San Josemaría Escrivá
La Vida

Los primeros años

Etiquetas: Camino, Filiación divina, Juventud, Opus Dei, Catequesis
Durante los años de 1928, 1929, 1930, San Josemaría tenía que llevar a cabo aquel querer divino, pero no contaba ni con personas preparadas ni con medios económicos o mecenazgos para realizarlo.

Se apoyaba en la oración y en la mortificación, y pedía sin cesar a los pobres y enfermos que atendía que ofrecieran sus dolores por aquella intención.

En agosto de 1930, Isidoro Zorzano, un joven ingeniero nacido en Argentina, antiguo compañero de estudios de san Josemaría en Logroño, pidió la admisión en el Opus Dei. Tras él, vinieron estudiantes, jóvenes profesionales y artistas. En 1932, se unieron a su empeño apostólico, entre otras personas, un joven sacerdote de Asturias, José María Somoano; una mujer cordobesa, María Ignacia García Escobar y un joven ingeniero, Luis Gordon.

Pero Dios sabe más y quiso llevarse a su lado, en plena juventud, a algunos de aquellos primeros. En julio de 1932 falleció Somoano, posiblemente envenenado por los enemigos de la fe. Pocos meses después, en noviembre, falleció Luis Gordon, tras una rápida enfermedad. San Josemaría comprendió: “Cristo Jesús ha querido llevarse a los dos mejor preparados, para que no confiemos en nada terreno, ni siquiera en las virtudes personales de nadie, sino sólo y exclusivamente en su Providencia amorosísima”.

María Ignacia García Escobar
María Ignacia García Escobar
En un tranvía

En 1933, debido a una enfermedad de gravedad que padecía años atrás, falleció María Ignacia ofreciendo su vida por el Opus Dei. San Josemaría se abandonó de nuevo en los brazos paternales de Dios, adentrándose hasta límites insospechados en el misterio de amor de la filiación divina. Dos años antes, a mediados de octubre de 1931, durante un viaje en tranvía, Dios le había concedido una oración especialmente elevada en la que había experimentado con hondura esta gozosa realidad.

“Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba, Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía. Probablemente hice aquella oración en voz alta. Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo”.

“Entendí que la filiación divina había de ser una característica fundamental de nuestra espiritualidad: Abba, Pater! Y que, al vivir la filiación divina, los hijos míos se encontrarían llenos de alegría y de paz, protegidos por un muro inexpugnable; que sabrían ser apóstoles de esta alegría, y sabrían comunicar su paz, también en el sufrimiento propio o ajeno. Justamente por eso: porque estamos persuadidos de que Dios es nuestro Padre”.

San Josemaría con un grupo de residentes de la academia DYA
San Josemaría con un grupo de residentes de la academia DYA
Tres, trescientos, trescientos mil...

En 1933 contaba ya con un puñado de estudiantes universitarios, a los que comunicaba sus grandes sueños de apostolado en todo el mundo. Como no tenía donde reunirlos, les hablaba de Dios paseando por un bulevar o sentados alrededor de una mesa, en una chocolatería cercana a la Puerta de Alcalá. Les solía recomendar que leyeran y meditaran libros sobre la Vida y la Pasión de Nuestro Señor, aconsejándoles lo que escribió en uno de ellos, como dedicatoria, el 29 de mayo de 1933: “Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo”. Y les pedía que le acompañaran en sus visitas a los enfermos de los hospitales o que explicaran el Catecismo a los niños de las catequesis que había organizado en las barriadas pobres de Madrid.

Poco a poco, al paso de Dios, fue dando los primeros pasos del Opus Dei. En el mes de enero de 1933, comenzó un curso para los estudiantes que trataba. Deseaba explicarles en unas clases o círculos cómo podían vivir la vida cristiana con el carisma específico del Opus Dei. Les pidió a unas religiosas que dirigían un asilo que le prestaran una habitación, rezó, se mortificó por aquella intención, invitó a muchos jóvenes, y al final se presentaron sólo tres.

“Me vinieron sólo tres —recordaba—. ¡Qué descalabro!: ¿verdad? ¡Pues no! Me puse muy optimista, muy contento, y me fui al oratorio de las monjas; expuse a Nuestro Señor en la Custodia y di la bendición a aquellos tres. Bendije a aquellos tres..., y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones..., blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer. Y me he quedado corto porque el Señor ha sido mucho más generoso”.

Dios y Audacia

Necesitaba contar lo antes posible con una sede donde aquellos jóvenes pudieran acudir para formarse cristianamente, y tras muchos esfuerzos, puso en marcha la Academia DYA, una iniciativa civil de clara identidad cristiana, en la que se daban clases de derecho y arquitectura. Pero las iniciales de la Academia tenían un significado más profundo: Dios y audacia. Audacia humana y espiritual necesitaba, desde luego, para llevar adelante aquel empeño apostólico, que le trajo muchas esperanzas y también muchos quebraderos de cabeza de carácter económico.

DYA era un centro académico y un lugar de formación para los universitarios que deseasen avanzar en su trato con Dios o charlar con un sacerdote para que los acompañase espiritualmente en su lucha cristiana. Allí, san Josemaría recibía, con su habitual buen humor, a los que deseaban hablar con él y les mostraba la madera lisa y pintada de negro, de la cruz de la pared, diciéndoles:

“Está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú”.

Primera residencia de estudiantes

San Josemaría con Álvaro del Portillo
San Josemaría con Álvaro del Portillo
Durante el curso siguiente, 1934-1935, decidió dar otro paso: trasladar la Academia a un edificio más amplio, en la calle Ferraz. Contaría, además, con una residencia. En aquella nueva sede las posibilidades apostólicas se multiplicaron, lo mismo que las dificultades económicas, que llegaron a ser muy grandes. De nuevo confió en el Señor, puso todos los medios humanos a su alcance, rezó, hizo rezar a todos los que estaban a su alrededor, y la nueva Academia de Ferraz salió adelante, sin milagrerías, como fruto del trabajo, del espíritu de sacrificio y del abandono en Dios.

Comenzó a redactar los primeros documentos fundacionales: instrucciones y cartas extensas en las que iba perfilando, con la mente puesta en las futuras generaciones, el espíritu y los modos apostólicos propios del Opus Dei.

En esas cartas se manifiesta su fe y su confianza inmensa en la gracia del Señor, cuando aún contaba con muy pocas personas y medios para hacer el Opus Dei. “La Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el cielo está empeñado en que se realice. Cuando Dios Nuestro Señor proyecta alguna obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos... y les comunica las gracias convenientes. Esa convicción sobrenatural de la divinidad de la empresa acabará por daros un entusiasmo y amor tan intenso por la Obra, que os sentiréis dichosísimos sacrificándoos para que se realice”.

El primer libro

En 1934 salió a la luz una publicación sencilla, titulada Consideraciones Espirituales, que se editaría años después, considerablemente ampliada, con un nuevo título: Camino. Con aquellas páginas deseaba ayudar a los jóvenes, estudiantes, profesionales y trabajadores que conocía, para que llevaran una vida cristiana coherente y alcanzaran un trato íntimo, profundo y contemplativo con Dios.

En julio de 1935 pidió la admisión Álvaro del Portillo, un brillante estudiante de ingeniería que se convertiría muy pronto en su colaborador más inmediato. Pero en julio de 1936, cuando ya se habían dado los primeros pasos para comenzar en Valencia y se proyectaba ir a París, estalló la guerra civil en el país.