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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
Una Misa en pleno monte
El 28 de noviembre celebró la Santa Misa en pleno monte. Acababan de llegar al barranco de la Ribalera, después de caminar toda la noche. Sin aguardar más, escogieron dentro de aquella especie de circo, protegido del viento, las piedras que mejor pudieran servir como altar. Temía irreverencias, pues durante la marcha nocturna, se habían oído algunas blasfemias, pero anunció que iba a celebrar y que podía asistir quien quisiera.
Había allí más de veinte personas que no habían podido ir a Misa desde julio de 1936. La expectación fue grande. Y se emocionaron aún más ante su modo de celebrar la Misa. Un estudiante, Antonio Dalmases, venía con otro grupo que se había incorporado a esta expedición. En su diario quedó anotado: “Nunca he oído Misa como hoy. No sé si por las circunstancias, o porque el sacerdote es un santo”.
Unos días después, celebraba el Santo Sacrificio en Andorra, con todos los ornamentos y vasos sagrados, después de casi diecisiete meses de clandestinidad. Mosén Pujol Tubau no ha olvidado, al cabo de treinta y siete años, que se encontró con un puñado de hombres. Se adelantó uno que le saludó con los brazos abiertos: –¡Gracias a Dios que vemos un cura! Esa persona era don Josemaría, que se le presentó como sacerdote, y le explicó que acababan de cruzar la frontera, y que querría celebrar la Santa Misa para dar gracias a Dios. Así lo hizo al día siguiente –uno de los primeros de diciembre– en el altar mayor de la iglesia de San Esteban. Mosén Pujol recibió una impresión de profunda piedad, “por la devoción con que ofició, así como por el rato que permanecieron después, él y los que le acompañaban, dando gracias y haciendo oración ante el Sagrario”.
Afirmaciones semejantes hacen muchas personas. Antonio Ivars Moreno era estudiante cuando asistió un día de 1939 a Misa en un pequeño entresuelo de la calle Samaniego, donde estaba el primer Centro del Opus Dei en Valencia: “No perdí ni una palabra. Ni un gesto. Cuando celebraba, hacía sentir a los que estábamos con él que había penetrado en las profundidades del gran misterio de nuestra Redención. Aquella Misa era verdaderamente el mismo Sacrificio incruento del Calvario. No había lugar a las distracciones”.
Un conocido arquitecto valenciano, Vicente Valls Abad, ha dejado por escrito en las páginas del diario Levante, la huella de sus tiempos universitarios, en la Residencia de estudiantes de la calle Jenner, en Madrid. Era el año 1942, y don Josemaría se encargaba personalmente de la dirección espiritual de los residentes, y de la predicación de meditaciones y retiros. Aunque él tenía cierta prevención, acudió a un retiro espiritual. Le removió la predicación directa, concreta, práctica, penetrante, que animaba a mejorar. Pero sobre todo le desarmó su modo de dar la Bendición con el Santísimo Sacramento: “la unción y el respeto con que lo trató, ese apretón final contra su pecho y ese movimiento ininterrumpido de sus labios, diciéndole cosas al Señor hasta el final de la ceremonia. He aquí –pensé– un sacerdote enamorado de Dios”.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Había allí más de veinte personas que no habían podido ir a Misa desde julio de 1936. La expectación fue grande. Y se emocionaron aún más ante su modo de celebrar la Misa. Un estudiante, Antonio Dalmases, venía con otro grupo que se había incorporado a esta expedición. En su diario quedó anotado: “Nunca he oído Misa como hoy. No sé si por las circunstancias, o porque el sacerdote es un santo”.
Unos días después, celebraba el Santo Sacrificio en Andorra, con todos los ornamentos y vasos sagrados, después de casi diecisiete meses de clandestinidad. Mosén Pujol Tubau no ha olvidado, al cabo de treinta y siete años, que se encontró con un puñado de hombres. Se adelantó uno que le saludó con los brazos abiertos: –¡Gracias a Dios que vemos un cura! Esa persona era don Josemaría, que se le presentó como sacerdote, y le explicó que acababan de cruzar la frontera, y que querría celebrar la Santa Misa para dar gracias a Dios. Así lo hizo al día siguiente –uno de los primeros de diciembre– en el altar mayor de la iglesia de San Esteban. Mosén Pujol recibió una impresión de profunda piedad, “por la devoción con que ofició, así como por el rato que permanecieron después, él y los que le acompañaban, dando gracias y haciendo oración ante el Sagrario”.
Afirmaciones semejantes hacen muchas personas. Antonio Ivars Moreno era estudiante cuando asistió un día de 1939 a Misa en un pequeño entresuelo de la calle Samaniego, donde estaba el primer Centro del Opus Dei en Valencia: “No perdí ni una palabra. Ni un gesto. Cuando celebraba, hacía sentir a los que estábamos con él que había penetrado en las profundidades del gran misterio de nuestra Redención. Aquella Misa era verdaderamente el mismo Sacrificio incruento del Calvario. No había lugar a las distracciones”.
Un conocido arquitecto valenciano, Vicente Valls Abad, ha dejado por escrito en las páginas del diario Levante, la huella de sus tiempos universitarios, en la Residencia de estudiantes de la calle Jenner, en Madrid. Era el año 1942, y don Josemaría se encargaba personalmente de la dirección espiritual de los residentes, y de la predicación de meditaciones y retiros. Aunque él tenía cierta prevención, acudió a un retiro espiritual. Le removió la predicación directa, concreta, práctica, penetrante, que animaba a mejorar. Pero sobre todo le desarmó su modo de dar la Bendición con el Santísimo Sacramento: “la unción y el respeto con que lo trató, ese apretón final contra su pecho y ese movimiento ininterrumpido de sus labios, diciéndole cosas al Señor hasta el final de la ceremonia. He aquí –pensé– un sacerdote enamorado de Dios”.
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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Relación de contenidos
- Un sacerdote cien por cien
- Alma sacerdotal y mentalidad laical
- La Misa, centro y la raíz de la vida interior
- Amor a la Sagrada Eucaristía
- Una Misa en pleno monte
- Pues sé tú también muy loco, hijo mío
- Yo soy anticlerical porque amo al sacerdote
- Un sacerdote que sólo hablaba de Dios
- Tres amores: Cristo, María, el Papa
- Manifestaciones de cariño a la Virgen y a San José
- En los momentos decisivos de la historia del Opus Dei
- Padre cura, ésta no vale 'na' ¡la nuestra es la que vale!
- La Virgen y por fin, el Papa, el dulce Cristo en la tierra
- Diréis que el Padre amaba al Papa con toda su alma
- Un sacerdote español 'muy romano'
- Afán por todas las almas
- Solicitud sacerdotal
- Contagiar de entusiasmo sacerdotal a los sacerdotes
- Retiros que dejan huella
- Rezad por todos los sacerdotes
- Amor a los religiosos
- El tesoro de la Iglesia
- Muchas vocaciones
- Madrid, 2 de octubre de 1928
- Instrumento inepto y sordo
- Viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo
- Se escapaban las almas como las anguilas en el agua
- Una nueva visión del trabajo
- La característica más decisiva de su personalidad
- Y el Fundador del Opus Dei siguió trabajando
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