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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

María Ignacia García Escobar, la primera mujer del Opus Dei

Etiquetas: Cruz, Dolor
Ésta debió ser otra de las razones por las que en 1931 dejó de trabajar en el Patronato de Enfermos. Como sabemos, allí no se limitaba a su oficio estricto de capellán, en la pequeña iglesia de las Damas Apostólicas, sino que su celo sacerdotal le llevaba a recorrer a diario los rincones más pobres de los suburbios madrileños. Debía dedicar más tiempo cada vez a la Obra que Dios le pedía. Con los varones podía hacer su apostolado en cualquier sitio: paseando por las calles de Madrid, o en su propia casa. Pero para la dirección espiritual de mujeres necesitaba el confesionario, mejor aún en una iglesia pública grande, como era la de Santa Isabel. Aquí, además de atender convenientemente a las Agustinas Recoletas, confesaba –ya desde hacía bastante tiempo– a un grupo de chicas, entre las que surgieron nuevas asociadas de la Obra.

En la iglesia de Santa Isabel, antes y después de la Misa que celebraba a las ocho de la mañana, estaba en el confesionario. Así conocieron algunas el Opus Dei. El fervor con que le veían celebrar el Santo Sacrificio les movía a confesarse con él, y a recibir de él dirección espiritual. Era marco propicio para abrir horizontes de santidad y de apostolado. Se formó un grupo, en el que estaban personas muy distintas: una profesora del contiguo colegio de la Asunción, una empleada, una enfermera, y varias chicas jóvenes que aún no trabajaban. Iban todas a confesarse a Santa Isabel, cada ocho días. Sólo allí veían al Fundador del Opus Dei, pues no asistía a las reuniones, que de vez en cuando, tenían en casa de las dos mayores. Tampoco las acompañaba los domingos al catecismo que llevaban en el barrio de La Ventilla.

Sin embargo, atendió sacerdotalmente con un celo extraordinario a María Ignacia García Escobar, una de las primeras asociadas del Opus Dei, que falleció en el Hospital del Rey el 13 de septiembre de 1933, de una manera verdaderamente santa. Sufrió mucho, pues padecía tuberculosis intestinal y tuvieron que hacerle varias operaciones. Es emocionante leer los cuadernos que María Ignacia escribió en aquel hospital de incurables, con un estilo que recuerda la más clásica literatura espiritual española. Había pedido la admisión en la Obra el 9 de abril de 1932 –”una nueva era de Amor”, anota en su cuaderno dos días más tarde–, pero antes de esa fecha venía ofreciendo por la intención de don Josemaría sus fiebres, sus múltiples molestias, sus intensos dolores que, por ejemplo, le impedían escribir durante semanas seguidas. María Escobar tuvo conciencia cierta de estar haciendo la Obra de Dios desde su cama en el hospital: “Hay que cimentarla bien. Para ello, procuremos que estos cimientos sean de piedra de granito, no nos ocurra lo que a aquel edificio de que habla el Evangelio, que fue edificado en la arena. Los cimientos, ante todo; luego, vendrá lo demás”.


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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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