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¿Por qué permite Dios que sufran los niños?

Rosa Vallés, enfermera, España

Etiquetas: Cruz, Dolor, Enfermedad, Jesucristo
Rosa Vallés, enfermera, trabaja en la Clínica Universitaria de Navarra, en Pamplona, España. Ha trabajado también para la Universidad Austral y, en su momento, colaboró en la puesta en marcha de los servicios de enfermería del Campus Bio-Médico de Roma.

“—Niño.— Enfermo. —Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son Él”. (Camino, 419). Cuando el fundador del Opus Dei escribe este punto -el 11 de marzo de 1932- tiene detrás la experiencia espiritual de su tarea como Capellán del Patronato de Enfermos, que comportaba un trato continuo con niños, pobres y enfermos. El trasfondo de dicho punto es el Evangelio mismo: la predilección de Jesús por los niños y los enfermos.

Esta consideración de Josemaría Escrivá, ha sido la respuesta a un sinfín de preguntas que me han surgido en el día a día a lo largo de los veinte años en que he trabajado como enfermera supervisora, en una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) neonatal y pediátrica. Respuesta, no sólo teoría. Respuesta que he intentado incorporar poco a poco a mi vida, convirtiéndose en el verdadero sentido de mi realidad cotidiana. Ver en cada niño —y, de modo especial, en cada niño enfermo— al mismo Dios encarnado.

Tener presente “al pie de cuna” las consideraciones de Josemaría Escrivá, me ha ayudado a mantener la presencia de Dios en mi trabajo, luchando contra la rutina y esforzándome con más ilusión por atender bien a cada niño.

“Los niños y los enfermos son Él”. Al profundizar en este pensamiento, he llegado a intuir, de forma más clara, el infinito amor de Dios por los hombres. Me ha llevado a las siguientes reflexiones: Él fue embrión, Él fue feto.

Al atender a un niño nacido prematuramente con un peso de 500 gramos y un tamaño mínimo, me sobrecogía descubrir que Dios —todo un Dios—, se haya sometido a esta ley de la naturaleza pasando por las fases de desarrollo por las que pasa toda criatura humana. Consideraba que su pequeño cuerpo en desarrollo estaría nutrido con la sangre de María, oiría los latidos de su corazón y las palabras de cariñosa espera que toda madre dedica a un hijo en su seno.

Dios irrumpió en un momento de la historia del mundo como cualquier mortal. Desde entonces y hasta el final de los tiempos, le podremos contemplar así: Dios-Niño. Un recién nacido es el ser mas frágil de la creación y incapaz de sobrevivir sin los cuidados pertinentes. La dependencia extrema de los niños y de los enfermos, mueve a la dedicación, al esfuerzo, a la entrega, a la generosidad. Dios nos muestra desde su flaqueza de niño, la necesidad que tiene de nosotros, de nuestro amor. Se acerca al hombre desde su debilidad, suave y dulcemente, provocando ternura, moviendo nuestro corazón a cosas grandes.

“Se ha hecho tan pequeño —ya ves: ¡un Niño!— para que te le acerques con confianza”. (Camino, 94)

¡Y que fácil se hace tratar a Dios Niño, a través de otros niños! Se puede intuir así la grandeza de lo pequeño y la fortaleza de lo débil. Es difícil entender y aceptar el sufrimiento y el dolor que provocan la enfermedad y la muerte. Pero más difícil es cuando se trata de un niño y más aún, de un recién nacido. De hecho, sin fe, son interrogantes universales imposibles de resolver.

“Este fuego, —escribe Josemaría— este deseo de cumplir el decreto salvador de Dios Padre, llena toda la vida de Cristo, desde su mismo nacimiento en Belén” (Es Cristo que pasa, 95)

Su venida al mundo estuvo marcada con la cruz de la contradicción. Nació a la intemperie. Debió de huir de la muerte en los brazos de su Madre, los mismos que, llegada la hora, recogerían su Cuerpo inerte cuando le bajaron de la Cruz. Eligió lo peor para Él, porque su obra redentora comenzó desde el momento en que irrumpió en la historia del hombre.

¿Será esa la respuesta al misterio del dolor y de la muerte de un niño? ¿No serán elegidos por Dios para colaborar desde su inconsciencia en la obra redentora? ¿Habrá creado Dios en su infinito amor esas almas, para que gocen de Él eternamente, sin apenas pasar por esta vida, evitándoles fatigas y contradicciones? La reflexión que provocan estas preguntas me ha ayudado a dar sentido a mi trabajo y a sentirme capaz de ayudar a los padres a aceptar la voluntad de Dios.

Empujada por ellas y siguiendo el consejo de Josemaría Escrivá de convertir el trabajo en una Misa —ofreciéndolo junto al sacrificio de Cristo—, muchas veces ante los niños enfermos he repetido con la liturgia de la Santa Misa: “Te pedimos humildemente Dios Todopoderoso que esta ofrenda sea llevada a tu presencia hasta el altar del Cielo por manos de tu ángel” (Misal Romano, Plegaria Eucarística I), con la intención de incorporar el dolor de esas criaturas a la Cruz, donde encuentra el verdadero sentido su sufrir y se convierten en el mismo Cristo. En estos años, he tenido muchas ocasiones de intentar explicar el sentido de su sufrimiento a niños y padres. En todo momento he puesto por intercesor a Josemaría Escrivá, que con su cariño humano y sobrenatural siempre conseguía consolar y reconfortar a quien lo necesitaba.

Recuerdo a un niño de doce años que sufrió una lesión en un grave accidente, provocándole la inmovilidad de todo el cuerpo, excepto la cabeza, y la abolición del centro respiratorio. Después de ser atendido en otro hospital, donde se debatió entre la vida y la muerte, fue trasladado a nuestra UCI. Sus padres nos contaron apenados algunos comentarios que habían escuchado: “la desgracia que le suponía no haber muerto en el accidente, porque vivir así —decían junto a su cama— no merece la pena”. Estaba claro que, además de los numerosos cuidados que necesitaba, teníamos que ayudarle a entender el verdadero sentido de su enfermedad, para sobrellevarla durante toda su vida.

Yo daba vueltas a unas palabras de Escrivá de Balaguer contenidas en Via Crucis: “Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús sufre por cumplir la Voluntad del Padre. Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento? Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo”. (Via Crucis, I-1)

Me encomendé a él, con la seguridad de que sería mi mejor intercesor para hacer entender a ese niño su situación. Llamándole la atención hacia un Crucifijo que tenía delante de él, le pregunté si sabía quién era y que le había pasado. Lo sabía a medias, posiblemente porque no estaba preparado para la pregunta o quizá, porque hacía tiempo no había ido a la catequesis. Entre los dos lo recordamos.

Le hice ver que Él tampoco podía moverse. Tenía clavadas las manos y los pies. Tampoco podía respirar por la postura. Sufría así porque era la condición para llevar al Cielo a todas las personas del mundo. A los que más quería, los había elegido para tenerlos con Él en la Cruz, para que le ayudaran en esa empresa. Claramente él era un elegido. Le iba a ser difícil; pero en el mundo había muchos hombres que necesitaban ese sacrificio. Por eso, su vida valía más que ninguna otra, porque era de los que tenían el encargo especial de Jesús para ayudarle. Podía encontrarse con personas a lo largo de su vida, que no lo supieran o no lo entendieran, pero no lo podía olvidar nunca, pasara lo que pasara, porque Jesús contaba con él. Me quedé un rato sentada a su lado mientras se le caían las lágrimas hasta que se durmió. A partir de entonces, todos los días me reclamaba y me pedía, con el lenguaje de los labios, que le contara otra vez "lo de la Cruz". Siempre lo escuchaba con el mismo interés. Espero que ahora, incorporado a una vida relativamente normal teniendo en cuenta sus grandes limitaciones, todavía lo recuerde.

No hay en este mundo mayor sufrimiento que el de los padres ante el dolor y la muerte de un hijo, sea cual sea su edad. Una madre desesperada al ver la agonía de su hijo me decía entre lágrimas: “No entiendo cómo la Virgen, que también fue madre, permite que Dios le haga esto a mi hijo. No soportaré vivir sin él”. Intenté animarle a meterse en el Evangelio —como nos sugería Josemaría Escrivá— y así, contemplar a María al pie de la Cruz junto a su Hijo agonizante, pretendiendo explicarle como el tremendo dolor que ella sufrió, contribuyó a hacer fecunda la muerte de Jesús. No sé hasta que punto le sirvió de consuelo, pero pasó de la rebeldía —humanamente comprensible— a la aceptación, buscando la fuerza en visitas diarias a la Virgen. Se lee en “Camino”: “Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano —no hay dolor como su dolor—, llena de fortaleza. —Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz” (Camino, 508)

Con estas líneas he pretendido reflejar algunos aspectos de la influencia que ha tenido en mi trabajo el espíritu transmitido por Josemaría. Él lo encarnó en su propia vida y lo hizo llegar con su incansable predicación a miles de personas en todo el mundo que luchan a diario por ser contemplativos. Un espíritu que puede informar cada segundo de nuestra vida y que gracias a mi vocación profesional, me ha llevado a "tocar" la misma raíz del misterio cristiano: el misterio del amor y de la misericordia de Dios. Por eso me atrevo a escribir “Niño” y “Enfermo” con mayúscula.