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La Basílica de San Pedro

Lugares de Roma (2)

Etiquetas: Iglesia, Lugares de Roma, Papa, Primeros cristianos
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San Pedro recibió el martirio durante la persecución contra los cristianos decretada por Nerón después del incendio de Roma, en el año 64. El Príncipe de los Apóstoles había llegado a la Urbe algunos años antes, siguiendo el mandato del Señor que recoge el Evangelio según Marcos: "id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará"(1).

¡Con qué veneración mirarían a Pedro los cristianos de Roma...! No en vano había sido el primero en confesar la divinidad del Señor, le había acompañado durante los tres años de su vida pública y había recibido del Maestro las llaves del Reino de los Cielos: era la cabeza de la Iglesia, y su presencia en la capital del Imperio convertía a esta ciudad en el centro y el corazón de la naciente expansión cristiana.

Cuando empezó la persecución, el primer Papa entendió que estaba cercano el cumplimiento de la profecía que muchos años atrás le había hecho el Señor, junto al Mar de Tiberíades. Tenía bien grabada la escena, que San Juan relata en su Evangelio:
"Le dijo Jesús: –Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo y te ibas adonde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará adonde no quieras –esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: –Sígueme"(2).

Una vida al servicio de la Iglesia
Después de una vida al servicio de la Iglesia, había llegado para Pedro el momento de seguir a Cristo hasta identificarse totalmente con Él. No tardó en ser apresado y ajusticiado en una cruz: cabeza abajo, porque en su humildad juzgó que no era digno de morir del mismo modo que Nuestro Señor.

Vista del circo Vaticano, según un grabado de Carlo Fontana, 1694.
Vista del circo Vaticano, según un grabado de Carlo Fontana, 1694.
Es probable que el lugar de su martirio fueran los horti neronis, unas tierras que el emperador poseía en los alrededores de la antigua Roma, junto a la colina Vaticana. Allí Calígula había comenzado a edificar un circo privado, cuya construcción prosiguió Claudio y que fue terminado en tiempos de Nerón. Quizás la ejecución de Pedro ocurrió durante uno de los espectáculos que se celebraban en ese lugar. A veces Nerón abría las puertas de su estadio a los ciudadanos de Roma, y él mismo corría en su carro vestido de auriga ante el pueblo que lo aclamaba. De la dinámica de aquellos festejos durante la persecución a los cristianos nos ha dejado un buen testimonio el historiador pagano Tácito: «Los que morían eran tratados con escarnio. Cubiertos de pieles de animales, eran degollados por perros; o eran suspendidos en cruces; o, incluso, cuando ya se ponía el sol, se los quemaba vivos para iluminar la oscuridad de la noche» (3).

Una tumba de humilde tierra
Fragmento del muro de los grafitti con la inscripción "Petros eni"
Fragmento del muro de los grafitti con la inscripción "Petros eni"
Los cristianos recogieron el cuerpo sin vida de Pedro y lo enterraron junto a la ladera de la colina Vaticana, muy cerca del estadio de Nerón, fuera de las propiedades del emperador. La tumba era de humilde tierra, pero desde el primer momento se convirtió en meta de frecuentes visitas de los cristianos romanos. Es fácil imaginar la emoción que sentirían al recordar el fecundo apostolado de Pedro en Roma. Antiguas tradiciones afirman que el primer Papa se alojaba en el Esquilino, en la casa del Senador Pudente, que fue una de las primeras domus ecclesiae en la Urbe y sobre la que después se edificó la basílica de Santa Pudenciana. También debió de ser frecuente la presencia de Pedro en la casa de Aquila y Priscila –el matrimonio colaborador de San Pablo, del que el Apóstol de las Gentes habla varias veces en sus cartas–, que se encontraba en el Aventino, donde hoy se alza la pequeña Iglesia de Santa Prisca.

Muchas peticiones elevarían los primeros cristianos ante la tumba de San Pedro: fortaleza en la fe, un corazón grande como el suyo para amar al Maestro, ánimos para comenzar y recomenzar... En sus luchas, ¡cuánto les ayudaría meditar el episodio de las negaciones, el arrepentimiento del Apóstol y la triple pregunta –Simón, ¿me amas? – con la que el Señor le confió el cuidado de su Iglesia! (4).

El muro de los grafitti. A través de la apertura practicada durante las excavaciones se puede ver el lóculo de mármol del monumento de Constantino.
El muro de los grafitti. A través de la apertura practicada durante las excavaciones se puede ver el lóculo de mármol del monumento de Constantino.
Resultaría natural que esta veneración se tradujese, también materialmente, en un progresivo enriquecimiento de su tumba. Es seguro que al menos desde el siglo II, ya se había edificado un modesto monumento funerario sobre la primitiva sepultura de tierra. Por otro lado, no olvidaban los cristianos las palabras que el Señor dirigió a Simón, dándole un nuevo nombre mientras le indicaba la nueva misión que debería llevar a cabo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (5).

Según la tradición, el altar de la basílica constantiniana se había construido en el siglo IV sobre el antiguo monumento funerario de Pedro; y exactamente encima, englobando y protegiendo los precedentes, se habían situado los sucesivos altares de Gregorio Magno y de Calixto II, en los siglos VI y XII, respectivamente. Por último, cuando Clemente VIII mandó erigir en 1594 el actual altar de la Confesión, se dispuso cubriendo de nuevo los anteriores.

Una seguridad confirmada por la arquelogía
El actual altar de la Confesión cubre los antiguos monumentos funerarios erigidos sobre los restos del Apóstol San Pedro.
El actual altar de la Confesión cubre los antiguos monumentos funerarios erigidos sobre los restos del Apóstol San Pedro.
Durante muchos siglos, movidos por la fe y por su confianza en esta tradición, los peregrinos que llegaban a Roma de todas partes han venerado la memoria del Príncipe de los Apóstoles en su Basílica, convencidos de que allí se encuentra su tumba. Actualmente, gracias a las excavaciones arqueológicas realizadas a mediados del siglo XX por deseo de Pío XII, es posible rezar ante el mismo sepulcro de San Pedro.

Esas excavaciones no hicieron sino confirmar, punto por punto, los datos que había transmitido la tradición: se descubrió el circo de Nerón, una necrópolis con enterramientos paganos y cristianos en buen estado de conservación, y sobre todo se encontró el humilde monumento dedicado a Pedro, que correspondía a las antiquísimas descripciones literarias de ese edículo y que, en efecto, se hallaba justo debajo de los sucesivos altares de la Basílica. También se comprobó que, rodeando esa tumba, había otras muchas excavadas apretadamente, para que estuviesen lo más cerca posible de la central; y fue enormemente revelador el estudio de los grafitti –o inscripciones– en las paredes, pues indicaban de modo evidente que aquél era un lugar de culto cristiano y contenían numerosas aclamaciones a Pedro.

Uno de esos escritos había sido grabado junto a un pequeño lóculo, o apertura en el muro. Ese nicho contenía los restos de un varón anciano, de constitución robusta, y en algún momento habían sido envueltos en una tela color púrpura y oro. La inscripción sobre el lóculo, en griego, decía: PETROS ENI, Pedro está aquí.

La capilla del Santísimo Sacramento
La capilla del Santísimo Sacramento
Ante la tumba de San Pedro
Pedro está aquí. ¡Qué deseos tan grandes tendría el Fundador del Opus Dei de acercarse a la Basílica vaticana para rezar ante la tumba de San Pedro...! Pasó su primera noche romana rezando en el balcón del apartamento que ocupaba con otros fieles de la Obra en la plaza de Città Leonina, con la mirada puesta en las habitaciones del Santo Padre. El día siguiente, 24 de junio, lo dedicó por completo al principal motivo de aquel urgente viaje: la solución jurídica para la Obra, que antes de embarcar había puesto, lleno de confianza y abandono, en las manos de Nuestra Señora, cuando de camino a Roma pasó por los santuarios del Pilar, Montserrat y la Merced, en Barcelona. "Teníamos que abrir una senda en la Iglesia, un camino nuevo, y los obstáculos parecían insuperables", rememoraba en 1966 (6).

El fundador del Opus Dei pasó todo el día 24 sin salir del apartamento. A primera hora de la mañana, celebró la Santa Misa en un altar instalado provisionalmente en el vestíbulo de la casa, pues aún no se había terminado el oratorio. El resto de esa jornada fue de intenso trabajo con don Álvaro, su más estrecho colaborador y después primer sucesor al frente del Opus Dei. San Josemaría quiso retrasar el momento de visitar la Basílica de San Pedro para ofrecer al Señor un sacrificio que le resultaba costoso, por los ardientes deseos de rezar ante la tumba del Apóstol que albergaba desde su juventud.

Acudió a la Basílica el día 25 por la mañana. San Josemaría recorrió recogido y en silencio el breve trayecto por la Plaza de San Pedro y la Basílica hasta el altar de la Confesión, bajo el que reposan los restos del Príncipe de los Apóstoles, donde estuvo rezando detenidamente. Sólo después, se detuvo a contemplar la grandiosidad del templo. No se conoce el contenido de su oración, pero se puede suponer que renovó allí la profesión de fe –como solía aconsejar siempre a quienes se acercaban a ese lugar– y manifestó una vez más su confianza y fidelidad inquebrantables al Papa y a la Iglesia.

Un recorrido por la Basílica
La Capilla de San José, en el crucero izquierdo de la Basílica. El Santo Patriarca aparece representado joven y con el Niño en brazos.
La Capilla de San José, en el crucero izquierdo de la Basílica. El Santo Patriarca aparece representado joven y con el Niño en brazos.
Durante los casi treinta años que pasaron hasta su marcha al Cielo, san Josemaría acudió muchas veces más a rezar en la Basílica de San Pedro. No seguía siempre el mismo recorrido por el interior del templo, aunque sí tenía costumbre de detenerse en algunos lugares fijos. Como cada vez que entraba en cualquier iglesia, en primer lugar solía dirigirse a la Capilla del Santísimo para saludar al Señor, y rezaba allí una Comunión espiritual. Esa Capilla se encuentra en la nave derecha de la Basílica, a medio camino entre la puerta de entrada y el altar de la Confesión. El Santísimo está reservado en un monumental sagrario diseñado por Bernini, con dos esculturas de ángeles –una a cada lado– que adoran a Jesús Sacramentado.

Hay un segundo Sagrario en la Capilla que Juan XXIII dedicó a San José en 1963, situada en el extremo izquierdo del crucero de la Basílica; también iba en ocasiones a rezar ante la imagen del Santo Patriarca, que está representado joven y con el Niño en brazos.

Más adelante, no podía faltar el saludo a la Virgen: habitualmente lo hacía ante la Madonna del Soccorso. Su capilla está situada en la nave derecha, a continuación de la del Santísimo, y toma el nombre de un cuadro de la Virgen pintado en el siglo XI, que ya se encontraba en la primitiva basílica vaticana.

En la nave de la derecha se encuentra la imagen de la Madonna del Soccorso. San Josemaría se detenía a menudo para rezar ante esta imagen
En la nave de la derecha se encuentra la imagen de la Madonna del Soccorso. San Josemaría se detenía a menudo para rezar ante esta imagen
Naturalmente, el paso por el altar de la Confesión –en el centro del crucero– era obligado. Allí solía rezar un Credo, saboreando las palabras. Bajo el altar está la Confesión, obra de Maderno, en la que noventa y nueve lámparas votivas alumbran de manera ininterrumpida señalando el lugar donde, pocos metros más abajo, reposan los restos de San Pedro. Desde la balaustrada se puede observar el Nicho de los Palios, llamado así porque alberga un cofre en el que se guardan los palios de lana que el Papa entrega a los Arzobispos en señal de unidad con la Sede de Pedro. Sobre el altar, se alza majestuoso el baldaquino de Bernini: una obra ciertamente grandiosa, que ayuda a elevar el corazón con magnanimidad al Señor.

Otro lugar donde acostumbraba detenerse era la tumba de San Pío X. Los sagrados restos del Papa Sarto se encuentran en la nave izquierda, cerca de la entrada, en una urna colocada bajo el altar de la Capilla de la Presentación. Allí reposan de manera definitiva desde 1952, aunque ya entre 1945 y 1951 –año en que fue beatificado– su cuerpo descansó en esa misma capilla, en el lóculo provisorio que hay para los pontífices difuntos. San Josemaría profesaba una gran devoción hacia San Pío X, a quien nombró Intercesor del Opus Dei, encomendándole las relaciones de la Obra y de sus fieles con la Santa Sede.

Desde el 14 de septiembre del 2005
La escultura del fundador del Opus Dei puede verse desde una ventana del pasillo de la Sacristía
La escultura del fundador del Opus Dei puede verse desde una ventana del pasillo de la Sacristía
Hay otro lugar de la Basílica que desde el 14 de septiembre del 2005 está recibiendo muchas visitas de hijas e hijos suyos, Cooperadores y amigos de la Obra. En la nave de la izquierda, poco después de la tumba de San Pío X, se encuentra la entrada a la grandiosa Sacristía de San Pedro. A través de las ventanas del pasillo –en realidad un cavalcavia– que conduce hasta ese recinto se puede observar la estatua del fundador del Opus Dei instalada en los muros exteriores del templo. Detenerse allí a contemplar el gesto acogedor de san Josemaría es una ocasión inmejorable para rogarle que haga crecer cada día más el amor a la Iglesia y al Papa de todos los fieles cristianos.



Notas
1. Mc 16, 15-16
2. Jn 21, 17-19
3. Tácito, Anales XV, 15-17
4. Cfr. Jn 21, 15-17
5. Mt 16,18
6. San Josemaría, AGP P18, p. 313