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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
Bah, tonterías..
Por aquel tiempo Josemaría había terminado el Bachillerato, en el Instituto de Logroño. Atrás quedaban el curso tercero (1914–1915), y los exámenes en Lérida; el cuarto, que hizo como alumno no oficial ya en Logroño, en el Instituto; y quinto y sexto, cursados como alumno oficial. En las 14 asignaturas de estos tres años de Logroño, consiguió dos Sobresalientes con premio, ocho Sobresalientes y cuatro Notables. Los premios fueron en Preceptiva y Composición, de cuarto, y en Ética y Rudimentos de Derecho, de sexto.
Entonces, muchos alumnos oficiales iban por la mañana al Instituto –por lo general, de 9 a 1–, y después de comer, hasta las ocho, asistían a colegios, en los que tenían clases de repaso, horas de estudio y actividades de formación humana y religiosa. En Logroño había dos de estos colegios: el de los Hermanos Maristas, y el Colegio de San Antonio, llevado por laicos, aunque tenía también un director espiritual, que residía en el Colegio Josemaría fue alumno del San Antonio.
Compañeros suyos atestiguan que fue un chico igual a tantos otros, sensato, no alborotador, “de los que no se tuercen por nada” (Eloy Alonso Santamaría); alto, más bien grueso, sonriente y amable (Antonio Urarte); algo reservado, pero alegre (Julián Gamarra), que participaba como uno más en las tertulias del “casino”: así llamaban a la reunión en el patio del Colegio, antes de entrar a las clases.
La hija de Antonio Royo dice que, para su edad, Josemaría era alto, más bien fuerte, de buen parecer, con una risa contagiosa. “Sin embargo –agrega–, su alegría no era estruendosa: era íntima, de verdad, muy agradable, y la contagiaba”. Paula Royo insiste en que nunca hubo nada en su comportamiento, algo externo que hiciera pensar en su vocación sacerdotal. Cuando dijo que quería hacerse sacerdote, “sus padres lo comentaron a los míos asombrados, pero en ningún momento le pusieron dificultades. No nos esperábamos que quisiera ser sacerdote. Era un chico de muy buen carácter, con muchos detalles de delicadeza..., pero muy normal, vamos”.
Lo habitual era entonces ingresar en el Seminario siendo niño, más o menos de diez años. Agustín Pérez Tomás, condiscípulo en Logroño, alude a que un compañero dijo alguna vez a Josemaría que podía ser sacerdote, y él respondió muy convencido: –Bah, tonterías...
Josemaría nunca pensó que el sacerdocio fuera para él. Pero supo cambiar de planes, ante los barruntos de lo que Dios le pedía. Cuando se decidió a emprender ese camino, habló con sus padres, que le dieron consejos propios de una familia hondamente cristiana. Y en octubre de 1918 empezó a estudiar en el Seminario de Logroño, como alumno externo. Luego, en septiembre de 1920 se trasladó a Zaragoza, donde, pocos meses antes de la ordenación sacerdotal, le sorprendió una nueva desgracia familiar: la muerte de su padre.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Entonces, muchos alumnos oficiales iban por la mañana al Instituto –por lo general, de 9 a 1–, y después de comer, hasta las ocho, asistían a colegios, en los que tenían clases de repaso, horas de estudio y actividades de formación humana y religiosa. En Logroño había dos de estos colegios: el de los Hermanos Maristas, y el Colegio de San Antonio, llevado por laicos, aunque tenía también un director espiritual, que residía en el Colegio Josemaría fue alumno del San Antonio.
Compañeros suyos atestiguan que fue un chico igual a tantos otros, sensato, no alborotador, “de los que no se tuercen por nada” (Eloy Alonso Santamaría); alto, más bien grueso, sonriente y amable (Antonio Urarte); algo reservado, pero alegre (Julián Gamarra), que participaba como uno más en las tertulias del “casino”: así llamaban a la reunión en el patio del Colegio, antes de entrar a las clases.
La hija de Antonio Royo dice que, para su edad, Josemaría era alto, más bien fuerte, de buen parecer, con una risa contagiosa. “Sin embargo –agrega–, su alegría no era estruendosa: era íntima, de verdad, muy agradable, y la contagiaba”. Paula Royo insiste en que nunca hubo nada en su comportamiento, algo externo que hiciera pensar en su vocación sacerdotal. Cuando dijo que quería hacerse sacerdote, “sus padres lo comentaron a los míos asombrados, pero en ningún momento le pusieron dificultades. No nos esperábamos que quisiera ser sacerdote. Era un chico de muy buen carácter, con muchos detalles de delicadeza..., pero muy normal, vamos”.
Lo habitual era entonces ingresar en el Seminario siendo niño, más o menos de diez años. Agustín Pérez Tomás, condiscípulo en Logroño, alude a que un compañero dijo alguna vez a Josemaría que podía ser sacerdote, y él respondió muy convencido: –Bah, tonterías...
Josemaría nunca pensó que el sacerdocio fuera para él. Pero supo cambiar de planes, ante los barruntos de lo que Dios le pedía. Cuando se decidió a emprender ese camino, habló con sus padres, que le dieron consejos propios de una familia hondamente cristiana. Y en octubre de 1918 empezó a estudiar en el Seminario de Logroño, como alumno externo. Luego, en septiembre de 1920 se trasladó a Zaragoza, donde, pocos meses antes de la ordenación sacerdotal, le sorprendió una nueva desgracia familiar: la muerte de su padre.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Relación de contenidos
- Presentación
- I. Una familia Cristiana
- II. Vocación al sacerdocio: los barruntos de una especial llamada divina
- III. La fundación del Opus Dei
- IV. Tiempo de amigos
- V. Corazón Universal
- VI. El resello de la filiación divina
- VII. Las Horas de la Esperanza
- VIII. La libertad de los hijos de Dios
- IX. Padre de familia numerosa y pobre
- Epílogo. Como un niño que balbucea
- De Barbastro a Logroño
- Josemaría: la vergüenza, para pecar
- Menos mi gazapito
- Cuéntanos el cuento
- Primeras Oraciones
- Premio en "Nociones de Aritmética y Geometría"
- No llores. ¿No ves que Chon está ya en el Cielo?
- Un castillo de naipes
- Doña Dolores
- Así preparó el Señor mi alma
- Se parecía mucho a su padre
- Bah, tonterías..
- En cuestión de horas
- El ejemplo de un hogar cristiano
- Soy paternalista
- Una en el clavo y ciento en la herradura
- Un ejemplo de laboriosidad
- El aire de familia del Opus Dei
- Vida de familia
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