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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Licenciado en Derecho

Etiquetas: Juventud, Santa Pureza, Universidad, Zaragoza
En el curso 1925–26, aunque se había matriculado como alumno no oficial, frecuentó las clases de la Facultad de Derecho. En junio de 1926 se presentó a Derecho Internacional Público (Matrícula de Honor), Derecho Mercantil (notable), Derecho Político (notable) y Derecho Administrativo (aprobado). En la convocatoria de septiembre aprobó Derecho Penal, Hacienda Pública, y Procedimientos judiciales, y consiguió notable en Derecho internacional privado. Le quedaba sólo, para terminar la carrera, una asignatura, Práctica forense y redacción de instrumentos públicos. Acogiéndose a la R.O. de 22 de diciembre de 1926, sobre exámenes extraordinarios para alumnos a quienes no faltasen más de dos asignaturas para acabar sus estudios, la aprobó en la convocatoria extraordinaria de enero de 1927. Obtuvo así el título de Licenciado en Derecho, pues entonces estaba vigente un R.D. de 10 de marzo de 1917, que había suprimido las reválidas y ejercicios para la obtención de títulos. Bastaba pagar los derechos –37,50 Ptas.–, cosa que hizo el 15 de marzo de 1927, al mismo tiempo que solicitaba el traslado de expediente a Madrid, para cursar allí el doctorado.

David Mainar Pérez se acuerda bien de aquellos años, especialmente del curso 1925–26, en que don Josemaría, ya sacerdote, iba asiduamente a la Facultad. No se le ha olvidado el banco del patio de la Universidad en que pasaron tantos ratos entre clase y clase. Era “muy abierto en el trato con los demás”. Llegó a tener verdadera amistad incluso con alumnos que tenían muchas dudas de fe. Sabía acomodarse con gracia a las conversaciones de los estudiantes, que podían haber dado lugar a situaciones violentas para un sacerdote por los temas o el lenguaje. Pero –continúa David Mainar– “tenía un algo especial para salir airoso –con su personal sentido del humor– de momentos embarazosos, sin perder la dignidad y haciéndose respetar delicadamente, sin violencia”.

Otro compañero, Juan Antonio Iranzo Torres, alude también a que, al principio, se le miraba con cierto reparo, pero la confianza y la llaneza con que se mostraba, hizo que todos le tratasen enseguida como uno más. Elogia su carácter llano y sencillo, nada engolado, ni que pudiese pensarse vanidoso. Domingo Fumanal remacha esta idea: “Alguien ha dicho que era vanidoso, y esto es absolutamente mentira: era todo lo contrario”; “era un hombre íntegro que, sonriendo, sabía mantener Sus principios”. Y agrega que ponía especial cuidado en el trato con mujeres.

Un día mencionó a Domingo Fumanal su posible marcha a Madrid. Le pareció lógico, porque “en Zaragoza no tenía campo, ni le ayudaban como merecía”, pensó Fumanal. Don Josemaría apuntó la posibilidad de colocarse como preceptor, y Fumanal le dio algunos consejos, con lenguaje vivo de estudiante, para que tratase a las mujeres de una manera distinta a como venía haciéndolo: por la delicadeza con que el joven sacerdote vivía la castidad, su amigo temía que no pudiera prosperar en ese tipo de trabajo.

Don Josemaría se había planteado salir de Zaragoza, porque, con su corazón dispuesto a secundar el querer divino, pensaba que eso que Dios le pedía –pero aún ignoraba– podría cumplirlo más fácilmente en una ciudad como Madrid. No obstante, mientras esperaba nuevas luces de Dios, continuó su trabajo sacerdotal en la diócesis de Zaragoza.


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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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