Para los más jóvenes
Miradas a la Virgen

Cuando el niño tuvo más edad, sus padres le enseñaron el rezo del Angelus.
Cada día, al dar el reloj las doce, el Relojerico revoloteaba agitado, recordando a la familia el rezo del Angelus: San Gabriel no le perdonaría este olvido.
Durante el mes de María, todos llevaban flores. El también lo hacía. En su mano, bien apretada, llevaba un ramo de flores y las depositaba él mismo delante de la Señora del Cielo, dirigiendo a la Virgen una mirada sonriente por el audaz detalle que había tenido.
Don José y doña Dolores eran muy piadosos y enseñaron a sus hijos algo que ellos solían vivir: mirar y saludar las imágenes de la Santísima Virgen, en casa o al cruzarse con alguna por la calle.
Josemaría aprendió esto con rapidez y el Relojerico era quien más colaboraba en esta devoción:
—Mírala, Josemaría, dile que la quieres. Ahí, ahí... en el cuadro de la pared!
Así el pequeño se acostumbró a saludar a la Virgen y a dirigirle también una pequeña oración:
"Bendita sea tu pureza... Dulce corazón de María..."
—Y dale también un beso...
Le salía fácil. Lo mismo hacía con doña Dolores; desde pequeño no salía jamás de casa sin acercarse a ella para despedirse con un beso. Y le parecía natural hacer lo mismo con su Madre del Cielo.
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