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La iniciación cristiana de Josemaría Escrivá: bautismo, confirmación y primera comunión
Constantino Ánchel

Pila de bautismo de la catedral de Barbastro
Por eso, un estudio sobre su iniciación cristiana ha de considerar la recepción en sí de los sacramentos y todo el proceso de formación en la fe, necesario para recibir a Jesús Sacramentado con las disposiciones requeridas. Ahora bien, en las familias de fe acendrada ocurre que ésta tiende a informar todos los actos de la existencia: la fe se hace cultura, vida, orienta la conducta y establece los criterios básicos de la educación de las personas. De ahí que, en cierto sentido, el proceso de formación de un niño se integra con el itinerario de su iniciación cristiana. Por estas razones, al estudiar la vida de Josemaría Escrivá, podemos afirmar que la narración de su infancia, recogida en las biografías publicadas sobre su vida, puede considerarse también como la historia de los primeros pasos de su vida cristiana (2).
El hecho de contar con varios relatos biográficos sobre la infancia de san Josemaría nos dispensa de entrar, en este trabajo, en una relación detallada y exhaustiva de sus primeros años de vida, pues lo contenido en dichas biografías sirve de marco y referencia. Además, permite centrarse en detalles más específicos de su iniciación cristiana, detenerse en aspectos tratados más de pasada en las biografías generales y exponer los frutos de investigaciones más recientes.
Las fuentes documentales de este trabajo —además de las bibliográficas— proceden fundamentalmente de los fondos de los archivos eclesiásticos y civiles de Barbastro, y de la documentación conservada en el Archivo General de la Prelatura (AGP) y en el Registro Histórico del Fundador (RHF). Desempeñan un papel destacado, previo contraste con otras fuentes, las relaciones de recuerdos personales. Estos relatos describen el Barbastro de la época y hablan de Josemaría Escrivá y de su familia, y han sido escritos por amigos, compañeros de estudios, parientes. Otros relatos son de personas que conocieron y trataron a la madre y a la hermana de san Josemaría, y, más tarde, consignaron las anécdotas y recuerdos que ellas contaron. A todo lo anterior hay que añadir, por último, los recuerdos autobiográficos escritos o narrados por el mismo Fundador del Opus Dei, utilizados en su predicación, como un modo de acercar el mensaje a la vida. Junto a ejemplos, imágenes e historias (los pastores del Pirineo, la masa en la artesa, las brevas de la ribera del Vero pinchadas con agujas para hacerlas entrar en sazón, los palos pintados de rojo, etc.), hay evocaciones de sus vivencias personales, narradas a la luz de la experiencia posterior (3). Para algunos momentos de su vida, estos recuerdos, completados con los que contaron su madre y su hermana Carmen, son la fuente principal. Algunos de estas evocaciones irán apareciendo a lo largo del presente trabajo, pues darán una perspectiva nueva del impacto que un determinado hecho o acontecimiento tuvo en su vida.
I. Bautismo y Confirmación
El Bautismo
Por lo que respecta al bautismo, evidentemente san Josemaría sólo conservaba en su memoria lo que sus padres contaron en las conversaciones familiares. No hay testimonio fotográfico del acto; no era habitual entonces. Sin embargo, sí conoció su «traje de cristianar» (4): había sido el de su madre, y con él recibieron las aguas del bautismo su hermana mayor y el resto de sus hermanos. También, más adelante, tuvo en sus manos la partida de su bautismo, pues era preciso incorporarla a los expedientes de órdenes previos al presbiterado (5). Al repasar el documento, desfilaron los personajes presentes en aquel acto, el día 13 de enero de 1902, junto a la pila bautismal de la parroquia de La Asunción, de la Catedral de Barbastro: allí estaba don Ángel Malo, que le bautizó, y su tío Mariano Albás, el padrino, y su abuela Florencia Blanc Barón, en representación de la madrina, su tía Florencia, ausente en Huesca.
De su bautismo, tuvo un recuerdo material permanente en su residencia de Roma: en 1957, el Cabildo de la Catedral y el Obispo de Barbastro, le regalaron las piedras de la pila bautismal (6); antigua era su historia y en ella se hicieron cristianas generaciones y generaciones de barbastrenses (7). Convenientemente restaurada, se colocó en el acceso de la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, en Roma, como pila de agua bendita (8). Con frecuencia, al pasar junto a ella, repetía: «aquí me hicieron cristiano». Le gustaba recordar su bautismo y meditar sobre la recepción del don de la fe y el inicio de la presencia del Espíritu Santo en el alma, que comenzaba a realizar de un modo misterioso, pero eficaz, su labor de santificación.
En los últimos años llegaron a sus manos las partidas de bautismo de sus padres y abuelos (9). Allí comprobó que fueron bautizados muy pronto, algunos incluso en el día, aun habiendo nacido sanos. En alguna ocasión se sirvió de este hecho para encarecer el pronto bautismo de los niños, sin retrasos innecesarios, para no privar a esas criaturas de la acción del Espíritu Santo en sus almas.
De hecho, san Josemaría recibió las aguas bautismales a los cuatro días de nacer, el 13 de enero, fiesta del Bautismo del Señor. En ese día le impusieron los nombres de José, María, Julián y Mariano. José, por su padre, su abuelo y su bisabuelo, y en honor del Santo Patriarca; María, para que estuviera bajo la protección de la Madre de Dios; Julián, por ser el santo del día; y Mariano, como deferencia hacia su padrino.
En los años sucesivos tuvo oportunidad de presenciar los bautizos de otros hermanos y primos. En el bautismo de Chon (10) era todavía pequeño: aún no había cumplido los tres años y poco o nada recordaría. Sin embargo sí tendría los ojos bien abiertos en el de su hermana Lolita (11), pues fue en 1907, en febrero. Y más consciente de la importancia del acto estaría cuando cristianaron a su hermana Rosario (12): contaba ya con siete años largos.
La Confirmación
Desde siglos atrás era costumbre en España e Iberoamérica conferir el sacramento de la confirmación a los bautizados sin necesidad de esperar a que alcanzasen el uso de razón (13). En muchas regiones de España esta praxis casi se convirtió en necesidad durante el siglo XIX: las sucesivas revoluciones liberales desmantelaron en buena parte las estructuras eclesiásticas, a lo largo de la centuria. Una de las consecuencias más visibles fue la dificultad que tuvo la Sede Apostólica en la provisión de las diócesis: el número y la duración de las sedes vacantes fue considerable. Por eso, cuando, por fin, un obispo tomaba posesión de su cargo y visitaba los lugares de su jurisdicción, aprovechaba la ocasión para confirmar a todos los bautizados. Un ejemplo de la familia puede ilustrar el caso: el 24 de junio de 1843 fue confirmado en Fonz José Escrivá Zaydín, junto con sus hermanos Joaquín y Victoriana (14). Se confirmaron 307 varones y 258 mujeres, la mayoría niños, aunque había alguna persona de más edad. El Obispo confirmante fue Mons. Lorenzo Ramo, escolapio, obispo de Huesca, aunque en esa época Fonz pertenecía a la diócesis de Lérida (15).
Treinta años después, la situación presentaba rasgos semejantes. Así, el 6 de noviembre de 1877, el obispo de Lérida, Mons. Tomás Costa y Fornaguera, está de visita pastoral en Fonz. Posiblemente es la primera visita que hace desde el comienzo del Sexenio revolucionario. En este día confirmó alrededor de 350 niños y niñas. Entre éstos se encuentran los tres hijos varones del matrimonio Escrivá- Corzán, Teodoro, Jorge y José (16).
En 1902, las relaciones Iglesia-Estado habían superado las turbulencias anteriores y se vive una situación de normalidad. Sin embargo, la costumbre de confirmar infantes perduraba. Por eso, cuando se hizo público que el Obispo de Barbastro celebraría confirmaciones en la parroquia de La Asunción, don José Escrivá inscribió a sus dos hijos, Carmen y Josemaría, para que recibieran este sacramento. La ceremonia se celebró el día de San Jorge, 23 de abril, fiesta en Aragón, y fue conferida por el Obispo Administrador Apostólico de Barbastro, Mons. Juan Antonio Ruano. Fueron padrinos Ignacio Camps Valdovinos, el médico que había asistido a su nacimiento, y Juliana Erruz Otto. Lo ordinario era que el varón apadrinara a los niños, y la mujer a las niñas (17).
Una observación acerca de los padrinos: era costumbre que apadrinaran a los confirmandos el Alcalde y su esposa, o alguna autoridad municipal de relieve. Sin embargo, en esta ocasión, no fue así y fueron elegidas a este fin dos personas de prestigio social en la ciudad, pero no implicadas en las luchas políticas. No se puede asegurar a ciencia cierta la razón de este cambio en el modo de proceder. Sin embargo, quizá el Obispo no contara con el Alcalde, debido a los acontecimientos recientes de la vida municipal. Desempeñaba el cargo, en 1902, el liberal Manuel Lolumo. En esos días se hicieron insistentes los rumores que le acusaban de corrupción, aunque no consta que tuvieran fundamento; el hecho es que cesó en el puesto pocos meses después (18).
Enfermedad, curación y peregrinación a Torreciudad
Los primeros meses de san Josemaría transcurrieron en la normalidad. Apenas hay fuentes relevantes que documenten sus primeros pasos. De ahí que para relatar a grandes rasgos ese período de su vida casi nos basta con imaginar lo que sucedía en cualquier familia cristiana del Alto Aragón de comienzos de siglo. Desde el punto de vista de su iniciación cristiana se puede afirmar que, además de los desvelos y oraciones de sus padres por el retoño, aprendió a decir con las primeras palabras, alguna sencilla oración.
En el tranquilo discurrir de su existencia se produjo un sobresalto cuando el niño contaba dos años: una grave dolencia, posiblemente de origen infeccioso, le puso al borde de la muerte (19). Sobre la naturaleza de la enfermedad, san Josemaría recordaba, en 1962, los relatos oídos a su madre en numerosas ocasiones: tenía meningitis y, al agravarse el proceso, el médico de cabecera, el Dr. Camps (20), aseguró a sus padres que la criatura moriría aquella noche (21).
No es fácil precisar la fecha de este suceso, pues es sabido que en los primeros decenios de la centuria pasada, la mortalidad infantil era aún muy elevada y un niño podía contraer en cualquier momento una dolencia que acabara rápidamente con su vida. Ningún testigo ni documento concreta la fecha de la enfermedad y curación. Sólo se indica la edad del niño: unos dos años; esto es, a lo largo de 1904. Ahora bien, en el supuesto de que la enfermedad infecciosa —meningitis— que padeció san Josemaría estuviera en el marco de un brote epidémico local, los datos de Archivo (22) nos dicen lo siguiente:
—La mortalidad registrada en los tres primeros meses de 1904 es semejante a la de años anteriores.
—En el mes de abril son trece las defunciones, pero sólo cuatro son niños, dos de ellos neonatos. En mayo y junio las cifras se mantienen en parámetros de normalidad.
—En agosto aumenta la mortandad. Hay catorce defunciones, de las cuales nueve son de niños menores de dos años.
—En septiembre los diez difuntos son niños, nueve de ellos menores de dos años.
— En octubre, de los diez fallecidos, seis tienen menos de dos años.
—En noviembre se producen treinta y seis fallecimientos, de los que treinta son niños menores de cinco años; de éstos, ocho aún no han cumplido los dos años, siete ya los cumplieron, y seis tenían tres años.
—En diciembre comienza a remitir la epidemia: mueren veintisiete personas, de las que veinte son niños, dieciséis de éstos menores de dos años.
—En enero de 1905 sólo se consignan tres fallecimientos, que fueron niños de dos, tres y cuatro años.
En los asientos de las actas de defunción de cada niño se indica la fecha del óbito, nombre de los padres y la edad (días, meses, años), pero no se menciona el motivo de la muerte. Sólo con esta información no es posible especificar la causa del aumento de la mortandad, que tiene rasgos de epidemia (23).
Sea cual fuere el momento en que contrajo la enfermedad, la respuesta de su madre fue acudir a la intercesión de la Virgen. Doña Dolores, conocido el pronóstico del médico, comenzó una novena a la Virgen del Sagrado Corazón, una imagen que estaba siempre a la cabecera de su cama. De esa oración surgió la promesa de acudir en peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad (24). A la mañana siguiente, el pequeño estaba curado de su mal. En el tiempo oportuno, quizás en primavera de 1905, sus padres cumplieron lo prometido y, por caminos de herradura, llevaron al niño ante la Virgen. A sus pies agradecieron el favor recibido y le ofrecieron su hijo. Doña Dolores siempre atribuyó la curación a la intercesión de María Santísima y san Josemaría fue consciente del hecho desde sus primeros momentos del uso de razón. Su madre le recordaba con frecuencia: «Cuando Dios te ha conservado en la tierra, será para algo grande...», u otras expresiones análogas (25).
Más adelante, tras el fallecimiento de su hermana Chon, el tercero ocurrido en pocos años, «la imaginación infantil hacía presagiar —cuenta Adriana Corrales— que en aquella casa se había establecido una serie fatal, por lo que el siguiente debería ser Josemaría. Él mismo diría alguna vez a su madre que ahora le tocaba a él. Doña Lola debió preocuparse de aquel sombrío pensamiento porque alguna vez le oímos decir: No te preocupes, a ti no te puede pasar nada, porque estás pasado por la Virgen de Torreciudad» (26). El agradecimiento de san Josemaría a la Madre de Dios por la protección dispensada desde niño fue in crescendo con los años y una de sus manifestaciones fue promover la construcción del Santuario de Torreciudad en honor a la Reina de los Ángeles.
II. La primera formación cristiana
En mayo de 1970, durante la novena a la Virgen de Guadalupe, en su santuario de México, hizo esta consideración: «Yo os aconsejo, en estos momentos especialmente, que volváis a vuestra edad infantil, recordando, con esfuerzo si es preciso —yo lo recuerdo claramente—, el primer acto vuestro en el que os dirigisteis a la Virgen, con conciencia y voluntad de hacerlo» (27). Lo recordaba, pero allí no detalló más (28). En verdad no sabemos ni cuándo, ni cómo ni el porqué de ese «primer acto», pero para nuestro propósito tiene menor importancia. Sí interesa más destacar la nueva etapa que comienza a partir de ese momento. Hasta entonces, injertado ya en Cristo por el bautismo y la confirmación, toda su vida cristiana era acción de Dios en su alma, y acción, oración y desvelos de sus padres hacia su hijo. Lógicamente su comportamiento no podría ser más que, por así decirlo, pasivo. Desde este primer acto consciente y voluntario se inicia una nueva fase, pues la persona ya puede colaborar con la gracia, o resistirse. Su entendimiento se va haciendo capaz de comprender algunos de los contenidos que le llegan y percibe el significado de las oraciones, aunque algunas palabras se le resistan (29); juzga, todavía con criterios rudimentarios y elementales, los comportamientos de los mayores, y con ellos se forja pautas de futuros comportamientos y, sobre todo, surgen las primeras manifestaciones de la conciencia moral, al captarse paulatinamente libre y dueño de sus actos, pero no dueño para determinar la bondad o maldad de sus acciones.
En este proceso de maduración, los elementos centrales son la acción de la gracia y la respuesta de la persona, pero también juega un papel relevante, en las primeras etapas de la vida, la intervención de los educadores y formadores. En 1964 evocaba y sintetizaba así estos primeros momentos: «Me hizo nacer [Dios] en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome en libertad muy grande desde chico, vigilándome al mismo tiempo con atención. Trataban de darme una formación cristiana, y allí la adquirí más que en el colegio, aunque desde los tres años me llevaron a un colegio de religiosas, y desde los siete a uno de religiosos» (30). En estas palabras transcritas se indican explícitamente dos elementos fundamentales en la educación de san Josemaría: la familia y la escuela. Y de modo implícito también se menciona el ambiente cristiano de su tierra. Empezaremos por este último, que es también el contexto de la vida familiar, de la que hablaremos a continuación.
El contexto social
La referencia al contexto social queda apenas aludida en las palabras arriba mencionadas, porque para las gentes de su tierra y generación el sentido cristiano de la sociedad era algo evidente que, de tan obvio, se daba por supuesto. Sin embargo, la distancia en el tiempo y el cambio de las circunstancias, reclaman ya un estudio más detenido de la realidad social en la que creció san Josemaría, para conocer mejor el humus, el substrato incluso telúrico que subyace en las actitudes más profundas de una persona en relación con el mundo y la vida. Ciertamente un estudio de estas características va más allá de los límites de este trabajo, pero pienso que se pueden aportar algunos elementos que posteriores investigaciones se encargarán de ampliar, profundizar o revisar.
Que la sociedad Barbastrense era una sociedad hondamente marcada por la fe cristiana en los finales del siglo XIX y comienzos del XX es un hecho aceptado. Todos los habitantes de la ciudad estaban bautizados y todos procuraban que los momentos centrales e importantes de su existencia se regularan por la praxis habitual católica. Incluso la práctica cristiana corriente —la asistencia a la Misa los domingos y días de precepto, el cumplimiento pascual (31) y la celebración de las grandes fiestas cristianas— era general en toda la población, aunque después de los procesos revolucionarios del XIX, comenzaron a aparecer algunos casos singulares que, con todo, eran la excepción.
Las manifestaciones públicas de la fe también se vivían con normalidad. En las grandes fiestas del Señor y de la Virgen, y también en las de los santos de especial devoción en la ciudad, solía haber cultos más solemnes (32), actos de devoción específicos (33) y procesiones en las que participaba numeroso público (34). Esa fe se manifestaba también en las circunstancias ordinarias, llegando a informar incluso modos de decir y refranes que evidenciaban un arraigado sentido cristiano (35).
Las cuestiones planteadas por la modernidad estaban presentes en Barbastro y, en líneas generales, se puede afirmar que las respuestas a los interrogantes y problemas se enmarcaban, desde el punto de vista político, en el pensamiento liberal. Ésa era la opción política dominante en la vida municipal y en las elecciones a Cortes (36). Por supuesto, en el entorno familiar de san Josemaría y entre las amistades de sus padres hay personas más comprometidas con esta línea política (37). Sin embargo, los graves problemas que algunos principios ideológicos del liberalismo más doctrinal plantearon a las conciencias de muchos católicos implicados con la acción política, tuvieron poca incidencia en el mundo local de Barbastro; al menos no he encontrado testimonios. Quizá porque algunas de las cuestiones, como las relativas a la libertad de culto o de conciencia, estaban alejadas de la realidad social del Barbastro de entonces; y quizá también porque otros asuntos, como los referentes al debate sobre la separación Iglesia-Estado, se ventilaban en el campo de la gran política y afectaban, por tanto, muy poco a la política local. No obstante, cuando algunas derivaciones de estas controversias se trasladaron a la sociedad y chocaron con el sentir cristiano, la respuesta de la ciudadanía de Barbastro se alineó mayoritariamente con dicho sentir (38).
Un elemento que aparece en muchos lugares de España, como derivación de posturas radicales liberales, es el anticlericalismo39. Pues bien, en Barbastro apenas hay rastro de talantes o conductas anticlericales (40), sin que tampoco abunden los rasgos de clericalismo ni de religiosidad puritana (41). Quizá la ausencia de actitudes anticlericales se explique por ser muchas las familias que contaban con uno o varios miembros clérigos o religiosos (42). Además, no puede hablarse allí de un clero bajo y otro alto, ya que en la diócesis de Barbastro, quizá por el prestigio del Colegio de los Escolapios, de donde proceden muchos de los alumnos del Seminario, había una alta proporción de sacerdotes cuyas familias pertenecían a las clases medias y los sacerdotes se distribuían, sin discriminación alguna, por un mismo medio rural y urbano, con plena dedicación pastoral. El clero de Barbastro, sin ser muy abundante, era suficiente para atender con desahogo la pequeña diócesis. Era muy estimado por los fieles por su intenso trabajo pastoral y su sobriedad. Puede afirmarse también que, por su procedencia mayoritaria de las clases medias, en general era de talante liberal y abierto (43).
También la peculiar situación de la diócesis de Barbastro durante el siglo XIX ayudó a evitar tensiones anticlericales. En el Concordato de 1851 se acordó que las circunscripciones eclesiásticas coincidieran con las civiles. Esto llevaba a la creación de nuevas diócesis, a la supresión, en mayor número, de otras y al ajuste del territorio en bastantes. Este desideratum tenía ante sí un largo camino que recorrer y de hecho, no llegó a realizarse según la pretensión inicial. Sin embargo, sobre algunas sedes pesó la amenaza de supresión. Una de ellas era Barbastro que, durante más de medio siglo, no tuvo obispo residencial. Al frente, de la diócesis estuvo, desde 1855 hasta 1896, un Gobernador Eclesiástico, que era el Vicario Capitular. Durante ese largo periodo, todos los barbastrenses, cualquiera que fuera su ideología social o política, lucharon unidos para que la ciudad no perdiera la Sede episcopal y se nombraran obispos para regir la diócesis (44). Todos consideraban que la diócesis era una parte del bien común de su tierra, que además reforzaba la singularidad de estas comarcas en el conjunto de Aragón (45).
La sociedad altoaragonesa, especialmente la de Barbastro era bastante interclasista y en líneas generales estaba bien cohesionada. La diferencia entre ricos y pobres se mantenía en unos parámetros no excesivamente marcados. Ahora bien, por las características de la economía de la zona, muy sujeta a los vaivenes del clima, y con el medio rural padeciendo las consecuencias de una liberalización que no tuvo en cuenta las peculiaridades del campo aragonés, hubo momentos en que la pobreza se hizo más dura en algunos sectores de la sociedad (46). Además, las nuevas corrientes de pensamiento social, incluso de tipo revolucionario, estuvieron presentes en el Alto Aragón. Sólo a modo de ejemplo, señalar que Paul Lafargue, el yerno de Marx, llegó a Huesca, huido de Francia, a finales de 1871, y creó los primeros núcleos internacionalistas de España (47). La llamada cuestión social no era un tema ajeno para los barbastrenses. Así lo recordaba san Josemaría: «Desde mi infancia —como se expresa la Escritura: en cuanto tuve oídos para oír—, ya empecé a escuchar el clamoreo de la cuestión social. No supone nada de particular, porque es un tema antiguo, de siempre» (48).
Uno de los problemas sociales más graves que hubo de afrontar la ciudad de Barbastro desde mediados del siglo XIX fue el de la emigración de los medios rurales (49).
Para las gentes del Sobrarbe, la primera escala en su marcha del campo era la capital del Somontano: el emigrante de la comarca se acoge a Barbastro antes de abandonar la región, atraído por el prestigio de su capital; pero al no hallar allí la solución económica buscada, reemprende su marcha camino de Barcelona, Zaragoza, Madrid, o incluso Francia. Este trasiego de gentes tiene un reflejo en la evolución de la población de la ciudad (50).
En los primeros años del siglo XX se detecta claramente un núcleo de población flotante, cuyas necesidades interpela a la conciencia de los barbastrenses. La prensa de la época se hace eco de la preocupación por los necesitados (51), y la Iglesia local llevó a cabo una labor de catequesis muy amplia y tesonera (52). Posiblemente esta intensa labor de formación de las conciencias explique que no se aprecien en Barbastro —al menos hasta 1917— signos de la profunda crisis religiosa que en aquellos años atravesaba el resto del país. Ciertamente ayudaba a relajar las posibles tensiones el talante abierto y aperturista de las clases medias de Barbastro hacia las clases trabajadoras. Debió contribuir a ello la amistad surgida espontáneamente durante la infancia en las aulas del Colegio de los Escolapios (53) y, probablemente también, la ausencia de enfrentamientos de clase —y por ello de resentimiento— en el mundo del trabajo (54).
Barbastro era un pequeño microcosmos donde se reflejaban las ideas, las tendencias y las tensiones del momento y, desde su posición y apoyada en su fe y en su rica historia, sus habitantes dieron respuestas a las cuestiones e interrogantes que el mundo moderno planteaba. En ese contexto vivió el pequeño Josemaría, respirando un ambiente que educaba y conformaba un modo de ver la vida y de responder ante los nuevos retos, y que tenía como uno de los elementos fundamentales el sentido cristiano de la vida.
La familia
El ámbito familiar es, habitualmente, una concreción del entorno social general, a la que se añaden las peculiaridades propias, que distinguen unos hogares de otros. En el caso de la familia de Josemaría Escrivá, se percibe una sintonía general con el sentir cristiano general de la sociedad barbastrense. Lo peculiar viene marcado sobre todo por la intensidad y seriedad con que sus padres se tomaron la fe y por el empeño eficaz en transmitirla a sus hijos. De todo el conjunto de la actividad educativa de una familia, nos interesa centrarnos en los aspectos más específicos de la formación cristiana, que se pueden resumir en tres: los sacramentos, la iniciación en la vida de piedad y de oración, y el aprendizaje y adquisición de las virtudes cristianas.
a) La vida sacramental
Don José Escrivá y doña Dolores Albás tuvieron un interés especial y eficaz en que sus hijos recibieran los sacramentos lo más pronto posible, de acuerdo con las normas eclesiásticas y las costumbres del lugar. Este empeño tiene su confirmación documental en los libros de Sacramentos de la parroquia de La Asunción, de la Catedral de Barbastro, donde aparecen sucesivamente registrados los bautizos y confirmación de los hijos de la familia Escrivá-Albás. No aparecen registrados en esos libros, como es evidente, la recepción de otros sacramentos, como la Penitencia y Eucaristía, pero sí sabemos, por otras fuentes, de la solicitud de don José y doña Dolores porque sus hijos se acercaran a estos dos sacramentos. Sin embargo, y por la importancia que tienen, se tratarán aparte.
b) La iniciación en la vida de piedad y de oración
En una homilía de 1967, donde hablaba del itinerario de la vida espiritual, decía: «empezamos con oraciones vocales, que muchos hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y a su Madre, que es Madre nuestra. Todavía, por las mañanas y por las tardes, no un día, habitualmente, renuevo aquel ofrecimiento que me enseñaron mis padres: ¡oh Señora mía, oh Madre mía!, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y, en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón...» (55). Son recuerdos de infancia, de sus primeras oraciones, y es interesante notar dos cosas en esta evocación: la mención a sus padres, a los dos, dando a entender que los dos se empeñaron en la tarea de enseñarle las primeras oraciones; y la presencia de la Virgen en el comienzo de su vida de piedad, de su itinerario hacia Dios (56).
Como buenos aragoneses, la veneración a la Virgen en su advocación de El Pilar ocupaba un lugar preferente en la familia Escrivá. Así lo recordaba san Josemaría en sus últimos años: «La devoción a la Virgen del Pilar comienza en mi vida, desde que con su piedad de aragoneses la infundieron mis padres en el alma de cada uno de sus hijos»(57). Pero también veneraban a Santa María bajo otros títulos y advocaciones, como la de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad, según se ha visto arriba. Doña Dolores, por su parte, como ya dijimos, tenía especial devoción a la imagen de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, que presidía su dormitorio y a la que acudió cuando la enfermedad de su hijo; y don José tenía particular afecto a la Virgen de la Medalla Milagrosa: a su imagen dirigió la última mirada aquí en la tierra, precisamente en el día de su fiesta, el 27 de noviembre (58). La contemplación del misterio de la Asunción de la Virgen entró pronto en el mundo espiritual de san Josemaría. En la Catedral de Barbastro hay una capilla, muy frecuentada, dedicada a la Asunción de la Virgen, conocida popularmente como «La Virgen de la cama». En sus visitas a la catedral era costumbre ir a «adorar» a la Virgen, en esta capilla (59).
En su casa se rezaba el Rosario en familia (60), costumbre también vivida en la casa de los Albás, donde vivía su abuela materna, Florencia. La casa de los Albás era lugar de reunión de toda la familia en Barbastro; allí, en el piso principal, había, al final de un amplio pasillo, una capilla dedicada a la Virgen de los Dolores; durante el día las puertas estaban cerradas, y se abrían por las tardes para rezar en familia el Rosario. Con frecuencia —unas 15 ó 20 veces al año— se reunía toda la familia presente en Barbastro. Allí lo rezaría también el joven Josemaría (61). «Los sábados —recuerda un testigo— acudían las familias a la sabatina. Iban los matrimonios con los hijos mayores y se rezaba el Santo Rosario y la Salve en el Oratorio de San Bartolomé que estaba también —como la casa de los Escrivá— en la calle de Argensola» (62).
También en su hogar aprendió los villancicos navideños, cantados junto al Belén, instalado conjuntamente por padres e hijos (63). Así, la piedad a Jesús Niño, a la Virgen y a San José comenzaron, de manera natural desde su primera infancia.
c) El aprendizaje de las virtudes cristianas
Quienes trataron a Josemaría Escrivá en su infancia testimonian unánimemente que en él vieron reflejadas las virtudes cristianas que vivían sus padres. A modo de ejemplo, valga este testimonio: «No me cabe duda, como digo, que en aquel principio de siglo, mientras Josemaría iba creciendo, haciéndose hombre, aprendió a vivir unas virtudes que luego, con los años, con la gracia de Dios —y su abnegada correspondencia—, darían los frutos que ahora, cuando su vida ya es historia, podemos contemplar plenamente maduros. [...] Los Escrivá tenían un gran señorío, en el mejor sentido de la palabra. No eran nada afectados, antes al contrario, extraordinariamente sencillos y naturales en el trato: su casa estaba abierta siempre a todos. Eran cordiales, educados y muy sinceros con los que tenían la oportunidad de tratarles. Vivían la caridad con todos, y muy especialmente con los menesterosos» (64). No es objeto de este trabajo, describir detalladamente el conjunto de virtudes que pudo contemplar en el hogar de sus padres. Sí quiero detenerme en una de ellas: la generosidad con los necesitados. Un pariente cuenta: «La familia de Josemaría era ejemplar; muy cristiana, alegre, querida por todos y de gran generosidad. Su padre era muy limosnero; todos los sábados se formaba una gran cola de pobres que iban a buscar su limosna, para todos había siempre algo; se mostraban muy espléndidos» (65). Este espíritu limosnero tenía origen antiguo como testimonian las fuentes de la época (66). Con el paso de los años, san Josemaría daba más relevancia a la paciencia en la adversidad que contempló en sus padres, especialmente ante la pérdida, sucesiva y en poco tiempo, de tres de sus hijos y ante los reveses económicos. La ruina del negocio condujo a la familia Escrivá a una situación material de mayor estrechez y les forzó incluso a buscar una solución a sus dificultades en otra ciudad.
El parvulario de las Hijas de la Caridad
El Fundador del Opus Dei recordaba que sus padres, «desde los tres años me llevaron a un colegio de religiosas» (67). Se trata del Colegio que las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl dirigían en Barbastro. Allí había estudiado doña Dolores junto con sus hermanas y primas, y algunas de ellas decidieron seguir la vocación religiosa en este Instituto (68). A este Colegio confió la familia la educación de sus hijos. En la biografía de Vázquez de Prada se relata con detalle las incidencias y la vida de Josemaría durante su estancia en ese colegio, los progresos que hizo en ciencia y virtud, la historia de una acusación injusta y un premio que le concedieron con ocasión de la celebración de las bodas de oro sacerdotales del Santo Padre Pío X (69). En este libro se lee que fue una monja quien le enseñó a escribir y, en nota, se dice: «cuando años más tarde se enteró de que una de las monjas, amiga y compañera de doña Dolores, había sido asesinada durante la guerra civil española, se le vinieron irresistiblemente las lágrimas a los ojos» (70).
San Josemaría tuvo conocimiento de esta muerte cuando llegó a sus manos el libro de Antonio Montero, Historia de la persecución religiosa en España, editado en 1961. Lo hojeó y, al llegar a las páginas finales, donde viene la relación de los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas asesinados en la guerra civil, encontró a la Hija de la Caridad, que había sido maestra suya en el Parvulario, aunque no pronunció su nombre. La noticia de su asesinato le entristeció y le emocionó tanto que no quiso seguir la lectura del libro. Los que estaban con él no lograron enterarse del nombre de esta religiosa. Los recuerdos de una compañera de parvulario, junto con el cotejo de la relación de Hijas de la Caridad asesinadas durante la guerra con la de las religiosas que vivieron en Barbastro en los años primeros de siglo, permitieron dar con la identidad de esta religiosa (71): Se llamaba Rosario Ciércoles Gascón, había nacido en Zaragoza, hacia 1870 y fue fusilada el 19 de agosto de 1936 (72).
Ya con la seguridad de ser sor Rosario la religiosa que atendió en el Parvulario a Josemaría Escrivá, tuve ocasión de hablar con Dolores Lacau, la compañera de Parvulario, para que rememorara detalles de aquellos años y los pusiera por escrito. Éste es su testimonio: «Conservo en mi memoria algunos recuerdos de los años de mi infancia, en los que frecuenté el Parvulario que las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl tenían en Barbastro. Hacia 1906 ó 1907, no puedo señalar la fecha con precisión, acudió también a este Parvulario Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás. En esos años de comienzos de siglo, era directora del Parvulario Sor Rosario Ciércoles. Por lo que recuerdo, sé que había nacido en Zaragoza. Pronto quedó huérfana y unos tíos suyos, un matrimonio sin hijos, la adoptaron y se la trajeron a Barbastro, donde vivían. El nombre y apellidos de sus tíos no sabría decirlos: cuando yo conocí a Sor Rosario —ella era de la edad de mi madre, más o menos—, todas esas cosas eran para mí muy antiguas, y lo que sé es porque se lo escuché a mi madre o a sus amigas. Sí que puedo decir que el tío daba clases particulares de piano, y que era la tía la hermana del padre o de la madre de Sor Rosario. A pesar de no haber nacido en Barbastro, todo el mundo la consideraba como de la ciudad, pues aquí se educó y vivió, hasta que ingresó en las Hijas de la Caridad y marchó al noviciado, creo que a Zaragoza. Cuando volvió a Barbastro, la nombraron, como ya he dicho antes, Directora del Parvulario. La comunidad de Hijas de la Caridad de Barbastro era bastante numerosa —unas 16 religiosas—, pues además del Parvulario atendían el Colegio, que era uno de los más importantes y prestigiosos de la zona. Me vienen a la memoria ahora los nombres de algunas de aquellas religiosas: así, por ejemplo, Sor Carmen Civit, Sor Aquilina, Sor Guadalupe, que era de Madrid y que fue la directora del Parvulario anterior a Sor Rosario, Sor María Queipo, Sor Concepción Paret y Sor Micaela Gorraiz, de Navarra, si la memoria no me engaña. Volviendo a Sor Rosario, diré que tocaba muy bien el piano, pues le había enseñado su tío. No tenía título de profesora de música —en el Colegio ya había una profesora de música titulada—, pero ella daba música a las principiantes. También tengo muy vivo el recuerdo, casi como una fotografía, de las clases de catecismo y formación en el Parvulario. Se daban en una gran sala que tenía unos banquitos pequeños. En el centro se ponía Sor Rosario y los niños y las niñas se situaban en los laterales. Cuando algún niño o niña destacaba más por su viveza, aplicación y buena conducta, se le nombraba “monitor”, que venía a ser como un jefe de filas o grupo, por ser alumno aventajado. Yo misma fui monitora. Josemaría también fue monitor, junto con otro chico, de Estada, llamado Paco Sitjar. Cuando acabó el tiempo del Parvulario, Josemaría pasó al Colegio de los PP. Escolapios y yo continué en el de las Hijas de la Caridad. Sor Rosario siguió permaneciendo en Barbastro, hasta poco antes de la Guerra, que la destinaron a otro lugar. Sólo mucho más tarde he sabido que murió mártir en agosto de 1936, en Almenara, provincia de Castellón. Me produjo mucho dolor, pues había sido una religiosa buena y ejemplar y, al empezar la guerra era ya una persona anciana. Yo ahora tengo la seguridad de que Dios la premió con el cielo» (73).
A modo de síntesis, para estos años del parvulario, pueden servirnos unas palabras que Josemaría Escrivá dijo en 1974, en Argentina: «cuando yo tenía esa edad [unos cinco años] era muy piadoso, pero no tenía vida contemplativa» (74). Era un modo de reconocer que, a los cinco años, había ya en su vida manifestaciones de piedad que, sin definirlas como contemplativas, podían considerarse arraigadas.
III. La culminación de la iniciación cristiana El Colegio de los Escolapios
En octubre de 1908 comenzó a cursar sus estudios de Primaria en el Colegio de San Lorenzo, de los P.P. Escolapios. En este centro docente continuó la formación académica y religiosa que ya había iniciado en el parvulario de las Hijas de la Caridad, siguiendo el régimen académico y disciplinar tradicional de las Escuelas Pías: Escuela de pequeños, Escuela de escribir y Escuela Nueva, según la denominación particular de los Escolapios (75), donde se daban clases de religión, historia, lengua, matemáticas o «cuentas», antes de entrar en los cursos del Bachillerato. Además, si la familia lo deseaba, los alumnos podían quedarse, después de las clases, dos horas más en el Colegio, para repasar, bajo la vigilancia de los profesores. Éstos eran los alumnos vigilados y ésta era la condición de Josemaría Escrivá durante sus años de Primaria.
El estudio de la «instrucción», como se denominaba entonces a los aspectos académicos, a pesar de su interés, va más allá del objeto de este trabajo. Por eso nos centraremos en los temas específicos de su formación doctrinal y espiritual. Para esta tarea contamos con el testimonio de un condiscípulo, que recuerda así estos aspectos de sus años de colegial: «la jornada estaba distribuida de manera que el estudio y el recreo se alternaban con actos de piedad, que hacían que esa virtud arraigara en nuestras almas. Comenzábamos nuestro día a las 7’30 de la mañana. El primer acto escolar era la celebración de la Misa en la capilla del colegio: la misma iglesia que hoy se conserva, pero totalmente cambiada en su decoración [...]. A esa misa asistíamos todos los alumnos; como otras muchas iglesias de aquellos tiempos, nuestra iglesia carecía de bancos, por lo que participábamos en la celebración estando de pie o de rodillas. En la Misa diaria se podía comulgar y había Comunión solemne una vez al mes; esa Comunión mensual era preparada por la Confesión a la que éramos llamados todos los alumnos. Después de la Santa Misa comenzaban las clases, interrumpidas por un rato de recreo. Al tocar cada hora se cantaba la oración dedicada a Nuestra Señora del Pilar: Bendita y alabada sea la hora en que María Santísima vino en carne mortal a Zaragoza. A las doce del mediodía terminaba el periodo matutino. Antes de ir a nuestras casas para comer, se rezaba un Avemaría y se cantaba una estrofa mariana: Adiós Reina del Cielo, Madre del Salvador, dulce prenda adorada de mi sincero amor. A primera hora de la tarde, concretamente a las dos, volvíamos al colegio. Después de media hora de estudio se reanudaban las clases, que duraban hasta las cuatro y media.
Los sábados por la tarde cantábamos, en la capilla del colegio, las letanías del Rosario y, a continuación, la Salve. Solía oficiar un sacerdote ya mayor, el Padre Manuel Laborda (a quien popularmente llamábamos el Padre Manolé), ayudado por seis bachilleres. Los domingos por la mañana íbamos también al colegio, para tener lo que, con terminología clásica, llamábamos un oratorio. Llegábamos a las 8’30. Se rezaba el Santo Rosario; los misterios segundo y cuarto los cantábamos alternadamente. Luego se celebraba la Misa. Después, los alumnos de la Escuela nueva, en presencia de los bachilleres, recitábamos un capítulo del catecismo; seguíamos concretamente el Catecismo del Padre Ramo, un sacerdote escolapio. A continuación había alguna charla o plática sobre el capítulo recitado.
A lo largo del año se sucedían una serie de fiestas, algunas las celebrábamos en nuestras casas, otras tenían eco en el colegio. Por ejemplo, durante el mes de octubre, dedicado a la Virgen Santísima, la jornada empezada con exposición mayor, celebrándose la Misa con el Santísimo expuesto, para terminar con el rezo del Rosario coronado por una oración a San José (esa oración, si no recuerdo mal, estaba tomada del devocionario unido al libro Visitas al Santísimo Sacramento, de San Alfonso María de Ligorio). A primeros de noviembre, en torno a la fiesta de Todos los Santos y al día de difuntos, había Misas solemnes cantadas. Se celebraba con mucha solemnidad la festividad de Santo Tomás de Aquino: ese día, para la Misa, se colocaban en la iglesia algunos bancos destinados a los bachilleres, que eran como los protagonistas de la fiesta; al atardecer había pasacalle por las vías de Barbastro a la luz de las antorchas» (76).
Hasta aquí el testimonio de José Mur, que describe los ejercicios piadosos diarios, semanales y mensuales. Su relato coincide sustancialmente con las disposiciones y reglamentos que el Prepósito Provincial de las Escuelas Pías de Aragón estableció, en noviembre de 1869, para todas sus Colegios de Aragón (77).
Primera confesión y primera comunión
A la edad de los seis o siete años se confesó por vez primera Josemaría Escrivá, quien relató las circunstancias y anécdotas de esta confesión varias veces y ante muchas personas. Por otra parte, en todas las biografías publicadas hasta la fecha se recoge este hecho, con profusión de detalles. Sólo deseo recordar que fue en el curso 1908-1909 y que la preparación inmediata corrió a cargo de su madre. El sacerdote que le atendió fue el P. Enrique Labrador, que era también el confesor de su madre. El hecho ocurrió en la iglesia del Colegio de los PP. Escolapios, descrita arriba. Desde entonces comenzó a confesarse sin necesidad de que le instase su madre y, probablemente, con la frecuencia habitual del Colegio.
En principio, en su horizonte, todavía quedaban unos seis años para que recibiese a Jesús Sacramentado por vez primera, pues según la praxis general, se hacía a los doce o trece años. Sin embargo, una decisión del Romano Pontífice cambió el panorama. El 8 de agosto de 1910 se promulgó el Decreto Quam singulari, en el que se establecía que los niños debían ser admitidos a la primera comunión al llegar a la edad de la discreción (78), esto es, en torno a los siete años, según se decía entonces en los catecismos.
Comenzó entonces su preparación para recibir este sacramento, que corrió a cargo del Padre Manuel Laborda, antes mencionado, quien, entre otras cosas, le enseñó una oración para la comunión espiritual. Esta «comunión espiritual» es la que recitó durante toda su vida y la que enseñó a quienes se dirigían con él y, más tarde, a los fieles del Opus Dei. No se conoce el autor ni el origen de esta oración, que no está en la tradición de las Escuelas Pías. Quizá la compusiera el Padre Manuel Laborda, o bien la escuchara en su infancia de labios de su madre o del sacerdote que, en su Borja natal, le preparó para la primera comunión. El hecho es que este buen religioso ni de lejos sospechó el bien inmenso y la extensión que su oración para la comunión espiritual iba a tener.
La puesta en práctica de las disposiciones emanadas del Decreto Quam singulari encontró algunas resistencias en los fieles de Barbastro, en parte debidas a la costumbre anterior y en parte, también, por algunas repercusiones de tipo económico. Esto refleja una Circular para instruir a los fieles, publicada en el Boletín de la diócesis, con fecha 3 de noviembre de 1910. Allí se determinaba que, aunque un niño hubiera hecho la Primera comunión, en el caso de que muriera antes de los once años, los estipendios por su entierro seguirían siendo los mismos que regían para el entierro de los párvulos. Y se dice que se ha tomado esta providencia «a fin de que no teman [los padres] que el cumplimiento de lo mandado [en el Decreto Quam singulari] haya de ocasionarles dispendios económicos superiores » (79). La alta mortalidad infantil abonaba estos recelos entre buena parte del pueblo fiel, aunque no en el caso, podemos afirmarlo con seguridad, de la familia Escrivá, pues el 21 de noviembre de 1910, en la fiesta de la Presentación de la Virgen, Carmen Escrivá hizo su Primera comunión, en el Colegio de las Hijas de la Caridad.
En las biografías se narra un pequeño suceso, cuya fuente está en los relatos de su madre a los primeros fieles del Opus Dei. Se trata de la quemadura causada en la cabeza por las tenacillas calientes del peluquero, mientras le peinaba, según la moda de entonces, para estar elegante el día de la fiesta. La herida debió causarle dolor, pero él no dijo nada. Al cabo de unos días lo descubrió su madre, extrañada por el silencio de su hijo ante una herida semejante.
Ciertamente sorprende que no pronunciara ni una queja e intentara que los demás, especialmente sus padres, no se enterasen. Los motivos que le llevaron a callar no los manifestó nunca pues ni siquiera contó este pequeño incidente (80). Sin embargo, sí podemos ver en este comportamiento un rasgo de su carácter que ya se asoma en sus primeros años: una sensibilidad especial que le llevaba a sentir más el sufrimiento ajeno, particularmente el de los suyos, que el propio (81). En 1964, evocando estos años, decía: «Yo he hecho sufrir siempre mucho a los que tenía alrededor. No he provocado catástrofes, pero el Señor, para darme a mí, que era el clavo —perdón, Señor—, daba una en el clavo y ciento en la herradura. Y vi a mi padre como la personificación de Job. Perdieron tres hijas, una detrás de otra, en años consecutivos, y se quedaron sin fortuna. Yo sentí el zarpazo de mis pequeños colegas; porque los niños no tienen corazón o no tienen cabeza; o quizá carecen de cabeza y de corazón...» (82).
El contexto de estas palabras cuadra para las fechas de su primera comunión. Por una parte, ya había fallecido la menor de sus hermanas, Rosario (83), y, por lo que respecta al negocio familiar, don José tenía motivos para estar preocupado por la marcha de la empresa y del pleito que, superada la fase local en los juzgados de Barbastro, se seguía en Zaragoza. En concreto, el 15 de abril de 1912 se había señalado para el 20 de mayo la Vista definitiva de los autos, listos para sentencia. Como se demostró después, no había motivos para estar optimistas (84). La noticia de la Audiencia de Zaragoza llegaría a Barbastro en vísperas de la ceremonia y aunque don José no dio a conocer los motivos de su preocupación a sus hijos, Josemaría debió cazar algo al vuelo: por un lado, cierta inquietud advertida en el semblante de sus padres, y por otro, los comentarios de la calle, quizá también de sus pequeños colegas, pues estas noticias corren y se comentan con facilidad en las localidades pequeñas. Todo esto induce a pensar que su tendencia a evitar sufrimiento a los suyos, se fortaleciera con el ambiente percibido, y decidiera no hablar de la herida sufrida para no añadir más preocupaciones.
Por fin, el día de San Jorge, el martes 23 de abril de 1912, festividad en Aragón, Josemaría recibió por vez primera la comunión eucarística en la iglesia del Colegio de las Escuelas Pías de Barbastro (85). En el Libro de Matrícula de la Parroquia de la Asunción de Barbastro consta que, a partir de esta fecha, cumplió el precepto Pascual, con sus padres y su hermana Carmen, todos los años que vivió en la capital del Somontano.
En san Josemaría, el recuerdo de su Primera comunión fue algo más que la evocación de un día feliz de su infancia. Especialmente a partir de los comienzos de su vocación —tras la experiencia interior de la contemplación de las huellas de un carmelita descalzo sobre la nieve, en Logroño, en 1918—, Josemaría Escrivá meditó sobre los hechos pasados para descubrir el actuar de Dios en su alma y entender mejor la misión recibida. Desde esa perspectiva, fue valorando y agradeciendo cada vez más aquella primera vez que recibió a Jesús Sacramentado, creciendo en intensidad su gratitud especialmente en los aniversarios: eran días de fiesta interior, en los que se esmeraba por vivir con mayor recogimiento y devoción (86).
Notas
1. En la liturgia de las iglesias orientales, se administran también estos tres sacramentos, en una misma ceremonia, en el bautismo de niños, quedando la catequesis sobre la fe cristiana para más tarde.
2. Las principales biografías, por orden de aparición, son: Salvador BERNAL, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, 6ª ed., Madrid 1980; François GONDRAND, Al paso de Dios, Madrid 1984; Peter BERGLAR, Opus Dei. Vida y obra del FundadorJosemaría Escrivá de Balaguer, 4ª ed., Madrid 1988; Ana SASTRE, Tiempo de Caminar. Semblanza de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, 4ª ed., Madrid 1991; Andrés VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei. I. ¡Señor, que vea! , Madrid 1997.
3. Este volver, con el recuerdo, a los orígenes fue algo habitual en la vida de san Josemaría. Era un modo de recordar la acción de Dios en su alma para, de este modo, esforzarse por comprender mejor los planes y proyectos de Dios y, a la vez, agradecer los beneficios recibidos.
4. Una descripción del traje de cristianar en Ana SASTRE, o.c., p. 21.
5. Cfr. Certificado de Bautismo, del 29 de Junio de 1918, incorporado al expediente de excardinación de Barbastro (en el Archivo de la Diócesis de Calahorra-La Calzada-Logroño); cfr., también, Certificado de Bautismo, del 15 de septiembre de 1922, del expediente de la Tonsura y Órdenes menores (Archivo Diocesano de Zaragoza, Sección Expedientes de Órdenes). El original de la Partida de Bautismo en el folio 115 del Libro XLIII de Sacramentos (Bautismos) del archivo de la Parroquia de Nuestra Señora de La Asunción (Catedral), de Barbastro.
6. La pila bautismal quedó muy dañada durante la guerra civil. Aunque se hizo una restauración al acabar la contienda, no quedó bien y el Cabildo decidió sustituirla por otra. Mons. Santos Lalueza Gil (1912-1996), que fue canónigo de la Catedral de Barbastro y Vicario General de la diócesis, en sus recuerdos, recogidos por Manuel Garrido (vid. nota 45) en 1992, relata cómo llegó esta pila bautismal a Roma. Y cuenta que, pocos meses después de la decisión del Cabildo, recibió la visita de don José Orlandis: «me preguntó por la antigua pila bautismal que había en la Catedral —en la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción— y que había sido sustituida por una nueva porque la vieja se encontraba totalmente cuarteada y llena de grietas. Había estado en uso aún después de la guerra, hasta hacía poco tiempo, pero muy mal sostenida con pegotes de cemento. Su interés radicaba en que la antigua pila era un piadoso recuerdo para el Opus Dei ya que en ella había sido bautizado el Padre, su madre y su hermana Carmen. Los restos, considerados inservibles, de la vieja pila bautismal, se habían echado al río. Así se lo dije a don José: “Allí estarán si no se los ha llevado una riada”. Fuimos entonces a ver al encargado de llevarlos al río. Me confirmó que efectivamente los trozos seguían aún en el cauce del Vero y se podían identificar bien porque la pila había estado esculpida en piedra de Zaidín, una piedra caliza, muy distinta de la de aquí, que es arenisca. Después de comprobar que eran efectivamente restos de la antigua pila bautismal de la Catedral, la misma persona se ocupó de llevarlos al huerto del Palacio episcopal y el carpintero —Antonio Durán— se ocupó de embalar aquellos pedruscos. Recuerdo bien que aquel carpintero no entendía por qué era necesario embalar y enviar a Madrid una cosa de ningún valor: “Estas piedras no pueden interesar a nadie”, decía. Al poco tiempo salían las cajas de madera hacia Madrid y, cuando llegaron a Roma —no sé cómo se enviarían—, el Padre me escribió las siguientes líneas para agradecérmelo, el 21 de abril de 1959: “Hoy escribo también al Señor Obispo, como lo hago a V., para agradecerles de corazón la gran alegría que me han dado al enviar los restos de la fuente bautismal, que acaban de llegar a Roma. Se restaurarán aquí, y estos hijos míos colocarán ese venerable recuerdo en un lugar de honor [...]. Le ruego que haga presente al Excelentísimo Cabildo mi personal agradecimiento, por ese gesto tan lleno de delicadeza”. He sabido después que esta reliquia, perfectamente restaurada, está actualmente en la entrada de la que es la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, en Roma, y que se usa como pila de agua bendita» (RHF, T-13061).
7. En el Liber de Gestis del Cabildo de la Catedral de Barbastro, año 1635, fol. 38 v., se lee: «En 14 de nobiembre de 1635 hubo Cabildo asistieron los Ss. Dean, Sarvise, Caberni, Garcia, Exea, Pueyo, y Turlan Coadjutor propusose que attento estaba la pila de bautizar endida en dos o tres partes de banda a banda y con muy dificultoso remedio y casso que le hubiere no seguro y muy costoso se resolvio que se hiciere nueba de piedra de Zaydin con la comodidad posible para lo qual se dio orden al Canº Garces fabriquero tratara con brevedad de hacerla por la mucha necesidad que della se tiene».
8. Junto a la Pila bautismal, en la pared, hay una lápida con la siguiente inscripción: «Hunc sacrum baptismatis fontem Sanctae Ecclesiae Cathedralis Barbastrensis, in quo Conditor noster eiusque mater et soror aquas regenerationis acceperunt, Hispanico bello flagrante anno MCMXXXVI in odium religionis diruptum, Operi Dei ab Episcopo et Capitulo anno MCMLVII dono datum, Consilium Generale atque Assessoratus Centralis ad pristinam formam anno MCMLIX restituere fecerunt».
9. Así, por ejemplo, don José Escrivá Corzán nació y fue bautizado el 15 de octubre de 1867, por don Antonio Comet, Párroco de Fonz (cfr. Archivo de la parroquia de La Asunción de Nuestra Señora, de Fonz, Libro de Bautismos, Libro 9º, fol. 271); y doña Dolores Albás Blanc nació y fue bautizada el 23 de marzo de 1877, por don Teodoro Valdovinos, párroco de Barbastro (cfr. Archivo de la Parroquia de Nuestra Señora de La Asunción [Catedral], de Barbastro, Libro XXXVII de Sacramentos [Bautismos], fol. 115). En el AGP se guardan los certificados de estas partidas de bautismo, de fecha 22-XII-1966 y 30-VIII-1966, respectivamente.
10. Fue el 17-VIII-1905. Cfr. folio 35 del Libro XLIV de Sacramentos (Bautismos) del archivo de la Parroquia de Nuestra Señora de La Asunción (Catedral), de Barbastro. —«Chon»: así llamaba la familia a su hermana Asunción.
11. Se celebró el día 17 de febrero. Cfr. folio 64 del Libro XLIV de Sacramentos (Bautismos) del archivo de la Parroquia de Nuestra Señora de La Asunción (Catedral), de Barbastro.
12. Se bautizó el 10-X-1909. Cfr. folio 115v del Libro XLIV de Sacramentos (Bautismos) del archivo de la Parroquia de Nuestra Señora de La Asunción (Catedral), de Barbastro.
13. Todavía hoy, en la praxis de las iglesias orientales, los sacramentos de la iniciación cristiana se administran inseparablemente en la misma ceremonia, ya sean infantes o adultos. Actualmente, en el rito latino, se administra el sacramento de la confirmación, tras un periodo de catequesis.
14. Cfr. Libro de Confirmaciones de la Parroquia de la Asunción de Fonz, que comienza en 1656. En el grupo de niños figuran José y Joaquín (Folio 113, con los números 14 y 15 respectivamente). Entre las niñas está Victoriana, con el número 146.
15. En 1843 —en los últimos momentos de la regencia de Espartero— varios obispos de la zona llevaban años fuera de sus diócesis, desterrados por el Gobierno o exiliados por su cuenta. Así, el obispo de Barbastro, Dr. D. Jaime Fort y Puig, desterrado desde 1837 en Pau, en el Pirineo francés, no pudo regresar a su diócesis hasta 1846; el Dr. D. Julián Alonso, Premostratense, obispo de Lérida, a cuya diócesis pertenecía Fonz, se había exiliado y moriría en Niza en 1843, no siendo nombrado sucesor suyo hasta 1848; el Dr. D. Simón Guardiola, O.S.B., obispo de Seo de Urgel, estuvo igualmente desterrado hasta 1846. Los únicos obispos residenciales de la región no expatriados fueron el de Jaca y el de Huesca, Dr. D. Lorenzo Ramo, Escolapio, que en 1830 había sido General de las Escuelas Pías y luego, en 1833, preconizado obispo de Huesca. Como es sabido, la institución fundada por San José de Calasanz fue la única Orden religiosa no suprimida en esta época por los decretos de Exclaustración y de supresión de Órdenes y Congregaciones religiosas del ministro Mendizábal. Quizá por esta razón don Lorenzo Ramo gozaba de cierta libertad de movimientos, cuando en junio de 1843 —desde marzo estaba políticamente liquidada la regencia, aunque hasta julio hubo disturbios por Aragón— pudo administrar la confirmación en Fonz, la primera que se hacía allí después de bastantes años, a casi seiscientas personas.
16. Cfr. Libro de Confirmaciones de la Parroquia de la Asunción de Fonz; y Certificado de Confirmación, en el Expediente eclesiástico de Teodoro Escrivá Corzán, en el Archivo del Obispado de Lérida.
17. Cfr. Libro XLIII de Sacramentos (Confirmaciones), de la Parroquia de La Asunción (Catedral), de Barbastro, fol. 1 y 2.
18. Cfr. Archivo Municipal de Barbastro. Actas. Sesión Ordinaria 9-XII-1901, p. 146. Unos meses más tarde se denuncian diversas actividades ante el gobernador civil de la provincia, quien dirige un telegrama al alcalde señor Lolumo del siguiente tenor: «Sírvase V. presentarse inmediatamente en este Gobierno a dar explicaciones sobre varias denuncias que contra su gestión se han presentado en el mismo» (Archivo Municipal de Barbastro. Actas. Sesión Ordinaria 19-I-1903, pp. 132-133). Debo esta información a Martín Ibarra Benlloch.
19. El relato más extenso y detallado de este episodio se encuentra en Ana SASTRE, Tiempo de Caminar, o.c., pp. 28-32. Vid. también Salvador BERNAL, o.c., p. 26; François GONDRAND, o.c., pp. 25- 26; Peter BERGLAR, o.c., p. 29; y Andrés VÁZQUEZ DE PRADA, o.c., pp. 29-30.
20. Ignacio Camps Valdovinos, que había sido su padrino de confirmación.
21. Así consta en el Testimonio de Fernando Valenciano (RHF, T-05362), que sitúa este relato del Fundador del Opus Dei en la noche del 14-I-1962, en Roma. —Fernando Valenciano Polack (Sevilla 1923), Ingeniero de Caminos, era miembro del Consejo General del Opus Dei desde 1961. En la actualidad es sacerdote. —Adriana Corrales Codina, nacida en 1901, amiga de infancia de los Escrivá, también afirma que la enfermedad fue meningitis (RHF, T-08202). En el mismo sentido se pronuncia Sor Consuelo Bielsa Tagüeña (Barbastro 1901) en su testimonio (RHF, T-05823).
22. La investigación se ha centrado sobre el Libro de Defunciones de la Parroquia de Nuestra Señora de La Asunción (Catedral) de Barbastro, del año 1904. No ha sido posible investigar en el Registro Civil de Barbastro, pues la documentación anterior a 1936 fue destruida durante la Guerra Civil.
23. Agradezco al Prof. Julio González-Simancas el acceso a su trabajo no publicado, titulado Epidemia infantil en Barbastro durante el otoño de 1904. De ahí proceden los datos consignados arriba. A las cifras arriba reseñadas habría que añadir las de la Parroquia de San Francisco, creada dos años antes, en 1902. La investigación que está realizando el Dr. Martín Ibarra, que también ha consultado los archivos municipales, confirma la existencia de una epidemia en esos meses.
24. Cfr. Testimonio de Fernando Valenciano Polack (RHF, T-05362).
25. Cfr. AGP, P01 1977, p. 121.
26. Testimonio de Adriana Corrales Codina (RHF, T-08202).
27. Apuntes tomados de esa meditación, en la antigua basílica de Nuestra Señora de Guadalupe (México), el 20-V-1970, recogidos en Pedro CASCIARO, Soñad y os quedaréis cortos, 11ª ed., Madrid 1999, p. 223.
28. En esa misma meditación, dijo un poco después: «Al recordar ahora ese primer hecho de infancia, cumplido con voluntad de rendirte homenaje...» (ibidem, p. 224).
29. En la Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, realizada por Cesare Cavalleri a Mons. Álvaro del Portillo (8.ª ed., Madrid 1995) en la p. 60 se leen estas palabras de san Josemaría: «Recuerdo que un chico, al rezar el Señor mío Jesucristo, en lugar de decir propósito de la enmienda, pronunciaba “de la almendra”. No sabía qué era la enmienda, pero las almendras, sí, porque le gustaban. Ese niño era yo».
30. Meditación Los pasos de Dios, Roma 14-II-1964 (AGP, P09, p. 69).
31. A falta de un estudio de campo, me apoyo para esta afirmación, en la lectura que hice a finales de los años setenta de algunas páginas de los Libros de Matrícula de la Catedral de Barbastro, de los años finales del siglo XIX y comienzos del XX, elegidas las páginas y los libros de modo aleatorio. En estos libros se consignaba, entre otras cosas, el cumplimiento pascual de los vecinos de las distintas casas de la ciudad, y se constataba que se acercaba al 100%.
32. En la Catedral había dos fechas anuales que congregaban a los fieles de Barbastro en torno al Obispo. Una era la Nochebuena, en la que se celebraba con gran solemnidad la Misa de Gallo. Otra era el Domingo de Resurrección, fiesta en la que el Obispo impartía solemnemente la Bendición Papal.
33. En la iglesia de San Bartolomé existía, desde 1880 aproximadamente, la Asociación del Pilar, que promovía cultos en honor de esa advocación mariana. En la parroquia de la Catedral estaba radicada la Cofradía del Santo Rosario, que organizaba en la iglesia de San Bartolomé los Rosarios de la Aurora, que se celebraban todos los domingos y fiestas desde el 1 de octubre hasta Pascua de Resurrección y terminaban con una Misa al amanecer. También se organizaba una Hora Santa que iba rotando por las distintas iglesias de la ciudad.
34. Solían ser especialmente concurridas las procesiones en que salía el Cristo de los Milagros, muy venerado en la ciudad; la asistencia aumentaba notablemente si la procesión se hacía por algún motivo especial: pedir por el fin de la sequía, por la paz, etc. Así, por ejemplo, al agudizarse la crisis causada por una pertinaz sequía de años, el 1 de marzo de 1896, el Ayuntamiento, junto con el Cabildo, organizó una procesión de rogativas al santuario de San Ramón, y se dio comienzo a un novenario de misas que se celebraron en la capilla del Santo Cristo de los Milagros, de la Catedral. La concurrencia a las misas del novenario fue numerosa. Se lee en el periódico La Defensa: «asisten de todas las clases sociales y lo mismo el labrador que el capitalista eleva sus plegarias al Cielo». Por fin, se tomó la decisión de sacar procesionalmente por las calles de Barbastro al Santo Cristo de los Milagros, y dice la crónica del mismo periódico: «asistieron todas las Cofradías y Hermandades religiosas, Órdenes monásticas y colegios; el Ilustrísimo Cabildo de la Catedral y el Excelentísimo Ayuntamiento; las autoridades eclesiásticas, civiles y militares y unos cuatro mil barbastrenses con velas encendidas [...]. Nunca hemos visto concurrencia mayor, que un poco menos llenaba toda la carrera que se siguió » (La Defensa, 15-III-1896).
35. San Josemaría ha recordado en más de una ocasión, el dicho de su madre: «vergüenza sólo para pecar». Quienes trataron a doña Dolores han atestiguado su facilidad para decir oportunamente algún refrán o dicho, lleno de sentido común y cristiano, cuando las circunstancias lo requerían. Con relación a su abuela paterna, Constancia Corzán, yo mismo he oído directamente de labios del Fundador del Opus Dei, referir dichos, a modo de jaculatorias, algunos casi «aleluyas» de rima fácil, que intercalaba a menudo en la conversación.
36. Con el nuevo siglo adquieren fuerza los planteamientos regeneracionistas, capitaneados por Joaquín Costa, que en 1892, creó en Barbastro la Cámara Agrícola del Alto Aragón, en un acto multitudinario celebrado en la plaza de toros, que movilizó poderosamente las llamadas «masas neutras» del Alto Aragón hacia un programa de reforma político basado en la política de aguas y asociacionismo agrario y comercial, de carácter regionalista.
37. Por ejemplo, su abuelo José Escrivá Zaydín, desde abril de 1871 fue elegido en varias ocasiones juez municipal de Fonz, de acuerdo con la nueva Ley del Poder Judicial, aprobada provisionalmente en 1870. También en la familia de su madre hubo parientes comprometidos en las turbulencias del Sexenio revolucionario.
38. Así, por ejemplo, cuando Joaquín Costa acentúa en sus planteamientos cierta obsesión anticlerical, la mayor parte de la clase media, de talante liberal y católica, se distancia de la política y se convierte de nuevo en «neutra», aunque vea con simpatía otros aspectos del mensaje regeneracionista de Costa. También cabe destacar la eficaz reacción de los católicos de Barbastro cuando Canalejas (1910) planteó la «cuestión religiosa» o Romanones (1913) intentó suprimir el catecismo de la escuela pública.
39. Cfr. Manuel REVUELTA GONZÁLEZ, El anticlericalismo español en sus documentos, Barcelona 1999, especialmente el cap. 4º, «El anticlericalismo como reacción a la recuperación eclesiástica durante la Restauración (1875-1900)», pp. 87-111, y el cap. 5º, «El anticlericalismo de principios del siglo XX. Desde Electra a la Ley del Candado (1901-1912)», pp. 113-133.
40. No se conocen conflictos graves entre la autoridad civil y la jerarquía eclesiástica de Barbastro, salvo el litigio —que se remonta a 1845— sobre la propiedad de la sede del Seminario, controversia que el partido Republicano agitaba periódicamente en su propaganda demagógica de talante anticlerical.
41. Puede afirmarse que el integrismo político y religioso, salvo casos muy aislados, son ajenos a Barbastro. Es más, incluso otros movimientos de cierto talante confesional moderno, como el de los Nuevos Católicos de finales de siglo, así como el impulsado después por Severino Aznar desde Zaragoza, no parecen haber encontrado eco en la ciudad. Todo induce a pensar que el barbastrense superaba, más o menos consciente de ello, la tendencia al clericalismo.
42. En la familia del Fundador del Opus Dei, por ejemplo y sin ir más allá de los tíos paternos o maternos, encontramos a tres sacerdotes y dos religiosas. Los sacerdotes son: Carlos y Vicente Albás Blanc, y Teodoro Escrivá Corzán. Y las religiosas: María Cruz Albás Blanc, carmelita de la antigua observancia, en San Miguel de Huesca, y Pascuala Albás Blanc, Hija de la Caridad, que acabó sus días en Bilbao.
43. Este talante era más patente en los Canónigos de la Catedral, el Rector y profesorado del Seminario, y el clero de Barbastro ciudad. —En el «Informe sobre el Episcopado y los Cabildos de España », redactado por Mons. Antonio Vico, secretario entonces del Nuncio en España, y fechado el 31- XII-1890, se encuentran estos asertos sobre el clero de Barbastro: «El clero en general es trabajador y sumiso a la autoridad; sólo que, como en otras regiones, está bajo la influencia de seglares, incluso pertenecientes a partidos avanzados, y apoya sus candidaturas en las elecciones, impulsado por la esperanza de una recompensa para sí o para algún miembro de sus familias». El texto se encuentra en Vicente CÁRCEL ORTÍ, León XIII y los católicos españoles, Pamplona 1988, p. 331.
44. En el «Informe» citado en la nota anterior, se lee a este respecto (p. 332): «Las autoridades civiles son respetuosas con el vicario [capitular de Barbastro] y están en buenas relaciones con él. Desde hace varios años se están poniendo de acuerdo para conseguir del Gobierno la reposición de la sede episcopal, o que al menos se nombre para Barbastro un administrador apostólico con carácter de obispo ». —Ésta última solución fue la que prevaleció y el 24 de enero de 1896 fue propuesto como Obispo Administrador Apostólico de Barbastro el arcipreste de la catedral de Ciudad Real, el Dr. D. Casimiro Piñera y Naredo. Así se comenta la noticia en el periódico de ideología más liberal —en concreto, Posibilista de Castelar—, La Defensa: «Barbastro está de enhorabuena. Ocho años hemos estado nosotros arma al brazo defendiendo la independencia de esta antiquísima diócesis, desde que en día de incertidumbre para este pueblo, circuló el rumor de su agregación a Huesca o a Lérida, así es que hoy, al ser asentada definitivamente su independencia episcopal, el júbilo más grande y más sincero inunda nuestra alma. La noticia del nombramiento del M.I. Sr. Piñera circuló con la velocidad del rayo por toda la diócesis, desbordándose el entusiasmo popular, y reflejándose en todos los semblantes la satisfacción con que había sido recibido. Las campanas se echaron al vuelo».
45. La incertidumbre sobre la permanencia de la diócesis de Barbastro ha persistido hasta épocas recientes. También el Beato Josemaría se interesó de modo positivo y activo por esta cuestión. Cfr. sobre este tema, «Monseñor Escrivá y la recuperación de la diócesis de Barbastro», en Manuel GARRIDO, Barbastro y el Beato Josemaría, Barbastro 1995, pp. 111-123.
46. Una de las quejas más frecuentes de los campesinos estaba causada por el sistema liberal de contribución rústica. Sobre unos criterios de producción por hectárea, se fijaba la rentabilidad media del campo, y sobre esa base se calculaba la contribución. Parece que esos criterios no se ajustaron a la realidad del campo altoaragonés, cuyas cosechas dependen de diversos factores climáticos, variando el rendimiento de los campos sustancialmente de un año a otro. Sin embargo, la contribución era siempre la misma, hubiese sido buena la cosecha, o mala. Una consecuencia fue que bastantes agricultores perdieron sus tierras, que pasaron a manos públicas, ante la imposibilidad de pagar la contribución en una sucesión de años malos (cfr. La Defensa, de Barbastro, editorial del 6-XI-1887). Una nota, recogida también por el periódico local La Defensa, del 1-III-1896, puede ilustrar este problema: «Desde 1875 a 1895, ambos inclusive, la Hacienda ha embargado 1.932.475 fincas [se entiende que en toda España] por falta de pagos de las contribuciones. Estas fincas pertenecen, como es sabido, al pequeño agricultor que ni puede pagar los enormes tributos que pesan sobre la sociedad rústica, ni siquiera puede vivir, siendo natural consecuencia el hecho tristísimo de haber emigrado los últimos años 650.000 españoles, que han ido a buscar a partes extrañas la vida que no encuentran. La tercera parte de las fincas está en el más completo abandono». Hubo incluso voces de añoranza del impuesto del diezmo, que gravaba sobre lo producido.
47. Cfr. Leslie DERFLER, Paul Lafargue and the Founding of French Marxism, 1842-1882, Cambridge (Massachusetts) 1991, pp. 113-114.
48. Homilía «Vivir cara a Dios y cara a los hombres», Roma, 3-XI-1963, en Amigos de Dios, 170.
49. La emigración en el Alto Aragón fue continua desde 1860. Suele dividirse en dos periodos: desde esta fecha hasta final del siglo XIX, y de 1900 a 1920. El total de emigrados se calcula en 48.700. Durante el segundo periodo la emigración fue más intensa, estimándose en 25.600 el número de emigrantes.
50. Después de perder unos 1.000 habitantes desde 1857 (7.897 hab.) a 1890 (6.784), en 1910 tenía 7.202 habitantes, llegando a alcanzar 8.148 habitantes en 1915.
51. Cfr. La Cruz de Sobrarbe, del 21-I-1897, o La Defensa, del 7-II-1897. Siguiendo el uso entonces habitual, se organizan colectas para comidas, rifas benéficas, socorros del Ropero de Señoritas o de los Caballeros y Damas de las Conferencias de San Vicente de Paúl. Según se lee en La Cruz de Sobrarbe, en una reunión habida con el Obispo, «acordóse que el socorro a los necesitados fuese en especie y a domicilio» (21-I-1897). También reseña la prensa un aumento de la mendicidad y de la delincuencia.
52. Desde comienzos de siglo, el Boletín de la Diócesis publica disposiciones del prelado dirigidas a orientar y ayudar a los emigrantes para que sufran lo menos posible en su trasplante desde Barbastro a las grandes ciudades. En concreto, sobre los años 1910-1911, cfr. Julio González-Simancas, El Fundador del Opus Dei y el «Pelé». Una hipótesis historiográfica, especialmente el apartado «Ambiente religioso de Barbastro en 1910-1911», «Cuadernos del Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá de Balaguer», nº 2, Pamplona 1998, pp. 51-55.
53. En el siglo XIX se produjo en España un pavoroso proceso de «analfabetización», especialmente agudo en el mundo rural, causado por las medidas desamortizadoras de Mendizábal y las leyes de supresión y exclaustración de las órdenes religiosas. En virtud de estas disposiciones, se cerraron multitud de escuelas que, promovidas por las instituciones religiosas o por los ayuntamientos, llevaban la instrucción y la cultura a buena parte del territorio nacional. Pues bien, una singularidad que se detecta en Barbastro es la menor influencia de estas nefastas medidas, pues los escolapios no se vieron afectados por las leyes de exclaustración y el colegio de Barbastro continuó su labor educativa sin interrupción. —Sobre la no aplicación de la Exclaustración a los Escolapios, vid. Francisco Javier PAREDES ALONSO, Pascual Madoz, 1805-1870: libertad y progreso en la monarquía isabelina, Pamplona 1982, pp. 26-29, donde Madoz también habla de sus años de alumno de los escolapios, precisamente en el Colegio de San Lorenzo, de Barbastro.
54. Ciertamente el Magisterio Pontificio sobre las cuestiones sociales fue acogido en Barbastro con interés y respeto. Así, por ejemplo, las actividades asistenciales, a partir de la Rerum Novarum se organizan mejor en sociedades cooperativas o de ayuda mutua, cuya finalidad no sólo era económica, sino también religiosa e instructiva. No obstante, se mantienen las actividades que, desde la Restauración venían realizándose, como la promoción de campañas colectivas de caridad, obras benéfico-religiosas, Círculos obreros, etc.
55. Homilía «Hacia la santidad», 26-XI-1967, en Amigos de Dios, 296.
56. Parece como si implícitamente diera a entender que así comenzó su camino hacia Dios. De hecho, más tarde, en sus escritos, propondrá esta vía de modo explícito, como avalada por su experiencia. Así, en el prólogo del Santo Rosario, se lee: «El principio del camino, que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima». Y en Camino: «A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María» (n. 495).
57. Artículo póstumo «La Virgen del Pilar», publicado en el «Libro de Aragón», Zaragoza 1976. Fue reproducido en la revista Palabra, nn. 144-145, Madrid 1980, pp. 29-32. —En 1970 se había expresado de modo parecido: «La devoción a la Virgen del Pilar me ha acompañado siempre: mis padres con su piedad de aragoneses, la inculcaron en mi alma desde niño» (artículo «Recuerdos del Pilar», publicado en El Noticiero, Zaragoza 11-X-1970).
58. En Barbastro se difundía la devoción a la Virgen bajo estas advocaciones, desde los conventos de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl y de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María.
59. También había imágenes de la Asunción de la Virgen en la iglesia parroquial de Fonz, donde san Josemaría pasó algunos veranos durante su infancia.
60. Cfr. Testimonio de Adriana Corrales Codina (RHF, T-08202).
61. Cfr. Testimonios de Pascual Albás Llanas (RHF, T-02848), de Sixta Cermeño, Viuda de José María Albás Llanas (RHF, T-02856), y de Enrique Ferrer Calero (RHF, T-02220), primo segundo de san Josemaría.
62. Testimonio de Adriana Corrales Codina (RHF, T-08202), que prosigue: «Aquel oratorio, que pertenecía a la familia Sahún, no existe ya desde hace muchos años. Un Capellán cuidaba el culto de la capilla, que era sede de la Cofradía del Rosario de la Aurora. Presidía el retablo la imagen de San Bartolomé, y había otros altares, entre los que recuerdo uno dedicado a la Virgen del Pilar». Adriana debe referirse seguramente a los cultos que se celebraban en esta iglesia —Hora Santa, Rosario de la Aurora, etc.— organizados por la parroquia de la Catedral.
63. A eso alude, probablemente el punto 557 de Camino, que tendría su origen en esta costumbre familiar navideña. Dolores Fisac (cfr. RHF, T-04956) es testigo de que doña Dolores pronunciaba las palabras finales del punto de Camino —«Nunca me has parecido más hombre que ahora, que pareces un niño»—, durante la instalación del Belén por Navidades.
64. Testimonio de Esperanza Corrales Codina (RHF, T-08203). —Esperanza (1899-1981), hermana de Adriana, era hija de Jesús Corrales Puyol, varias veces concejal en el Ayuntamiento de Barbastro, editor de El Cruzado Aragonés, y amigo de don José Escrivá. Esperanza era amiga de Carmen Escrivá.
65. Testimonio de Pascual Albás Llanas (RHF, T-02848).
66. Así, en una nota aparecida en La Defensa, del 7-II-1887, se lee que la firma comercial «Sucesores de Cirilo Latorre», de la que era copropietario don José Escrivá, junto con otros dos socios, aportaba a la «Suscripción mensual para socorrer a la clase obrera pobre de Barbastro» la cantidad de 15 pesetas. Hay que tener en cuenta que de los 118 nombres que aparecen en esa lista, solamente uno contribuye con 30 pesetas; dos con 25, tres con 20 y seis con 15.
67. Meditación Los pasos de Dios, Roma 14-II-1964 (AGP, P09, p. 69).
68. En concreto, su prima hermana Rosario Albás Blanc profesó como Hija de la Caridad el 5-XII- 1890. Más tarde, su hermana Pascuala, la decimosegunda hija del matrimonio, dos años mayor que doña Dolores, también ingresó en el noviciado de las Hijas de la Caridad hacia 1891. Pascuala falleció en Begoña en 1910. Según el testimonio de Pedro Casciaro, también doña Dolores, consideró, a la edad de los doce o trece años, si ése sería su camino. Resolvió el problema con gran sencillez: como se mareaba al poco tiempo de estar de rodillas, dedujo que no podría ser una religiosa piadosa, y concluyó que Dios no la llamaba a esa vida (cfr. Testimonio de Pedro Casciaro, titulado Algunas sencillas confidencias de la Abuela; en RHF, T-04197).
69. Cfr. Andrés VÁZQUEZ DE PRADA, o.c., pp. 37-39.
70. Ibidem, p. 38, nota 66.
71. Debo esta información a las investigaciones realizadas por Benito Badrinas y Julio González- Simancas. El nombre de la religiosa figura en la p. 198 del libro de A. Montero, editado en Madrid por la BAC.
72. Sor Rosario quedó huérfana pronto y unos tíos suyos, residentes en Barbastro, la adoptaron. En esta ciudad vivió y se educó, hasta que en 1892 ingresó en las Hijas de la Caridad, marchando al noviciado. En 1895, procedente de Barcelona, regresó a Barbastro y fue nombrada directora del parvulario del Colegio de las Hijas de la Caridad. Años más tarde la destinaron a Valladolid, al Hospital, y luego a Valencia, al asilo de San Eugenio. En esta ciudad les sorprendió la guerra. El 27 de julio, con otras dos religiosas, se refugiaron en la casa de los parientes de una de ellas, en Puzol (Valencia). El 18 de agosto de 1936, las descubrieron y detuvieron. El 19, a las cinco de la mañana, en un huerto de naranjos situado entre la Llosa y Almenara (Castellón), las fusilaron (cfr. Elías FUENTE, Paúles e Hijas de la Caridad Mártires, 1936, Madrid 1942, pp. 286-288).
73. Testimonio de María Dolores Lacau Ballarín, firmado en Barbastro el 25-VII-1988 (RHF, D- 12842). Dolores Lacau estaba casada con Martín Sambeat, amigo de la infancia y compañero de Josemaría Escrivá en el colegio de los Escolapios.
74. Apuntes de una tertulia en «La Chacra» (Buenos Aires), 16-VI-1974 (AGP P04, 1974, I, pp. 437-438). El contexto es una reunión con matrimonios, en «La Chacra», una hacienda cercana a Buenos Aires. Mediada la tertulia, una mujer tomó la palabra y contó detalles de la devoción a la Virgen en su hijo de cinco años. Cuando concluyó la historia, san Josemaría comentó: «eso es vida contemplativa; cuando yo tenía esa edad era muy piadoso, pero no tenía vida contemplativa».
75. Oficialmente se llamaban: Escuela elemental incompleta, Escuela elemental completa y Escuela de Ampliación, como puede leerse en el Boletín Oficial de la Diócesis de Barbastro de noviembre de 1908.
76. Testimonio de José Mur Cavero (RHF, D-03268). José Mur, sacerdote escolapio, nació en 1903, en Barbastro. Coincidió con san Josemaría al menos en 1910/11 en la Escuela de Escribir); y en 1911/12 en la Escuela Nueva. En el curso siguiente José Mur ingresó como postulante en los Escolapios. Estos postulantes vivían en el internado del Colegio con un régimen aparte; pero con los que hacían Bachillerato coincidían en las clases de latín. En la nota necrológica publicada en el Boletín Oficial de la Diócesis de Barbastro (enero-febrero de 1991, p. 57) se lee: «El día 2 de noviembre falleció en Barbastro, donde había nacido, el P. José María Mur Cavero, escolapio. Contaba los 87 años de edad. En el Colegio de los Escolapios fue instalada la capilla ardiente y durante todo el día 2 de noviembre muchos amigos y antiguos alumnos pasaron a rendirle el último homenaje. El P. Mur había comenzado sus estudios en Barbastro, siendo entonces compañero de clase de José María Escrivá de Balaguer. Posteriormente ingresó en la Escuela Pía. Desarrolló su labor educadora durante 17 años en Argentina y, a su vuelta, estuvo en los Colegios de Molina de Aragón, Daroca y Sos del Rey Católico, hasta que fue destinado al de Barbastro. El día 3 de noviembre se celebró la Misa funeral de corpore insepulto en la misma iglesia del Colegio, que fue presidida por el Obispo de la Diócesis, Don Ambrosio Echebarría. Concelebraron más de setenta sacerdotes, entre los escolapios venidos de diversas comunidades y los sacerdotes diocesanos, que fueron muy numerosos. Descanse en paz este benemérito educador».
77. Cfr. Carta del P. Eugenio Torrente de San José de Calasanz, Prepósito Provincial de las Escuelas Pías de Aragón, a los RR.PP. Rectores y Maestros de las escuelas de nuestra Provincia, Zaragoza, 1-XI-1869 (fotocopia en RHF, R-12136, Anexo III). Esta carta tiene diecisiete artículos generales, más una adición particular de dos artículos específicos para el Colegio de Barbastro, relativos a las festividades propias de este Colegio.
78. Decreto Quam singulari, de la S.C. de Sacramentis, Roma 8-VIII-1910, en Acta Apostolicae Sedis II (1910) 577-583.
79. Boletín Oficial de la Diócesis de Barbastro, 1910, pp. 287-288.
80. Este suceso está narrado en Andrés VÁZQUEZ DE PRADA, o.c., pp. 50-51 Las personas a las que remite Vázquez de Prada para atestiguar este hecho (vid nota 97), tienen su fuente en los relatos oídos a la madre y a la hermana de san Josemaría.
81. En fecha no determinada hubo un suceso de características análogas: mientras iba por la calle, un perro le propinó un mordisco y le causó una pequeña herida. La reacción fue acudir a casa de su tía Mercedes Llanas, mujer de Mauricio Albás, para que le curara, y así evitar —pensaba—, un disgusto a su madre.
82. Meditación Los pasos de Dios, Roma 14-II-1964 (AGP, P09, p. 70).
83. Falleció el 11-VII-1910. Cfr. Libro XLIV de Defunciones, fol. 72, de la Parroquia de la Asunción de Barbastro.
84. El caso llegó hasta las últimas instancias y la sentencia no fue favorable a los intereses de la empresa «Juncosa y Escrivá». Cfr. Sentencia dictada por el Tribunal Supremo, en recurso de casación por infracción de ley interpuesto por la sociedad mercantil «Juncosa y Escrivá». 13-V-1913. Cfr. Gaceta de Madrid del 21-I-1914, anexo n. 3.
85. Cfr. Recordatorio de la Primera Comunión (RHF, D-07038).
86. El primer documento que atestigua la celebración personal de los aniversarios de su Primera comunión se remonta al año 1923. El día 23 de abril, Josemaría Escrivá, como Inspector del Seminario de San Francisco de Paula, impuso un castigo a dos seminaristas «por bajar, durante el estudio y sin permiso, a las Tribunas de la Iglesia de S. Carlos». Los seminaristas del San Francisco de Paula no tenían libre acceso a estas Tribunas, pues la entrada estaba en la parte del edificio que ocupaban los Sacerdotes del Seminario Sacerdotal de San Carlos. Evidentemente supo de la presencia de los seminaristas en dicho lugar porque él se encontraba allí, recogido en oración, aprovechando el momento de calma que el estudio de los alumnos le proporcionaba. Cfr. Ramón HERRANDO, Los años de seminario de Josemaría Escrivá en Zaragoza (1920-1925). El Seminario de San Francisco de Paula, pro manuscripto, Pamplona 1999, pp. 334-335. Sobre los aniversarios de su Primera comunión en los años treinta, vid Andrés VÁZQUEZ DE PRADA, o.c., p. 51, nota 99.
Cuadernos del Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá de Balaguer de la Universidad de Navarra, Volumen VI, 2002
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