Para los más jóvenes
La ordenación de Josemaría

Y llegó el día tan esperado. El 28 de marzo en la Iglesia del Seminario de San Carlos recibió Josemaría, a los 23 años, la ordenación sacerdotal.
En el primer banco, vestidos todos muy elegantes, presenció la ceremonia su reducida familia: doña Dolores, Carmen y el pequeño Santiago, con sus seis años cumplidos.
No pudo evitar doña Dolores sentir la gran ausencia de don José en fecha tan señalada; juntos habían hecho planes para tal ocasión y cuatro meses antes se había marchado al Cielo. Con todo —fortalecida ya como estaba—no dejó que aquello ensombreciera la hermosa ceremonia. Y con toda verdad, supuso la presencia de su esposo en algún lugar junto al sagrario, acompañando a su hijo.
El Obispo dio inicio a la ceremonia. El Relojerico se encontraba expectante. Se acercaba la imposición de las manos y el Espíritu Santo estaba a punto de bajar para llenar a Josemaría y los demás que se ordenaban, de su fuerza, de su luz y de su amor. Y conferirles el gran poder de traer a Cristo al altar.
¡¡Cielos!!, se le escapó al Relojerico al ver la inmensa gloria y majestad divina posándose sobre las manos del recién ordenado. Ahora era sacerdote de Jesucristo y, con el tiempo, todos comenzarían a llamarlo Padre.
Su primera Misa
Dos días más tarde, celebró Josemaría su primera misa en la capilla de la Basílica del Pilar. Con cariño y profundo respeto ofreció aquella misa por el alma de don José.
Asistieron muy pocas personas, por lo que el Relojerico no se quedó corto: en el Cielo tenía preparado todo un enorme cortejo de ángeles que estuvieron presentes acompañando a Josemaría y adorando a Jesús en la Eucaristía. Su fe era tan grande, tan viva, que sus manos temblaron al tomar la Sagrada Hostia.
Ah, Señor, ¡que jamás me acostumbre a ser sacerdote!
Tres meses antes, al ser ordenado diácono, había impartido la sagrada comunión a su madre; quería Josemaría, en aquella oportunidad, que doña Dolores fuera la primera persona en recibir de sus manos la Sagrada Comunión.
Pero, en el último momento, una mujer se le adelantó y no tuvo más remedio que comenzar por ella. Josemaría miró a su madre... Aquella pequeña ilusión se la pedía también Jesús. Con alegría, ofreció ese sacrificio al Señor. Uno más de ese inmenso montón que reunía a diario por su intención: ver aquello que Dios le pedía.
Ahora el Relojerico ya sabía lo que era aquello y lo animaba a perseverar con más insistencia si aún cabía, pues tres años más tarde, en 1928, Dios le daría a conocer su voluntad.
Descargar "Sacerdote de Jesucristo" en formato pdf.
Del libro: "Vida y venturas de un borrico de noria... y su Relojerico". Ed. Palabra.
Texto e ilustraciones: Paulina Mönckeberg, 2004.
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