Testimonios
¿Cómo es Dios?
Kristina Simon, Suecia
1 de mayo de 2009
Nací en Estocolmo y he vivido siempre en esa ciudad. Tuve la suerte de crecer en una familia profundamente cristiana: mi padre es católico, mi madre protestante y tengo tres hermanos. Los cuatro hijos fuimos bautizados en la Iglesia católica cuando éramos pequeños y desde niños fuimos educados en la fe cristiana, en un aire de mucha libertad.Como Dios siempre ha ocupado un lugar muy importante en mi familia, ya desde pequeña, estaba presente en mi vida y también en las conversaciones familiares. Aún así, en la vida de cada día había en el fondo, como una cierta seguridad básica. Conocía a Dios y le rezaba como me habían enseñado mis padres, pero me faltaba una relación más personal y continua con Él. Por eso, las enseñanzas de san Josemaría Escrivá, tuvieron un papel decisivo para llegar a conocer más a Dios, y a desarrollar una relación de verdadera amistad con Él.
Conocí el mensaje de monseñor Escrivá de Balaguer por lo que oía contar a otros y por la lectura de “Camino”, que era en aquel tiempo el único libro suyo traducido al sueco. Desde entonces le he ido conociendo más y más y he podido confirmar la verdad de mis primeras impresiones sobre su espíritu, además de ampliarlas y profundizarlas.
Lo primero que me impresionó del fundador del Opus Dei fue su carácter humano y sobrenatural a la vez. Encontraba en sus enseñanzas calor y cariño humano extraordinarios, junto a una auténtica preocupación desinteresada por cada alma. San Josemaría expresó la unión de lo humano y lo divino con esa idea muy gráfica: “el cielo y la tierra parecen unirse en la línea del horizonte, pero donde se juntan de verdad es en nuestros corazones cuando vivimos santamente la vida ordinaria.”(cfr. Conversaciones, 116).
Este aspecto humano-divino me atrajo profundamente y despertó un afán de conocer más sus enseñanzas. A medida que fui profundizando me convencí de que tenía que tomar mi vida cristiana más en serio: poner a Dios en lo de cada día, empezar a hacer oración con más regularidad… y pensaba hacerlo con la ayuda de los consejos, accesibles y sencillos de san Josemaría, perfectamente aplicables a mi situación de estudiante: vivir con Dios y para Dios, no requiere circunstancias u obras extraordinarias. Dios me esperaba en el estudio, en el trato con mi familia y mis amigas, tanto en momentos de diversión y satisfacción como en momentos de dificultad y sufrimiento.
Una verdad muy importante que aprendí del fundador del Opus Dei fue entender a fondo cómo es Dios. De un modo vivo y gráfico me mostró un Dios que es Padre y Amigo, siempre muy cercano, que me ama de verdad, más que todas las madres y padres del mundo pueden amar a sus hijos y que quiere tener una relación íntima y constante conmigo. Esta imagen de Dios echaba fuera toda visión de Él como alguien que es un obstáculo, que me prohibe hacer ciertas cosas. Entendí que Dios es el único que puede llenar mi vida - una vida que viene de Él y que a Él tiene que ser dirigida- y responder a los sueños más atrevidos. Entendí que su voluntad no es otra cosa que mi felicidad, y como Él es mi creador, con perfecto conocimiento de como "funcionan" mejor sus obras, las criaturas, el no buscar y hacer lo que Dios quería de mí, significaría dejar los medios que Dios me ofrecía para hacerme una persona verdaderamente feliz.
Otro aspecto muy característico de san Josemaría que me ayudó mucho, es su gran optimismo ante la vida y también ante nuestra posibilidad de crecer en amistad y amor a Dios y mejorar en las virtudes. Optimismo que no es una ingenuidad, un intento de huir con la imaginación cuando la realidad se presenta demasiado dura. San Josemaría es, al contrario, un hombre sumamente realista, con gran amor a la verdad y la sinceridad. Su optimismo se fundamenta precisamente en la realidad, la realidad de que nosotros, los hombres, de verdad somos hijos queridísimos de Dios, y de que este Dios, que solamente quiere nuestro bien, permite dificultades de distintos tipos para nuestro propio crecimiento y para nuestra amorosa unión con Cristo en la cruz. Así aprendí a superar distintas dificultades con espíritu deportivo y confianza en Dios. Me ayudó, por ejemplo, a estar firme en mis convicciones y en mi comportamiento como joven cristiana mientras estaba rodeada de amigos, conocidos y compañeras del colegio que no entendían mi decisión de tomar mi vida cristiana más en serio, sino que "tiraban" hacia el otro lado.
Su optimismo basado en la realidad sobrenatural de Dios y en su providencia te lleva necesariamente a una paz y una alegría que la gente nota y aprecia. Al terminar el bachillerato después de haber estudiado tres años juntos, me dijo un compañero del colegio con quién no había tenido demasiado trato: “Gracias por haber sido siempre tan alegre durante estos tres años”.
También “Camino” me impulsó a ayudar a otras personas a conocer a Dios: en especial el primer punto del libro me hacía descubrir la gran responsabilidad como cristiana de dar lo que había recibido. Esta responsabilidad ha resultado más patente cuando las personas me han comentado que yo soy la única cristiana joven que han conocido en su vida.
Intentando acercar otras personas a Dios, he experimentado y sigo experimentando la gran alegría que esto significa, con el convencimiento de que el encuentro con Dios es lo mejor que puede pasar a una persona, y por lo tanto, algo que es una consecuencia inmediata del amor a mis amigos. Aunque puede parecer que algunos no quieren saber nada de Dios o hablar de Él, ciertamente no es así. También en un país como el mío, donde muchas personas viven lejos de Dios, hay en el fondo una sed muy grande de Dios.
Esto me ayuda a hablar de Dios con mis amigos sin miedo. Nunca he ocultado mi condición de cristiana o las consecuencias para la vida que esta condición lleva consigo. Al contrario he ido buscando ocasiones de confesarlo, tanto con la palabra como con el esfuerzo para vivir mi fe coherentemente. Aunque he tenido que ir muchas veces contracorriente, algo que no siempre ha sido fácil, he visto que la valentía al hablar de Dios que aprendí de san Josemaría ha valido la pena. Gracias a Dios, he podido facilitar el camino para varias personas que se han convertido o se han acercado a Dios. Por ejemplo en mi clase en el bachillerato yo era la única católica y cristiana practicante. El primer día me presenté a un compañero de clase que estaba a mi lado y por nuestra conversación supo que yo era católica. El mismo día casi todos de mi clase lo supieron por él. Desde este día tuvimos muchos debates sobre cuestiones religiosas y morales. Al principio, yo estaba sola defendiendo la fe, pero después de dos años éramos dos. Una amiga de mi clase, se convirtió y se bautizó. Y se acercó a la fe católica por las enseñanzas de san Josemaría y algo que le ayudó en el camino hacia la fe fue precisamente la alegría que descubrió en su mensaje.
Me parece que sus enseñanzas siempre podrán ofrecer una gran ayuda para la gente joven - o con espíritu joven - en el camino hacia Dios. Tiene la plasticidad necesaria para nunca pasar de moda, - se trata precisamente de buscar a Dios en las circunstancias donde cada uno esté - y a la vez, la estabilidad que requiere una doctrina que quiere ofrecer unos valores auténticos y un camino serio - pero todo menos triste- hacia Dios. Esto es lo que cada hombre, y sobre todo la gente joven, busca.

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