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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Supo querer

Etiquetas: Amistad, Personalidad, Padre
Uno de los secretos de Mons. Escrivá de Balaguer fue su gran cordialidad. A su lado era fácil sentirse comprendido, arropado, empujado hacia el amor de Dios. Su corazón desbordaba cariño: hacia Dios, hacia los hombres, hacia el mundo. Amar al mundo apasionadamente es el título de la homilía que predicó en 1967 en el campus de la Universidad de Navarra. Un título a la medida de su corazón. Pues en él cabían las penas y las alegrías, los cuerpos y las almas, lo grande y lo aparentemente trivial.

En México, 1970
En México, 1970
Ha asombrado a muchos la prodigiosa memoria del Fundador del Opus Dei. Ex abundantia enim cordis os loquitur: dice la Escritura que de la abundancia del corazón habla la boca (Mt., XII, 34). Mons. Escrivá de Balaguer, porque sabía querer, advertía –y recordaba– cientos de pequeños detalles que parecían no tener importancia.

La anécdota sucedió un día de 1974 en Brasil. Hacía trece años que Rafael Llano no le veía. El Fundador del Opus Dei respondió a su saludo con la melodía italiana –Timida è la bocca tua– que solía entonarle amablemente en Roma, mucho tiempo atrás, haciendo alusión a las dimensiones no pequeñas de la boca de Rafael y de sus hermanos, casi todos socios de la Obra. Por la tarde, le comentaría:
Recuerdo que una vez había mucha gente. Vi a uno y le dije: tú eres fulanito. Y me contestó: sí; ¿en qué me conoce? ¡ En la boquita! ¿Te acuerdas?

Rafael respondió que sí, que a toda la familia les gustaba ser reconocidos por la boca, y por la canción. Al oírla por la mañana, se había echado a llorar.

La cordialidad del Fundador del Opus Dei era tan espontánea, que sorprendía incluso a los que convivían con él. Como sucedió en México, un día de 1970:
En una esquina del vestíbulo principal de ESDAI (Escuela Superior de Administración de Instituciones), obra apostólica promovida por la Sección de mujeres del Opus Dei en México, estaba Victoria, una asociada de la Obra, con su madre anciana, que quería, aunque sólo fuera, ver pasar al Padre. Cuando le dijeron a Mons. Escrivá de Balaguer que era la madre de dos auxiliares del hogar y dos obreros, los cuatro, socios de la Obra, se acercó para decirle que los acababa de ver en Montefalco. Sin dar tiempo a reaccionar a los que estaban a su alrededor, la señora se arrodilló con un gesto de agradecimiento y de respeto, y se empezó a inclinar para besarle los pies. ¡Eso no, hija mía, eso no! Inmediatamente, Mons. Escrivá de Balaguer se puso de rodillas. Somos iguales, hija mía, somos hijos de Dios, con la diferencia de que yo no soy más que un pobre pecador, por el que hay que rezar mucho. El gesto fue tan rápido, que nadie sabía qué hacer. Victoria intentaba levantar a su madre. Don Álvaro del Portillo esperaba poder ayudar a Mons. Escrivá de Balaguer a levantarse. Fue un minuto. Fue largo. Nadie hablaba... Nadie se movía. Sólo se escuchaba la voz afabilísima del Fundador del Opus Dei diciendo cosas a la anciana que, cubierta la cabeza con su rebozo, lloraba. Cuando se retiró, esa campesina decía con voz entrecortada por los sollozos: “Hoy ha sido el día más feliz de mi vida”.


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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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