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Cuando la Cruz no es costosa

Mons. Javier Echevarría

Etiquetas: Amor de Dios, Contrición, Cosas pequeñas, Cruz, Mortificación, penitencia
Mons. Javier Echevarría, obispo prelado del Opus Dei, relata en Memoria del Beato Josemaría, cómo vivía el fundador del Opus Dei el espíritu de mortificación.

El Fundador del Opus Dei alude, en Camino, 856, a la paradoja de que quien sigue el "Caminito de infancia", para hacerse niño, necesita robustecer y virilizar su voluntad. Por esto, me ha parecido oportuno abordar ahora la práctica de la mortificación y la penitencia, el amor a la Cruz, el espíritu de contrición. San Josemaría observaba en su vida lo que siempre enseñó: "Cuando se ama de verdad, no hay sacrificio costoso; el amor todo lo espera y todo lo entrega. La Pasión de Cristo sólo se explica en el amor".

La oración de los sentidos
Mons. Escrivá de Balaguer practicaba la mortificación y las penitencias corporales, porque las consideraba como un medio indispensable para la vida de unión con Dios y para la eficacia del apostolado. Hablaba con mucha frecuencia de la oración de los sentidos, concretada en el sacrificio corporal e interior y en el espíritu de reparación, que lleva al alma a negarse por amor.

Movido por amor
Muchas veces nos habló del sufrimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Nos hacía notar que había llegado a esa entrega para borrar todas las deficiencias humanas, movido por un amor lleno de felicidad y de libertad: oblatus est quia ipse voluit! ["¡se entregó porque quiso!: Isaías 53,7"] El 1 de septiembre de 1971, exteriorizaba esa íntima persuasión: “estoy convencido de que es necesario crucificar la memoria, el entendimiento y la voluntad: ¡hay un clavo para cada potencia!”

Quiso que el oratorio donde solía celebrar la Misa, en Roma, se adornase con cardos y rosas. Desde muy joven, repetía el lema per aspera ad astra, que, incluso, utilizó como motivo ornamental. En una oportunidad, al mostrar ese oratorio, comentó: “per aspera ad astra. Para mí estas palabras han sido siempre un despertador: ¡para llegar al Cielo, hay que sufrir, hay que anonadarse, hay que prescindir del propio yo, dejándonos enteramente a disposición de la Voluntad de la Trinidad Beatísima!”

Como el latir del corazón
Aceptaba gustosamente la mortificación activa y pasiva: deseaba que el Señor fuese dueño de su vida en todo momento, cuando experimentaba los gozos del trabajo, y cuando tropezaba con el dolor. Pienso que resumen bien esta actitud las siguientes palabras de 1963: "Hay que morir poco a poco, por la continua mortificación en mil detalles; y no es para asustarse, porque ha de llegar a ser una cosa tan natural como el latir del corazón. Yo no noto ahora el latir del corazón, pero se mueve, late. ¡Y ay del día en que se pare! Os digo a vosotros lo mismo: en vuestra vida espiritual, la vida del corazón, que es ese latir, ese esfuerzo, es mortificarse en cada instante, y estar en una conversación amorosa con el Señor, acudiendo a la intercesión de María, de José, de los Ángeles Custodios."

Es obvio que ese latir continuo supone esfuerzo personal: no es algo natural, automático. Al contrario, suele exigir un plan de mortificaciones, grandes y pequeñas.

En más de una ocasión, nos preguntaba con sencillez: "¿Cuántas docenas de mortificaciones acostumbradas tienes?" Cuando le conocí, enfermo de diabetes, observé que realizaba muchos sacrificios encaminados a llevar, con garbo y elegancia, las duras secuelas de esa dolencia.

Se mortificaba principalmente en el cumplimiento del plan de vida; prescindía de sus gustos personales; se atenía estrictamente al horario de la casa, sin concederse dispensas ni excusas, ni siquiera con motivos de enfermedad.

Evitaba, con naturalidad, las posturas cómodas del cuerpo durante el trabajo y durante la convivencia ordinaria: no apoyaba la espalda en las butacas ni en las sillas; o no cruzaba las piernas cuando estaba sentado. Durante años, al final de su vida, utilizó un sillón alto que no le permitía reposar los pies en el suelo.

En las cosas pequeñas
En 1954 describía así este esfuerzo constante en las cosas diarias, para ofrecérselas al Señor: "no puedo empeñarme en cazar aquí leones; porque, en primer lugar, no los encuentro, y, en segundo término, si no estoy en guardia, vigilante, cortando todo lo que no me une a Dios, no seré capaz de ver nada de lo que me pide. En cambio, buscando esa finura de amor, de delicadeza en las cosas pequeñas, nuestra vida diaria, de la mañana a la noche, es un servicio, una continua penitencia para dar gloria a Dios. Y ese trabajar en lo poco, in pauca fidelis!, nos sirve, además, de humillación, porque llegamos a la noche con el convencimiento de que no valemos nada. En el examen, yo tengo que decir muchas veces: Josemaría no está contento de Josemaría; porque hay muchas cosas que podía haber hecho y no las he querido hacer. Si no nos ejercitamos en las cosas pequeñas, nos creeríamos soberbiamente vencedores; ya que, con una falsa experiencia, pensaríamos que en lo grande seríamos fieles y, sin embargo, está la realidad cotidiana de que en lo pequeño tantas veces no somos generosos".

El ejemplo de Jesucristo
Un capítulo clásico de la ascética cristiana versa sobre la mortificación en las comidas. Evoca el ejemplo de Jesucristo, que ayunó en el desierto (Mateo 4,2), pasó hambre en el camino (Mateo 21,18) y sintió los ardores de la sed (Juan 4,7).

No probaba alimento alguno fuera de las horas de las comidas. Los almuerzos duraban pocos minutos cuando no tenía visitas. A temporadas tampoco tomaba sal, y no ponía azúcar en el café con leche, ni después de la curación de la diabetes. Ha habido épocas —siempre con permiso de su director espiritual— en las que seguía dos o tres días de ayuno riguroso, con sólo un poco de agua y un trozo de pan.

No dejaba nada en el plato, estuviese soso o salado, pasado o poco hecho. Procuraba servirse más de lo que le apetecía menos, y menos de lo que le apetecía más. Se tomaba los alimentos cuando —sin culpa de nadie— estaban estropeados; y si pensaba que podían perjudicar a la salud, se abstenía, pero sin pedir otra cosa.

En muchas comidas teníamos que instarle a que bebiera agua, porque tomaba muy poca durante el día. Esta mortificación venía de antiguo, pues a veces se fijaba como meta no probar más que la de las abluciones de la Misa.

Respecto a las bebidas, la mayor parte de su vida ni siquiera llegaba a beber un vaso de vino, en el almuerzo. Con el correr del tiempo, por su insuficiencia renal, el médico le prescribió agua mineral de Fiuggi, muy corriente en Italia. En los tres o cuatro últimos años de su vida, también por indicación médica, se cambió por agua de Evian, de composición salina diferente, porque los análisis indicaban que perdía muchísimo potasio. Le suponía una mortificación tomar fuera de las comidas la cantidad —un litro— que señalaron los médicos, pero además tendía a reducirla en las comidas, y teníamos que insistirle, especialmente en las épocas en que aprieta el calor en Roma.

Cuando recibía visitas, por su hospitalidad, procuraba que se preparasen menús bien presentados. Pero se las arreglaba para pasar con lo imprescindible sin concederse ninguna compensación, buscando lo menos apetitoso y más vulgar. Muchos de los invitados han comentado posteriormente que les edificaba su señorío, pues nunca se sentían coaccionados para dejar de servirse normalmente.

Fiel cumplimiento del deber
Aunque entendía que la mortificación más agradable al Señor es el fiel cumplimiento del deber, perfectamente acabado, practicó además, duras penitencias corporales. Junto a razones teológicas profundas, se descubre también ahí el “espíritu deportivo” con que afrontaba la lucha ascética.

Usó siempre las disciplinas y el cilicio, de acuerdo con el director espiritual. Durante una temporada —en los años más duros de la diabetes, en Roma—, hubo de dejarlo por prohibición médica: cualquier herida, por pequeña que fuese, le producía llagas purulentas que agravaban su estado de salud.

Cuando se ama de verdad
Observaba en su vida lo que siempre enseñó: "Cuando se ama de verdad, no hay sacrificio costoso; el amor todo lo espera y todo lo entrega. La Pasión de Cristo sólo tiene una explicación en el amor. Mortificación: oración del cuerpo y del alma. Pon amor y te parecerá poco todo lo que haces.


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Javier Echevarría, y Salvador Bernal , Memoria del Beato Josemaría Escrivá, Madrid 2000, pp. 209-214