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Relatos biográficos

Josemaría Escrivá, sacerdote de Jesucristo

Etiquetas: Sacerdocio, Sacramentos, Santa Misa, Vocación
Josemaría Escrivá, un año antes de recibir el orden sacerdotal
Josemaría Escrivá, un año antes de recibir el orden sacerdotal
En la quinta semana de Cuaresma, sábado ante Dominicam Passionis, 28 de marzo de 1925, don Miguel de los Santos Díaz Gómara, obispo de Tagora, confirió a Josemaría Escrivá la ordenación sacerdotal, en la Iglesia del Real Seminario de San Carlos. Junto a Josemaría se ordenaron otros nueve Diáconos: Clemente Cubero Berné, Gerásimo Fillat Bistuer y Manuel Yägues Flor; y del Seminario Conciliar se ordenaron: Julián Lou, Francisco Muñoz Secanella y Pascual Pellejero.

La ordenación, celebrada con la solemnidad habitual de estos actos, tuvo que ser larga y estar muy concurrida. El ordenando siguió con los cinco sentidos las ceremonias litúrgicas: la unción de las manos, la traditio instrumentorum, las palabras de la consagración... Emocionado y confuso ante la bondad del Señor, tuvo en nada las dificultades pasadas desde el día de su llamamiento, dando gracias como un tierno enamorado. En una ocasión le preguntaron sobre sus recuerdos de aquel día. Él contestó a esa persona: "Mira, hijo mío: no recuerdo ninguna cosa que os pueda contar ahora. Pero faltaría a la verdad si no dijese que recuerdo mucho de aquellos momentos; pienso que todo".

Fueron ordenados 14 subdiáconos, 4 Diáconos y 10 Presbíteros, a los que acompañarían sus familiares y los seminaristas de Zaragoza. En medio de esa numeros concurrencia se encontraban la madre de Josemaría doña Dolores Albás y sus dos hijos Carmen y Santiago, sin que, al parecer, asistiera ningún otro pariente próximo.

Al día siguiente, se despidió del seminario en donde habían trancurrido casi cinco años de intensa actividad y maduración interior. Después de celebrar su Primera Misa en la Capilla de la Virgen del Pilar el día 30 de marzo, se incorporó a su primer destino pastoral, como Regente Auxiliar de la Parroquia de Perdiguera, el día 31.

Cambio de planes
Como se sabe, no eran esos los proyectos iniciales de Josemaría, que quería ser arquitecto. Un colega suyo de Logroño, Agustín Pérez Tomás, recuerda que un compañero dijo alguna vez a Josemaría que podía ser sacerdote, y él respondió muy convencido: –Bah, tonterías...

Nunca pensó que el sacerdocio fuera para él. Pero supo cambiar de planes, ante los barruntos de lo que Dios le pedía. Cuando se decidió a emprender ese camino, habló con sus padres, que le dieron los consejos propios de una familia hondamente cristiana. Y en octubre de 1918 empezó a estudiar en el Seminario de Logroño, como alumno externo.

Muchas veces reiteró esta idea: “Nunca pensé en dedicarme a Dios. No se me había presentado el problema, porque pensaba que eso no era para mí. Pero el Señor iba preparando las cosas, me iba dando una gracia tras otra, pasando por alto mis defectos, mis errores de niño y mis errores de adolescente...”

Invitación y recordatorio del día de la celebración de la primera Misa que celebró san Josemaría
Invitación y recordatorio del día de la celebración de la primera Misa que celebró san Josemaría
Un día de fuerte helada, en pleno invierno de Logroño, Josemaría –aún adolescente– vio las huellas de los pies descalzos de un Carmelita sobre la nieve. Estas huellas removieron su corazón, que se encendió en deseos de un amor grande. Ante el sacrificio, por amor de Dios, de aquel fraile, Josemaría se preguntaba qué hacía él por su Dios.

¿Por qué me hice sacerdote?
Se daba cuenta de que el Señor quería algo de él, pero no sabía qué era. En aquellos días de invierno, en los primeros meses de 1918, fui a charlar en varias ocasiones con el P. José Miguel, uno de los frailes que vivían al lado del Convento de las Carmelitas descalzas, y atendían su iglesia. Después, pensó ser sacerdote. “¿Por qué me hice sacerdote?, -se preguntaría años más tarde- “porque creí que así sería más fácil cumplir una voluntad de Dios, que no conocía. Desde unos ocho años antes de mi ordenación la barruntaba, pero no sabía qué era, y no lo supe hasta 1928. Por eso me hice sacerdote”.

En septiembre de 1920 se trasladó a Zaragoza, donde, pocos meses antes de la ordenación sacerdotal, le sorprendió una nueva desgracia familiar: la muerte de su padre. Soñando con su sacerdocio se le hacían largas las fechas. Solamente tenía veintitrés años, por lo que tuvo que solicitar dispensa pontificia por defecto de edad canónica. El 20 de febrero de 1925 le llegó la respuesta positiva de Roma; y el 4 de marzo elevó instancia al Vicario Capitular, en la que exponía: Que deseando recibir el Sagrado Orden del Presbiterado, en las próximas Témporas de la quinta semana de Cuaresma, por sentirse llamado por Dios al estado sacerdotal Suplica a V.S. Ilma. se digne concederle las oportunas letras dimisorias, previos los requisitos exigidos por los Sagrados cánones.

Finalmente, el Sábado de Témporas, 28 de marzo de 1925, se celebró en la iglesia de San Carlos la ceremonia de la ordenación sacerdotal, confiriéndole el presbiterado don Miguel de los Santos Díaz Gómara.

La Basílica del Pilar, donde celebró la primera Misa
La Basílica del Pilar, donde celebró la primera Misa
Primera Misa
Hizo los preparativos de su primera Misa. No cabía calificarla de solemne; iba a ser una misa rezada, el lunes de la Semana de Pasión, con ornamentos morados y ofrecida en sufragio por su padre. El recién ordenado envió recordatorios a muy pocas personas, a causa del luto. Celebrarían la fiesta en la intimidad. Unas estampas de Nuestra Señora llevaban impreso por detrás el texto del recordatorio:
«El Presbítero José María Escrivá y Albás celebrará su primera Misa en la Santa y Angélica Capilla del Pilar de Zaragoza, el 30 de Marzo de 1925, a las diez y media de la mañana, en sufragio del alma de su padre D. José Escrivá Corzán, que se durmió en el Señor el día 27 de Noviembre de 1924. A.M.D.G. Invitación y recuerdo».

No le había sido fácil conseguir que le cediesen la Santa Capilla; pero su vivo deseo era celebrar allí, en el lugar que visitaba a diario y donde clamaba su Domina, ut sit! Por lo demás, la misa fue más dolorosa de lo que el celebrante podía prever, aunque escondiera la memoria y circunstancias del acto en una frase muy simple: en la Santa capilla ante un puñado de personas, celebré sin ruido mi Primera Misa. Su hermano Santiago, que contaba seis años, recuerda la sencillez de la ceremonia y la escasa compañía: «fue Misa rezada, a la que asistimos mi madre, mi hermana Carmen, yo y pocos más». Su prima, Sixta Cermeño, hace una relación más explícita: «Mi marido y yo fuimos los únicos de la familia Albás que, acompañando a su madre, asistimos a aquella Primera Misa [...]. Estábamos la madre de Josemaría —la tía Lola—, su hermana, el chico —que tendría entonces seis años—, nosotros —mi marido y yo—, dos vecinas de Barbastro que se llaman las de Cortés y eran íntimas amigas de su hermana Carmen —tendrían la misma edad que ella— y alguien más que yo no conocía: me parece recordar a dos o tres sacerdotes y posiblemente estarían también algunos amigos de la Universidad o del Seminario. Es difícil decirlo porque es sabido que aquella Capilla del Pilar está siempre llena de gente».

El Rector, don José López Sierra, añade que dos sacerdotes amigos de la familia hicieron de padrinos de altar y, movido de patetismo, describe la escena en la Santa Capilla: la madre estaba «hecha un mar de lágrimas, que a veces parecía desmayarse», mientras de rodillas, «sin pestañear siquiera, inmóviles toda la misa, contemplábamos los ademanes sagrados de aquel ángel en la tierra».

La emoción de doña Dolores que se había levantado enferma esa mañana, se avivaba al considerar los muchos sacrificios que ella y su marido habían pasado para ver la ceremonia a la que asistía. Este pensamiento debió de cruzar por la mente de su sobrina, Sixta Cermeño, allí presente, cuando dice recordar que, «junto a la intimidad del momento, había una nota triste» y que la madre lloraba, «posiblemente porque recordaba la reciente pérdida de su marido».

Acabada la misa hubo un besamanos, los parabienes de costumbre en la sacristía, y la despedida del pequeño grupo de asistentes. De aquella primera misa guardó Josemaría un sabor de sacrificio. Se la imaginaba como una estampa del dolor, con su madre vestida de luto.

Identificado personal y definitivamente con Cristo
Sobre el altar, al celebrar la Santa Misa ejerce el sacerdote su ministerio litúrgico del modo más excelso. Allí se inmola aquella misma Víctima que se ofreció en la Cruz para redimir a toda la humanidad. Josemaría, identificado personal y definitivamente con Cristo en virtud del sacramento del Orden, hizo del Sacrificio Eucarístico el centro de su vida interior.

En el piso de la calle Rufas estaban invitados a comer los sobrinos de doña Dolores, las dos amigas de Carmen venidas de Barbastro y alguna otra persona de confianza. El modesto agasajo combinaba la pobreza y el buen gusto. El ama de casa había preparado un excelente plato de arroz.

Cuando terminaron de comer, el sacerdote se retiró a su cuarto. Le acababan de notificar su primer nombramiento en la carrera eclesiástica. Repasó los sucesos de los últimos meses y los recientes golpes de la jornada. Razón tenía para pensar que el Señor continuaba el consabido martilleo: una en el clavo y ciento en la herradura. Desconsolado y sollozando protestaba filialmente al Señor: ¡Cómo me tratas, cómo me tratas!.

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Fuentes:
- Ramón Herrando Prat de la Riba, Los años de seminario de Josemaría Escrivá en Zaragoza (1920-1925), Rialp 2002
- Salvador Bernal, Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei
- Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, (I): ¡Señor que vea! Madrid, 1997

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