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Mi trabajo es la familia

Luciana Allora, auxiliar de hogar

11 de enero de 2002

Etiquetas: Familia Escrivá, Generosidad, Personalidad, Servicio, Trabajo
Mi trabajo, me gusta considerarlo de este modo, es la familia, mi ocupación profesional son los trabajos domésticos. San Josemaría Escrivá siempre apreció mucho y definió como algo fundamental el conjunto de actividades domésticas porque contribuyen de modo determinante a crear un clima, un aire de familia, unos hogares luminosos y alegres como acostumbraba a decir. Clima, ambiente de alegría, y luminosidad que no son algo tangible, sino fruto de una infinidad de detalles y pequeñas cosas materiales que son expresión del afecto, donación de sí, del propio tiempo, con esfuerzo personal, por amor a los demás.

La característica fundamental del trabajo del hogar es el hecho de ser un servicio y un servicio directo a algunas personas a las que se está particularmente próximo física y moralmente. Y su razón más profunda es el amor. Si falta el amor, se prestarán servicios de alimentación, de tintorería, de lavandería, pero no será un trabajo doméstico en su significado genuino. Precisamente porque está íntimamente relacionado con la capacidad de amar, el trabajo del hogar, además de participar de los valores de todo trabajo, confiere una dignidad y una gama de posibilidades de perfeccionamiento personal a quienes lo desempeñan. De hecho, facilita el desarrollo de virtudes humanas que hacen agradable la convivencia, como la serenidad, la alegría, el buen humor, la fortaleza para afrontar con espíritu deportivo las pequeñas dificultades de la vida ordinaria, la paciencia, la delicadeza, la capacidad de escuchar y de intuir las necesidades de los otros, la solicitud por todos. El desempeño habitual de esta profesión lleva consigo darse con generosidad y con naturalidad; exige, en definitiva una fuerte personalidad.

Estos trabajos que hacen posible la vida de la comunidad familiar, no son sólo una serie de prestaciones (alimentarias, de limpieza, etc.) necesarias para conservar la vida física de las personas y mantener el ambiente que les rodea, sino que tienen como objetivo inmediato el bienestar de quienes viven en la casa e indirectamente contribuyen, sin duda, al cultivo de la vida espiritual. Serán siempre necesarios porque responden a exigencias ineludibles de la vida humana. Con la evolución de los sistemas de vida de la sociedad, variarán las formas concretas de organización y los modos de llevarlos a cabo, pero se darán siempre, en todo tiempo y cultura. No se puede pensar en la familia sin este aspecto y sin estos servicios, como no se puede pensar en la persona sin ese ambiente propio llamado hogar.

Al tener el trabajo doméstico como base y fundamento la dignidad de la persona, éste adquiere una trascendencia insospechada a primera vista, que san Josemaría ha sabido captar y transmitir con toda su profundidad y belleza. Al ser reflejo del amor, justo en el ámbito familiar que es el lugar para vivir y aprender a querer, este trabajo tiene la posibilidad de acercar a las personas a Jesucristo. La afirmación “servir es reinar” recoge una gran verdad: buscar la satisfacción personal deja vacíos, mientras que agradar a los otros y contribuir a su felicidad, sí realiza, como Cristo, que reinó sirviendo.

Las enseñanzas y la predicación san Josemaría sobre la santificación del trabajo y de las actividades que componen la vida ordinaria han contribuido a iluminar a miles de personas en todo el mundo y a dar un nuevo sentido a su ocupación profesional cualquiera que sea, también aquella aparentemente más humilde y escondida. En este sentido, el trabajo del hogar se puede decir que está comenzando -aunque todavía tiene que despegar- a recuperar su valor social, ya que es una realidad esencial para el hombre, la familia y la entera sociedad. Poco a poco se va descubriendo con qué propiedad se aplican a este trabajo esas palabras san Josemaría: “Hay algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes...”

Cuando conocí el mensaje del santo me impresionó profundamente su fuerza y su grandeza; se podía hacer vida y de hecho lo vivían las personas con las que entré en contacto. Mi vida dio un giro no sólo de tipo interior, espiritual, sino también en lo profesional. Y lo que me llevó a reconsiderar mi elección profesional y a decidirme por esta ocupación no fue el descubrir un interés o cierta inclinación hacia ella, sino precisamente la riqueza interior que, siguiendo las enseñanzas de san Josemaría, percibí en las personas que desempeñaban este trabajo.

Un quehacer que por tantos motivos san Josemaría le gustaba comparar con el de un artesano, un artista. Se sabe que una obra de arte se aprecia, además de por aquello que expresa, por el esfuerzo, el ingenio y el tiempo dedicado a su realización. El tiempo es precioso e invertirlo en una obra aumenta su valor. En el trabajo doméstico hoy, el progreso técnico y la creciente automatización favorece un notable ahorro de tiempo. Sin embargo me parece importante hacerlo en la justa medida sin que sea lo prioritario: una cocina rápida, a base de latas, puede llevar consigo el riesgo de hacer anónimo el ambiente de hogar. Una cena siempre bien preparada, que busca a veces sorprender, una mesa que invita y un cuarto de estar acogedor pueden ayudar a que el ánimo de quien regresa a casa, después de una jornada de intenso trabajo, recobre serenidad, paz al sentirse objeto de atenciones....El factor tiempo cuando se dedica a los demás es expresión de generosidad....
Y hablando de tiempo y de generosidad no me refiero sólo a tener iniciativas que exigen un cierto esfuerzo como puede ser un plato fuera de lo común, sino también a la disponibilidad para las cosas “fuera de programa”, a la capacidad de comprender e intuir lo que cada persona necesita en determinados momentos.

Ciertamente algunos trabajos considerados en sí mismos pueden resultar poco atractivos y gratificantes, pero como sucede en todo, el logro de un objetivo da sentido y sabor a todas las fases intermedias de su realización. Un artista, un escultor, un pintor, mientras realiza su obra de arte, muy probablemente pasará por momentos en los que se ensucie con un poco de yeso o de pintura y podrá experimentar cansancio, pero el pensamiento de su obra no sólo le lleva a no desistir sino que hace amable aquello que a los ojos de un extraño parece molesto. Y cuando la obra de arte no es un objeto sino la misma felicidad de las personas, ¿quién se atreverá a decir que no vale la pena?