de Segovia. Muy pequeña al principio, ha ido creciendo con los años en medio de un paisaje espléndido de pinos, abetos y álamos, al pie de la ladera Norte de la Sierra de Guadarrama.

Allí estaba yo, recién terminado el segundo curso de Derecho, pasando unos días de Convivencia con otros veintitantos chavales de toda España y Portugal, que habíamos pedido la admisión en el Opus Dei poco antes, y aprovechábamos las vacaciones de verano para recibir una formación doctrinal específica y para conocer mejor la espiritualidad de la Obra.

Lo cierto es que nos lo pasábamos en grande haciendo deporte, bañándonos en la piscina y conociendo Castilla la Vieja, cuando recibimos la insólita noticia de que venía a estar con nosotros unas horas el Padre, el Fundador del Opus Dei.

Llegó San Josemaría una tarde a las cinco en punto…

Aquí necesitaría dos docenas más de asteriscos para eludir el relato de aquellas horas inolvidables que pasamos junto a un santo. Pero yo sólo quería contar una anécdota para poner el punto final a estos recuerdos.

Había terminado la tertulia en el jardín. Los veintitantos chavales nos esforzábamos por reconstruir en un papel lo que nos había contado. Mientras tanto, nuestro Padre, acompañado por don Álvaro del Portillo y por don Manuel Sancristóbal, paseaba por el campo de fútbol de la finca.

Alguien se acercó a nosotros y se dirigió a mí:
—El Padre quiere verte.
—¿A mí?
—Sí, anda, vete corriendo, que te espera.

Corriendo no fui, porque en aquella época yo era bastante tímido y me temblaban hasta las orejas; pero, en pocos segundos estuve a su lado.

San Josemaría me preguntó si yo era Peque, que es todavía mi nombre más verdadero. Me dio un abrazo, y me contó con pelos y señales cómo se enteró del accidente en el autobús de Gaztelueta y cómo rezó desde el primer momento.

—Pedí al Señor tres favores —me dijo—: que te curaras pronto, que te curaras del todo y que, con el tiempo, recibieras la vocación al Opus Dei.

Por último me prometió un pequeño regalo por ser la vocación más antigua de Gaztelueta: una pequeña cruz de palo, de madera negra sacada del viejo artesonado de la ermita de Molinoviejo, igual a las que entregaba a los primeros de cada país. Me hizo notar que Gaztelueta es la primera obra corporativa de enseñanza que tuvo el Opus Dei en el mundo, y que Dios me pediría cuenta por haber estudiado allí. Yo estaba tan emocionado y tan avergonzado que no sabía cómo responder.

—Escríbeme a Roma y te mandaré la cruz. ¿Te acordarás?
—¡Claro!

Me temo que no fui capaz de decir ni una palabra más.