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La sombra del Padre

Flavio Cappucci

Etiquetas: Álvaro del Portillo, Fidelidad
Pocas horas después de su regreso de una peregrinación a Tierra Santa, Dios llamó a su presencia a Mons. Álvaro del Portillo, Obispo Prelado del Opus Dei y primer sucesor del Fundador, san Josemaría Escrivá. A los pocos días, Flavio Capucci evocaba una confidencia -breve, sencilla, pero elocuente- que Mons. Del Portillo le hizo un día que fue a verlo a su oficina de la Postulación General: «ahora, hijo mío puedo entonar el nunc dimittis... Tenía tres cosas por hacer antes de morir, y ya las he terminado». Hoy traemos un resumen del relato de aquella conversación.


Escribo a vuelapluma, con el corazón aún emocionado por la imprevista desaparición de S.E. Mons. Álvaro del Portillo, Prelado y Padre queridísimo de todos los miembros del Opus Dei. La herida que la muerte de Josemaría Escrivá abrió en nuestra alma, nunca cerrada, ha vuelto inesperadamente a sangrar. Quien ha experimentado la ternura y la fuerza del afecto del Padre [Mons. Álvaro del Portillo] sabe que, como sucedió con el Fundador, tampoco nos acostumbraremos a la separación física de su primer sucesor. La paternidad espiritual, don divino marcado a fuego en el Padre desde el día en que fue llamado a guiar con el ejemplo nuestro camino de correspondencia a la gracia, crea vínculos más profundos que los de la carne. Por esto, el afecto y el dolor de estos momentos hacen más firmes nuestros propósitos de imitar su fidelidad al espíritu de san Josemaría.

Aquí, en la sede Central del Opus Dei, todos los rincones de la casa nos hablan de su presencia: sus restos mortales descansan en la Cripta de la Iglesia prelaticia y, ya en estos primeros días, millares de personas han acudido para expresar en el silencio de la oración su gratitud al Padre. Tristeza y consolación se confunden; la conmoción se transforma en oración cuando, al subir la escalera, al pasar por un pasillo, al cruzar la puerta de la habitación donde trabajaba, vuelve a la mente el recuerdo de un encuentro con el Padre, de su sonrisa, de las palabras que acompañaban siempre su saludo: “Dios te bendiga, hijo mío!”. (...)

Quisiera narrar aquí un recuerdo muy significativo para mi. Las circunstancias en las que se desarrolló aquella conversación con el Padre tienen una resonancia emotiva especial en estos momentos, pero su contenido dilata su alcance mucho más allá del presente. Fue la única vez que el Padre me habló de su muerte. No puedo fijar con exactitud la fecha: he dicho que escribo a vuelapluma y no he buscado documentos que me ayuden a ser más preciso. En cualquier caso, los márgenes en que nos movemos no son tan amplios. Debió ser en los últimos meses de 1985 o al inicio de 1986. El Proceso romano sobre la vida y las virtudes del Fundador estaba terminando. Mientras el Tribunal seguía interrogando a los testigos, la Postulación, después de años de búsquedas, de clasificación y de estudio sistemático, ultimaba la preparación de los volúmenes que contenían la documentación sobre la personalidad de san Josemaría y sobre la obra que realizó en servicio de la Iglesia. La parte más ingente de tal documentación estaba formada por los escritos aún inéditos que, según la legislación entonces vigente, debían entregarse durante la fase instructoria del Proceso: el epistolario, las Cartas y las Instrucciones a los miembros del Opus Dei, los Apuntes íntimos, etc. Trabajábamos con serenidad, sin prisa ni tensiones estériles, pero a un ritmo que no se consentía descansos.

Un día el Padre [Mons. Álvaro del Portillo] vino a nuestra oficina. Seguía muy de cerca la actividad de la Postulación, era el alma auténtica de todo el trabajo: lo orientaba con consejos e indicaciones para nosotros indispensables, puesto que había sido durante cuarenta años el colaborador más íntimo de san Josemaría y, con su memoria de hierro, estaba en condiciones de resolver cualquier problema de interpretación que surgiese de los textos que estábamos transcribiendo y anotando. Aquel día me encontraba solo en la oficina, sentado en mi escritorio. El Padre entró, se sentó frente a mí y comenzamos a hablar. No recuerdo el asunto que tratamos, pero puedo referir con exactitud la confidencia, del todo inesperada, que me hizo al final de aquella conversación.

Inopinadamente, me dijo (las palabras no son textuales, pero su contenido es absolutamente fiel): “Ahora, hijo mío, puedo entonar el nunc dimittis”. Como el anciano Simeón, del que habla san Lucas en el segundo capítulo de su Evangelio, había vivido sólo en la expectación de que se cumpliese la promesa recibida por el Espíritu Santo, según la cual no vería la muerte antes de ver el Mesías, y cuando María y José llevaron al Niño al templo para la presentación al Señor, dejó discurrir su júbilo en el famoso himno de aceptación de la muerte. El Padre me estaba diciendo que el sentido de su vida se había realizado ya. “Pero Padre, ¿qué le pasa por la cabeza? ¿Por qué? ¡Quedan aún tantas cosas por hacer!”, repliqué. El Padre prosiguió; “No, tenía tres cosas por hacer antes de morir, y ya las he terminado”, y comenzó a numerarlas. Yo me alargaré, pero sus palabras fueron breves, sobrias, enunciadas sin comentario alguno: “era preciso obtener la configuración de la Obra como Prelatura, tenía que terminar mi testimonio para el Proceso de san Josemaría y, por último, debía escribir las notas a los Apuntes íntimos. Ahora ya he terminado”. No dijo nada más.

Es preciso añadir alguna explicación, porque aquella mención de la muerte abría una rendija para conocer como concebía el sentido de su vida: ser la sombra de san Josemaría y desaparecer, no añadir nada propio, dejar que el Fundador prosiguiese el camino comenzado.

Antes de morir sentía la obligación de concluir los trámites con la Santa Sede para la transformación del Opus Dei en Prelatura personal: una meta alcanzada el 28 de noviembre de 1982 y que cerraba el iter jurídico de la Obra en el modo deseado y preparado por el mismo Fundador, con la consecución de una forma institucional más adecuada a la naturaleza eclesial de la vocación que nos ha dado el Señor. El derecho da estabilidad y certeza a lo que surge en la vida de la sociedad y de la Iglesia, enmarca su perfil institucional y define sus características estructurales, garantizando que su desarrollo posterior no pueda desnaturalizar el carisma originario. Sintiéndose llamado a responder ante Dios de su propia fidelidad a la gracia fundacional, san Josemaría había predispuesto todos los retoques necesarios al Codex Iuris Particularis del Opus Dei en previsión de la nueva figura jurídica, creada por el Concilio Vaticano II; pero no había podido coronar personalmente este proyecto, por el que había rezado, sufrido y trabajado durante tanto tiempo. El hecho de que el Padre colocase esa tarea en el primer lugar de sus deberes era muy elocuente del espíritu con que había aceptado la responsabilidad de suceder al Fundador. (...)

El segundo y el tercer motivo por los que el Padre [Mons. Álvaro del Portillo] consideraba cumplido su papel en la tierra iluminan aún más la conciencia que tenía el Padre de su misión. El Tribunal del Vicariato de Roma, que instruía el Proceso sobre la vida y las virtudes del Fundador, aplicando una disposición contenida en la nueva ley sobre las Causas de los Santos, había concedido a los testigos principales la facultad de presentar su testimonio procesal por escrito. De este modo se aseguraba la integridad y precisión de sus recuerdos, expuestos según un riguroso orden cronológico o sistemático. El Padre pudo escribirlo gracias al auxilio de las anotaciones que había ido tornando, a lo largo de los cuarenta años transcurridos junto a san Josemaría, sobre los sucesos que más le habían impresionado. Su deposición ocupa más de 2.000 paginas a máquina, a simple espacio: cualquiera puede intuir que ese testimonio ha constituido la fuente principal para la reconstrucción de la vida del Fundador y la demostración del heroísmo alcanzado en la práctica de las virtudes cristianas.

Los Apuntes íntimos son ocho cuadernos manuscritos en los que san Josemaría, en distintas épocas de su vida pero sin la continuidad y la minuciosidad de un diario, tomaba nota de las luces recibidas del Señor en la oración, de las experiencias pastorales que acompañaron los primeros pasos del apostolado del Opus Dei y de los cauces que parecían delinearse para el desarrollo posterior. Muchas de esas notas reflejan el resplandor de la vida espiritual de un alma santa, las gracias místicas a través de las cuales el Señor modelaba su instrumento; en otras, transcribe sus reflexiones sobre los pasos que la Providencia le hacía dar, e iluminan con la experiencia directa del protagonista el contenido del carisma que Dios le confió para la edificación de la Iglesia. (...)

Mons. del Portillo acababa de terminar la redacción de su testimonio procesal y de escribir aquellas notas. Al decirme que el objetivo de su vida estaba ya alcanzado, me estaba confirmando que su única ambición era ayudarnos a entender lo que Dios había realizado en el alma de nuestro Fundador, es decir, a comprender mejor nuestra vocación y la misión del Opus Dei en la Iglesia. Quien ha conocido al Padre [Mons. Álvaro del Portillo], aunque haya sido sólo ocasionalmente, puede confirmar que no hablaba nunca de sí mismo, no confiaba sus propias inclinaciones, ni enunciaba programas personales. Quiso ser de verdad sólo la sombra de nuestro Padre, convencido de que san Josemaría Escrivá era el instrumento elegido por Dios para una misión providencial en la tarea de la evangelización. Él, el Padre, no importaba para nada. He aquí un ejemplo de Pastor que guía las almas a Cristo, no a sí mismo.

El recuerdo de aquella breve confidencia del Padre sirve como testimonio de toda una vida. Proporciona el retrato de un hombre, de un sacerdote, que por encima de todo ha sido ejemplo de fidelidad. Ha sido fiel a las palabras que escribió a sus hijas e hijos del Opus Dei después de ser elegido sucesor del Fundador: “Sí se ha elegido por unanimidad a este pobre hombre que soy yo -que no valgo nada, que no tengo nada, que no puedo nada, que no soy nada, decía de sí mismo nuestro Padre: ¡qué habré de decir yo, llenándome de una confusión indescriptible!-, ha sido porque vuestras hermanas y vuestros hermanos sabían que yo llevaba más tiempo que nadie al lado de nuestro Padre, y lo que querían era la continuidad. No me cuesta hablaros en estos términos, porque -sin conocerme-, me conozco lo suficiente para comprender que no me han votado a mí, a mi persona. Han dado un voto unánime en favor de nuestro Padre: han querido volver a elegirle a él. Cualquier hermano vuestro hubiese respondido con idéntica fidelidad a la Obra, pero ellos han juzgado -prescindiendo de mi pequeñez- que por estar siempre al lado del Padre, de san Josemaría, oyendo día a día sus confidencias, a mí me era más fácil continuar, hacer que todo continuara igual” (Carta, 30.IX.1975, n. 47).


Flavio Cappucci es Postulador de la Causa de Canonización de san Josemaría y de Mons. Álvaro del Portillo


Studi Cattolici, Milano (Italia), mayo de 1994