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La unión con Dios, fuente de paz
Mirentxu Landaluce

“La paz es el fruto del orden establecido en la sociedad humana por Dios, y que los hombres que desean la verdadera justicia han de llevar a cabo” (cfr. Gaudium et Spes, n. 78). Es una de las aspiraciones naturales del ser humano: la reclama su naturaleza racional, y si no la consigue se siente inquieto, inseguro, incompleto.
Por otra parte, y paradójicamente, la vida es una continua tensión hacia la realización y la culminación de aquello a lo que estamos llamados, tanto física como espiritualmente, por tanto esa tensión, las dificultades, los sinsabores, son, en esta vida, de ordinaria administración, los encontramos necesariamente junto a las cosas gratas. La solución está en orientar bien la misma tensión para llegar a la paz.
San Josemaría –cuya fiesta celebramos el 26 de junio y de quien son las ideas de estas líneas- es conocido fundamentalmente por haber difundido a partir de 1928, entre mujeres y hombres de toda condición, la llamada universal a la santidad, el mensaje de que todos estamos llamados a ser santos a través de las ocupaciones cotidianas, es decir, en medio de los avatares de la vida. Y la santidad es la unión con Dios, y por tanto fuente de paz. La mayoría de los humanos disponemos de un espacio bien común para tratar de unirnos a Dios: la familia, el trabajo, las relaciones sociales ... ambientes que solicitan unos modos y medios que podríamos llamar ordinarios (en oposición a extraordinarios). En ese espacio sufrimos y gozamos. En ese espacio luchamos y ahí logramos la paz.
Pero veamos de qué paz se trata. Lejos de ser indiferencia o pasividad, esa paz es una conquista, o dicho con palabras de Camino (n. 308), “es algo muy relacionado con la guerra. La paz es una consecuencia de la victoria. La paz exige de mí una continua lucha”. Si queremos que la paz impere en los diferentes ámbitos en los que nos movemos –la paz de las familias, la paz de la sociedad, la paz de la Iglesia, la paz del mundo-, siempre y previamente, ha de haber guerra. Sólo alcanzaremos la paz si procuramos vencer en la guerra personal, en la conquista del carácter, de la laboriosidad, etc. En ese frente personal es donde se libran las batallas contra el egoísmo, la comodidad, la soberbia ... tendré paz si ayudo a quien lo necesita, si no hago aquello que perjudica a otro, si me esfuerzo por vencer una antipatía o superar un viejo rencor, si no me dejo llevar por esa rabia, esa ambición, o ese mal capricho, si no realizo ese gasto que sé que no debo hacer ... ¿estoy dispuesto a luchar?
La paz es un valor en alza por su escasez, porque se pretende comprar con equilibrios peligrosos, con compensaciones que no sacian, con compromisos interesados, cuando en realidad basta quererla de verdad, sinceramente, entregando precisamente lo más rastrero de nosostros mismos –el orgullo, el egoísmo, la comodidad –para conseguirla. Entre niños, a veces jugábamos a las adivinanzas y una de las que más me gustaba perguntaba por algo que “cuanto más se le quita, más grande es”: ¡el hueco! La paz es así: cuanto más desaparece lo que sobra, ese yo prepotente, más “paz” tenemos nosotros mismos y más abundantemente la damos a nuestro alrededor, pero la realidad es que nos cuesta prescindir de esa “tierra”, de ese “yo”, porque nos satisface, nos da poder y nos enaltece – o creemos que nos enaltece- ante los ojos de los demás.
Esta es una vertiente del camino hacia la paz. La otra es la social: yo no sería consecuente con este planteamiento si sólo pensara en tener paz y no me interesara por la de los demás: así yo tampoco tendría paz. ¿Qué haría yo con mi propia paz o si hablara mucho de paz si no la procuro a mi alrededor? Hemos de llegar a conseguirla y transmitirla, o con expresión de san Josemaría que encabeza estas líneas, sembrarla: hemos de ser sembradores de paz y “sembrar”, según el DRAE, es “arrojar y esparcir las semillas en la tierra preparada para este fin”. En primer lugar hay que pedírsela a Dios y, unido a eso trabajarla; por ejemplo, saludar a quien nos encontramos o preguntarle cómo se encuentra, si tuvo alguna dolencia, o cómo sigue aquel asunto que le preocupaba, o dar una información útil en el momento opostuno, o prestar un servicio que alguien necesita ... eso es sembrar paz.
Sembrar paz es hacer ver las cosas buenas de las personas, el lado positivo de los sucesos, las soluciones a los problemas... en lugar de juzgar malas intenciones, o denunciar defectos, o destacar las dificultades y las calamidades.
En síntesis, se trataría y también son palabras de san Josemaría: de ahogar el mal en abundancia de bien. Todos recordamos aquel dicho popular de que no hay rosas sin espinas, y es verdad, pero, según nuestro autor, es una óptica parcial. ¿No da más paz esta otra expresión que nos dejó escrita en su Vía Crucis?: “Donde la mano siente el pinchazo de las espinas, los ojos descubren un ramo de rosas espléndidas, llenas de aroma”.
La Verdad, Maracaibo (Venezuela)
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