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Libertad del artista, dignidad de la obra

Heliodoro Dols Morell

Etiquetas: Amor de Dios, Libertad, Torreciudad, Dignidad
Al proyectar lo que sería el santuario de Torreciudad, estuve reunido en Roma con san Josemaría en dos ocasiones: una en junio de 1967 y otra en septiembre de 1971. Fueron reuniones informales en las que en todo momento no quiso imponerme nada para respetar al máximo mi libertad. Me dijo que dejaba libérrimos, para hacer lo que les pareciera, a quienes dirigían todo el asunto de Torreciudad. De las conversaciones de aquellos días no puedo entresacar conclusiones ni opiniones estéticas, o arquitectónicas del santo, que sin duda poseía bien formadas. Como resumen de ellas sólo puedo recordar su gran sentido común, su gran sentido sobrenatural y su gran sentido del humor.

Digo esto porque san Josemaría era tan consciente de lo que era el Opus Dei, una organización desorganizada, que rompía todos los moldes que pudieran encorsetar a cualquiera de sus fieles. Si en las cuestiones opinables no quería que hubiese una escuela propia del Opus Dei, sino que deseaba que se respetase la libertad, al igual que en la investigación teológica, mucho menos podría haber una corriente artística defendida por el Opus Dei, o una arquitectura propia del Opus Dei. Cada artista podría crear siguiendo el camino que más se compenetrara con su modo de pensar y hacer. A san Josemaría lo único que le interesaba era que se llevara a cabo con oración, con espíritu de humildad, con afán de servicio, con optimismo: que pudiera ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo.

La arquitectura en los tiempos en que se realizó la expansión del Opus Dei no tenía un camino claro. Después del estilo internacional de funcionalidad y racionalidad extremas, con un respeto hacia los materiales y un desprecio completo a cualquier adorno o moldura superficial, se lanzó hacía un postmodernismo, —reacción clara de aquella sencillez—, en el que se quiso liberar de aquel racionalismo, no volviendo a un orden de estilo clásico, sino a utilizarlo arbitrariamente, para superar también cualquier esclavitud que el clasicismo le pudiera proporcionar. Más tarde desembocó en el deconstructivismo, rompiendo con la razón de ser de la arquitectura de todos los tiempos, que siempre había surgido de la utilización de unos materiales que le habían ido marcando la forma y el buen hacer de la arquitectura, desafiando a la verticalidad de la gravedad y rompiendo en planta con el ángulo recto y con cualquier forma geométrica preestablecida. Ahora, a través de un minimalismo, a veces caro, pero lógico, parece que la arquitectura ha entrado por unos caminos más claros, sencillos y perennes.

En todo este trayecto ha habido unos excesos arquitectónicos que igual que en las demás artes, nos ha llevado a algunas obras efímeras, pasajeras, en las que algunas veces parece que ha prevalecido el afán de ser original más que el de ser consecuentes, más buscar el aplauso que lo bello, y por tanto creando al fin —a veces— una arquitectura superficial. Por eso en mis encuentros con san Josemaría, —que no podía ni quería seguir los bandazos por los que iba atravesando el arte— me dijo que quería para Torreciudad soluciones modernas pero que estuvieran inspiradas en Aragón.

Precisamente las tendencias arquitectónicas de aquel momento, nos llevaban a intentar que la arquitectura racionalista y universal fuera menos universal y estuviera más arraigada a la tierra; que un edificio fuera el resultado lógico del lugar donde se encontraba, pero no copiando o mimetizando la arquitectura existente.

San Josemaría tenía un gran sentido de la construcción y no quería arquitecturas efímeras cuyo mantenimiento fuera costoso. Me decía que los materiales deberían ser recios y definitivos. No criticaba la arquitectura efímera, pero no la podía querer para un Santuario a la Virgen, que tenía que durar siglos y que no debía tener unos gastos excesivos de mantenimiento. A él le podría preocupar su belleza pero en eso no podía influir. Como buen promotor le preocupan las personas que iban a vivir allí, y por tanto la funcionalidad de aquellos edificios.

Además le preocupaba que estuviese todo pensado, que no hubiera improvisaciones. En cuanto a la urbanización exterior habló de buena iluminación, fuentes para beber agua natural potable (que quedara claro, añadía, que no se trataba de aguas milagrosas) y cepillos o huchas para mantener todo aquello. Habló también de los carteles de señalización, que fueran dignos, y todas las indicaciones hechas de modo positivo porque el no lleva a hacer que sí. No le gustaban las prohibiciones. Mencionó las papeleras, las velas con autoservicio, los altavoces exteriores, y que en la explanada debería haber una copia de la imagen de la Virgen de Torreciudad, pero de metal, para que no se deteriorase al estar al aire libre. Hablando de que estuviese bien iluminada, me advirtió que no tuviera bombillas en la corona.

Sin querer, amplió todo. Se asombraba que no tuviera proyectada una explanada (nadie me lo había pedido), que el Santuario fuese pequeño, que los confesionarios fuesen únicamente diez o doce. Me decía que él no lo vería pero nosotros sí, que vendrían personas de muchos países. Al hablarle del Santuario, que podría ser ampliable, no le gustó que se hiciera a trozos, sino que prefería que se proyectara definitivo.

Fue en los comentarios que hizo al presbiterio del Santuario donde san Josemaría se volcó con más cariño. Hablando del retablo dijo que tenía que ser una invitación a rezar —contemplar a Jesús, Dios y Hombre, le acercaba a Dios— y como una lección de catecismo, que la entendieran toda clase de personas. Aquí, san Josemaría recalcaba la diferencia entre arte litúrgico y arte profano ante la separación actual del artista y la sociedad.

Fue suya la idea de hacer un retablo aragonés con el óculo eucarístico. No le gustaba hacer una iglesia grande dedicada a la Virgen, a la que nadie quería más que él, y poner al Señor en un rincón. Le gustaba que el Señor presidiera toda la Iglesia. Vino a decirme: «Lo haremos, con nuestra pobreza y con el amor de todos, un buen trono en el sagrario, rico y —añadió subrayándolo— acompañado, que ha de presidir desde lo alto del retablo de la Iglesia todas las actividades apostólicas que entre aquellas peñas aragonesas se realicen, para honra de su Madre, para bien de todas las almas y para el servicio de la Iglesia Santa».

Así como constantemente me había hablado de no hacer nada lujoso, de no utilizar materiales caros y hacer unos edificios sobrios, me insistió en que el altar no fuera roñoso: en la medida de lo posible que fuera rico, especialmente ahora en que si te descuidas pueden llegar a utilizar como altar mesas de cocina. No quería hablar de arquitectura sino de lo que llevaba en el corazón. No podía marcarnos pautas estéticas en la arquitectura actual, precisamente por la libertad que teníamos, y eso que al principio del Opus Dei, lo tenía que hacer —utilizando una expresión de san Josemaría— con cuatro chisgarabís, que aunque entre ellos hubiera algún buen arquitecto, le podrían dejar unos bodrios enormes, en aquellas circunstancias en que la arquitectura no sabía por dónde podía ir. Sabiamente, en cualquier país y en cualquier circunstancia quienes tendrian que decidirlo serían los grupos promotores, que como cualquier propietario, no solo buscaban el dinero para los edificios, sino que eran los que marcaban la pauta de lo que querían o necesitaban.

Como arquitecto viajé por todo Huesca tratando de asimilar su arquitectura. Hablé con el Padre queriendo compenetrarme con todas sus ideas; y a la vez me “defendí” como pude del grupo promotor que era el que conseguía el dinero y el que podía exigir, mientras trataba también de secundar sus intenciones. Y al final salió Torreciudad.
Si quisiera resumir qué influencia del mensaje san Josemaría pudiera ayudar más a un artista o arquitecto, sería la de sentirse hijo de Dios, participando de su obra creadora en su quehacer humano. Es como si Dios quisiera necesitar de la colaboración del artista para perfeccionar el mundo con su arte, añadiendo su aportación estética a su obra de la creación. Y si tiene la conciencia de ese querer de su Padre-Dios, el artista no solo participa de su obra creadora sino también redentora. El artista es un instrumento de Dios, un cooperador suyo, un cooperador ciego, si no tiene fe, pero que debe actuar como el que tiene fe, no para que lo admiren sino para servir a los demás. Pero si tiene fe, esa cooperación alcanza una cuarta dimensión porque no es solo para servir a los demás, sino para dar más gloria a Dios. Por tanto, con su obra no deberá escandalizar porque entonces ésta no llevaría a Dios.

En el artista debe predominar su capacidad de servicio, más que la del orgullo. No tiene que buscar su autosatisfacción, su ambición o su soberbia, porque el artista, más que nadie, tiene la constante tentación de la serpiente a Adán y Eva (cfr. Gen 3,5).

La obra de arte en manos del artista es como los bueyes o carneros que sacrificaban los israelitas a Dios. Eran animales impecables que el dueño al que pertenecían le ofrecía. La obra de arte tiene esa dignidad de poder ser ofrecida a Dios. Y así lo decía san Josemaría: (Amigos de Dios, 55).

Y esa obra de arte además debe acercar a los demás a Dios. A través de esa capacidad que ha dado Dios al artista, la obra que sale de sus manos debe transparentar el espíritu de Cristo.

San Josemaría, cuando vió Torreciudad terminado, un mes antes de su marcha al cielo, mientras bajaba con él hacia la Ermita, después de decirme que le había gustado, para que no me pudiera entrar la vanidad de lo que había hecho, tomando ocasión del desorden y caos de los volúmenes de los edificios, me dijo con buen humor que yo había tirado los ladrillos y había construido donde cayeron .


Actas del Congreso "La grandeza de la vida corriente", Vol. XIII Creatividad artística, EDUSC, 2003.