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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
La barca de Pedro no se hunde
Poco tiempo antes de celebrar sus bodas de oro sacerdotales –28 de marzo de 1975–, Mons. Escrivá de Balaguer se dirigía a un grupo de socios del Opus Dei en estos términos: Cuando yo me hice sacerdote, la Iglesia de Dios parecía fuerte como una roca, sin una grieta. Se presentaba con un aspecto externo que ponía enseguida de manifiesto la unidad: era un bloque de una fortaleza maravillosa. Ahora, si la miramos con ojos humanos, parece un edificio en ruinas, un montón de arena que se deshace, que patean, que extienden, que destruyen... El Papa ha dicho alguna vez que se autodestruye. ¡Palabras duras, tremendas! Pero esto no puede suceder, porque Jesús ha prometido que el Espíritu Santo la asistirá siempre, hasta el final de los siglos.
¿Qué vamos a hacer nosotros? Rezar, rezar. Estoy seguro de que mis hijas y mis hijos, muchos miles de personas en todo el mundo, rezarán especialmente por las intenciones de mi Misa cuando celebre mis bodas de oro sacerdotales. Serán las de siempre: la Iglesia, el Papa, la Obra. Siempre doy estas tres pinceladas, aunque cada día haya unos coloridos diversos, unas vibraciones distintas, unas luces cuya intensidad va de aquí para allá. Pero el común denominador de mi petición al Señor es siempre el mismo: la Iglesia, el Papa y el Opus Dei.
Monseñor Escrivá de Balaguer esperó siempre en la Iglesia, a pesar de los pesares. Una vez confiaba a un Cardenal que, con mucha frecuencia, al recitar el Credo y afirmar su fe en la divinidad de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, añadía: a pesar de los pesares. Cuando el Cardenal le preguntó a qué quería referirse, le respondió: a sus pecados y a los míos.
Estaba firmemente persuadido de que es el Espíritu Santo quien gobierna la Iglesia. De ahí surgía su optimismo contagioso cuando la Barca de Pedro se veía zarandeada por dificultades aparentemente insuperables.
Vivió siempre una fidelidad plena al Magisterio, a todo el Magisterio de la Iglesia, y al carácter continuo y unitario de sus enseñanzas. Por eso, no era amigo del uso arbitrario –a veces, abusivo– del término postconciliar, olvidando –comentó alguna vez– que estamos en época postconciliar desde unos treinta años después de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo: desde el Concilio de Jerusalén, donde con aquella autoridad tremenda, con aquel atrevimiento humano y divino, los apóstoles dijeron: visum est Spiritui Sancto et nobis, nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros...
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
¿Qué vamos a hacer nosotros? Rezar, rezar. Estoy seguro de que mis hijas y mis hijos, muchos miles de personas en todo el mundo, rezarán especialmente por las intenciones de mi Misa cuando celebre mis bodas de oro sacerdotales. Serán las de siempre: la Iglesia, el Papa, la Obra. Siempre doy estas tres pinceladas, aunque cada día haya unos coloridos diversos, unas vibraciones distintas, unas luces cuya intensidad va de aquí para allá. Pero el común denominador de mi petición al Señor es siempre el mismo: la Iglesia, el Papa y el Opus Dei.

Estaba firmemente persuadido de que es el Espíritu Santo quien gobierna la Iglesia. De ahí surgía su optimismo contagioso cuando la Barca de Pedro se veía zarandeada por dificultades aparentemente insuperables.
Vivió siempre una fidelidad plena al Magisterio, a todo el Magisterio de la Iglesia, y al carácter continuo y unitario de sus enseñanzas. Por eso, no era amigo del uso arbitrario –a veces, abusivo– del término postconciliar, olvidando –comentó alguna vez– que estamos en época postconciliar desde unos treinta años después de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo: desde el Concilio de Jerusalén, donde con aquella autoridad tremenda, con aquel atrevimiento humano y divino, los apóstoles dijeron: visum est Spiritui Sancto et nobis, nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros...
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Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
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Relación de contenidos
- La prudencia sobrenatural de san Josemaría Escrivá
- Las almas, como el buen vino, mejoran con el tiempo
- Nada más prudente que aquella locura
- En medio de la efervescencia social y política.
- Una nueva sede para DYA
- Enfrente del Cuartel de la Montaña
- La guerra es el obstáculo máximo del camino fácil
- De refugio en refugio
- Ejercicios espirituales caminando por la calle
- El Paso de los Pirineos
- En el vagón del ferrocarril, o en algún coche desvencijado, o en el frente
- ¿Crees que no habrá uno, siquiera capaz de entendernos?
- Lo poco que queda de mi casa
- Ante todo y sobre todo, sacerdote de Dios
- El camino jurídico del Opus Dei
- Con la venia del Obispo de Madrid
- La aprobación del Obispo de Madrid
- Con un siglo de anticipación
- ¿Qué será de nosotros, Padre mío?
- Un lugar para la Obra en el derecho de la Iglesia
- El brazo de Dios no se ha empequeñecido
- La vocación divina del laicado
- La barca de Pedro no se hunde
- La marcha del Concilio Vaticano II
- Lealtad a la Iglesia
- 'Fortes in fide' - fuertes en la fe
- El Concilio Vaticano II y la promoción del laicado
- Sufría en su alma los sufrimientos de la Iglesia
- Años de oración continua
- La caridad, más que en dar, está en comprender
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