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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Un crimen de la humanidad

Etiquetas: Espíritu Santo, Brasil, Filipinas
Con las gentes de África, muchos europeos –no todos, muchos– cometieron una maldad muy grande, que fue traerlos a la fuerza aquí, y en esclavitud. ¡Eso es un crimen de la humanidad! ¡Un auténtico crimen! Tenemos que reparar. Y el Opus Dei en eso puede mucho y Brasil puede mucho... Luego si salen muchas vocaciones (...), y van allá preparados para llevar a Cristo, serán mucho mejor recibidos. Desde el Brasil...
Luego, ¿todos? No, pero algunos, sí. También acudirán de otros países: ¡marchan tan a gusto! Hay hijos míos en Filipinas –donde el Señor quiere consolar este pobre corazón de sacerdote, haciendo que se promuevan tantas vocaciones, tan abundantes y tan buenas– que al ver mi hambre de extender el reinado de Cristo, me dicen: no se preocupe, nosotros, con esta cara, podemos ir a todos los lados.


Fue un ritornello constante. Mons. Escrivá de Balaguer quiso dejarlo también plasmado en el acta de la consagración del primer altar que consagró en Brasil. Era el del oratorio de la sede central del Opus Dei en ese país. Desde que Pío XII le concedió facultad para consagrar altares, siguió siempre la costumbre de depositar un acta en el sepulcro del ara, en la que expresaba su petición durante la ceremonia. Aquel breve documento decía que mientras hacía esta consagración rogué intensamente a Dios Trino y Uno, por intercesión de Santa María, siempre Virgen, y de San José, Nuestro Padre y Señor, que nos haga buenos y fieles a sus hijos de esta Región brasileña y a mí, y siempre prontos a extender el Reino de Cristo Señor Nuestro por esta inmensa nación y también por otras, hasta las tierras más lejanas.

En la fiesta de Pentecostés, 2 de junio de 1974, miles de personas se congregaron en el Salón de Actos del Palacio Mauá de Sáo Paulo. Aquí veo –describía Mons. Escrivá de Balaguer– gente de todos los países y de todas las lenguas, que también entienden la voz de Cristo. Realmente, el auditorio hacía extraordinariamente actual aquella primera fiesta de Pentecostés, en que los Apóstoles comenzaron a hablar de las magnalia Dei, de las maravillas de Dios, y les entendían en todas las lenguas. También ahora, gentes de muchas razas estaban pendientes de la doctrina de Cristo: negros y amarillos, cobrizos y mulatos, blancos de las más diversas tonalidades y tintes. En cada alma, esas palabras resonarían con eco distinto: el milagro de las lenguas se repetía, una vez más, en el hondón de los corazones.
Allí, el corazón universal del Fundador del Opus Dei sólo veía una raza: la raza de los hijos de Dios.


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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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