PortadaLibrosApuntes sobre la vida del fundador del Opus DeiLa Virgen y por fin, el Papa, el dulce Cristo en la tierra


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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
La Virgen y por fin, el Papa, el dulce Cristo en la tierra
Pedro Casciaro, que había conocido a don Josemaría en los comienzos de 1935, quiso tenerlo como director espiritual. Bajo su guía fue aprendiendo a hacer oración, a estar en la presencia de Dios en todo momento, también por la calle. Para ayudarle de modo práctico, le preguntó un día cuál era el camino habitual desde su casa –en la calle de Castelló– hasta la Escuela de Arquitectura –tenía él clases en el edificio de Areneros que el gobierno había incautado a la Compañía de Jesús– o la Facultad de Ciencias, aún en San Bernardo. Y entonces le fue enumerando las imágenes de la Virgen que podía encontrar en su camino:
En la calle de Goya –más o menos fueron éstas sus palabras– hay una pastelería apenas volver la esquina de Castelló, que tiene una hornacina con la Purísima Concepción; al llegar a la estatua de Colón, en el cruce con el paseo de la Castellana, tienes en uno de los relieves del pedestal de la estatua una escena de los Reyes Católicos donde hay una imagen de la Virgen del Pilar; subiendo por los Bulevares...
Pedro Casciaro quedó sorprendido al comprobar su poca capacidad de observación, él –estudiante de Arquitectura– que tanto solía fijarse en los detalles ornamentales. En realidad –apostilla–, “sólo un alma enamorada de la Virgen habría podido detectarlas. Desde entonces mis horas de trabajo fueron adquiriendo un nuevo sentido de santificación, y mis andanzas por las calles de Madrid, nuevas perspectivas contemplativas”.
Y, por fin, el Papa, el dulce Cristo en la tierra.
Encarnación Ortega ilustra con muchos detalles su llegada a Roma el 27 de diciembre de 1946, con otras tres asociadas de la Obra, las primeras que iban a quedarse en Italia. En el recorrido del aeropuerto romano al pequeño piso, instalado en Piazza Cittá Leonina, quiso el Fundador que pasaran por el Colosseo y que allí rezaran, despacio, un Credo, pidiendo a los mártires –que en aquel lugar dieron su vida– fe y fortaleza para ser buenos instrumentos en servicio de la Iglesia y del Romano Pontífice. A la mañana siguiente, ante el sepulcro del primer Papa, renovaron su petición con amor filial, y rezaron intensamente por el Romano Pontífice que en aquel momento ocupaba la sede de Pedro.
No fue una excepción. Más bien al contrario: el Fundador del Opus Dei siempre enseñó a las almas a querer y a orar por el Santo Padre, viendo en él al representante –al Vicecristo– de Dios en la tierra. Por eso quería que toda persona del Opus Dei que llegase á Roma fuese inmediatamente a la Basílica de San Pedro para renovar su fe y rendir homenaje al Pontífice reinante.
Su amor, su veneración por el Papa –quienquiera que fuese era patente. No hacía falta, ni mucho menos, ser socio del Opus Dei para advertirlo. El 27 de agosto de 1972 –y es un ejemplo entre muchos– el Cardenal Frings predicaba en Colonia con motivo de la primera Misa solemne de un nuevo sacerdote del Opus Dei: “Para ser sacerdote en la Iglesia Católica hay que estar firmemente convencido –convencido, diría yo, con una divina certeza– de que la Iglesia es dirigida en su cúspide por Pedro y por su sucesor, el Papa. Mons. Escrivá lo ha captado desde hace tiempo. Y él ha ido por delante de los suyos en su fiel lealtad al Papa, y ha permanecido siempre en fidelidad inconmovible al Papa”.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
En la calle de Goya –más o menos fueron éstas sus palabras– hay una pastelería apenas volver la esquina de Castelló, que tiene una hornacina con la Purísima Concepción; al llegar a la estatua de Colón, en el cruce con el paseo de la Castellana, tienes en uno de los relieves del pedestal de la estatua una escena de los Reyes Católicos donde hay una imagen de la Virgen del Pilar; subiendo por los Bulevares...
Pedro Casciaro quedó sorprendido al comprobar su poca capacidad de observación, él –estudiante de Arquitectura– que tanto solía fijarse en los detalles ornamentales. En realidad –apostilla–, “sólo un alma enamorada de la Virgen habría podido detectarlas. Desde entonces mis horas de trabajo fueron adquiriendo un nuevo sentido de santificación, y mis andanzas por las calles de Madrid, nuevas perspectivas contemplativas”.
Y, por fin, el Papa, el dulce Cristo en la tierra.
Encarnación Ortega ilustra con muchos detalles su llegada a Roma el 27 de diciembre de 1946, con otras tres asociadas de la Obra, las primeras que iban a quedarse en Italia. En el recorrido del aeropuerto romano al pequeño piso, instalado en Piazza Cittá Leonina, quiso el Fundador que pasaran por el Colosseo y que allí rezaran, despacio, un Credo, pidiendo a los mártires –que en aquel lugar dieron su vida– fe y fortaleza para ser buenos instrumentos en servicio de la Iglesia y del Romano Pontífice. A la mañana siguiente, ante el sepulcro del primer Papa, renovaron su petición con amor filial, y rezaron intensamente por el Romano Pontífice que en aquel momento ocupaba la sede de Pedro.
No fue una excepción. Más bien al contrario: el Fundador del Opus Dei siempre enseñó a las almas a querer y a orar por el Santo Padre, viendo en él al representante –al Vicecristo– de Dios en la tierra. Por eso quería que toda persona del Opus Dei que llegase á Roma fuese inmediatamente a la Basílica de San Pedro para renovar su fe y rendir homenaje al Pontífice reinante.
Su amor, su veneración por el Papa –quienquiera que fuese era patente. No hacía falta, ni mucho menos, ser socio del Opus Dei para advertirlo. El 27 de agosto de 1972 –y es un ejemplo entre muchos– el Cardenal Frings predicaba en Colonia con motivo de la primera Misa solemne de un nuevo sacerdote del Opus Dei: “Para ser sacerdote en la Iglesia Católica hay que estar firmemente convencido –convencido, diría yo, con una divina certeza– de que la Iglesia es dirigida en su cúspide por Pedro y por su sucesor, el Papa. Mons. Escrivá lo ha captado desde hace tiempo. Y él ha ido por delante de los suyos en su fiel lealtad al Papa, y ha permanecido siempre en fidelidad inconmovible al Papa”.
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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Relación de contenidos
- Un sacerdote cien por cien
- Alma sacerdotal y mentalidad laical
- La Misa, centro y la raíz de la vida interior
- Amor a la Sagrada Eucaristía
- Una Misa en pleno monte
- Pues sé tú también muy loco, hijo mío
- Yo soy anticlerical porque amo al sacerdote
- Un sacerdote que sólo hablaba de Dios
- Tres amores: Cristo, María, el Papa
- Manifestaciones de cariño a la Virgen y a San José
- En los momentos decisivos de la historia del Opus Dei
- Padre cura, ésta no vale 'na' ¡la nuestra es la que vale!
- La Virgen y por fin, el Papa, el dulce Cristo en la tierra
- Diréis que el Padre amaba al Papa con toda su alma
- Un sacerdote español 'muy romano'
- Afán por todas las almas
- Solicitud sacerdotal
- Contagiar de entusiasmo sacerdotal a los sacerdotes
- Retiros que dejan huella
- Rezad por todos los sacerdotes
- Amor a los religiosos
- El tesoro de la Iglesia
- Muchas vocaciones
- Madrid, 2 de octubre de 1928
- Instrumento inepto y sordo
- Viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo
- Se escapaban las almas como las anguilas en el agua
- Una nueva visión del trabajo
- La característica más decisiva de su personalidad
- Y el Fundador del Opus Dei siguió trabajando
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