Testimonios
Le di la mano a un santo
Guillermo Perkins, profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad Austral, Argentina
6 de octubre de 2007
Fue en junio de 1974 cuando estreché la mano de san Josemaría Escrivá de Balaguer. Lo conocí personalmente en Argentina. La segunda cita se realizó nada más y nada menos que en la Plaza de San Pedro el 6 de octubre de 2002 cuando el Papa Juan Pablo II lo proclamó santo.Fue impactante participar de la canonización de una persona a quien tuve la oportunidad de conocer cuando vino a Argentina en 1974. En aquel momento pude ver a san Josemaría en las distintas reuniones o tertulias que se organizaron. Además, tuve la dicha de saludarlo personalmente en “La Chacra”. Recibió a la familia de Mercedes –mi mujer- y yo, que entonces estaba de novio con ella, me “colé”. Pude darle la mano y comprobar la naturalidad, la normalidad de su vida. Era como estar con Jesús pero sin darte cuenta.
Lo que más me impresionó durante su canonización en Roma es que estábamos todos a una. Podías percibir la buena onda en la plaza, la buena disposición para rezar. A pesar de no conocer el idioma, compartíamos un lenguaje común entre las miles de personas que estábamos: una sonrisa, una mirada te hacía entender que estábamos viviendo lo mismo. Con la perspectiva del tiempo te das cuenta de la trascendencia de ese acontecimiento. Ahora tengo dos nietos y me impresiona pensar que podré contarles lo que significó para nosotros participar de la canonización de un gran santo.
Indudablemente el viaje supuso un esfuerzo económico pero valió la pena. Estar en Roma, centro de la cristiandad, significó un momento muy agradable que compartimos con Mercedes y tres de mis nueve hijos.
De san Josemaría he recibido favores grandes y chicos. No podría distinguir en mi vida su influencia porque creo que tanto mi mujer como yo nos sentimos impregnados por sus enseñanzas. Le tengo confianza, es un intercesor en el cielo al que acudo con frecuencia.
Hay una idea que casi podría decir la tengo untada en el cuerpo y es de la homilía “Amar al mundo apasionadamente” en la que san Josemaría dice: “en la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria.” Pienso que a mi me toca vivir una partecita del horizonte de la humanidad y creo que luchar cristianamente ayuda a que esa línea no sea entrecortada.
El hecho de que uno pelee por vivir los valores cristianos como una unidad hace que se irradien y se multipliquen entre las personas que uno trata, sea como profesor del IAE, sea como líder de una organización humana maravillosa como es la familia.

Relación de contenidos
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- Todos pertenecemos a la raza de los hijos de Dios
- Las alegrías vividas en familia se multiplican y las penas se dividen
- El mensaje social de la Iglesia se hará creíble por el testimonio de las obras
- La silla de ruedas entró en mi vida a los 35 años
- Para reconstruir Líbano
- Para estar más tiempo con mi familia
- Le di la mano a un santo
- Dios se sirve de hombres para que no olvidemos que existe
- El cristiano en los medios de comunicación
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