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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
Una única vida, santa y llena de Dios
Sucedió así, en un día de mucho sol, en un tranvía que había tomado en Atocha. Era una luz nueva, que iluminaba desde otro ángulo aquello que ya había visto claro el 2 de octubre de 1928: el cristiano puede –debe– ser santo en medio y a través de las cosas ordinarias de la vida –la profesión, la familia, los amigos–, sin necesidad de salir de su sitio.
A esto se refería el Fundador del Opus Dei cuando enseñaba a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.
¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo– santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.
No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca.
Don Ricardo Fernández Vallespín ha relatado un caso práctico de cómo materializaba el Fundador del Opus Dei la vida espiritual. Antes de pedir su admisión en la Obra, don Ricardo había hecho la promesa –aún sin cumplir– de ir a la ermita de Sonsoles (Ávila) desde Madrid. Don Josemaría le dijo que, aunque podría dispensarle de ella, la cumpliría, y él le acompañaría, pero haciendo la peregrinación de una manera distinta a como don Ricardo había pensado inicialmente.
Un día de la primavera de 1934 fueron de Madrid a .Ávila en tren. Les acompañaron José María González Barredo, y Manuel Sainz de los Terreros. Desde Ávila emprendieron el camino de Sonsoles rezando cinco misterios del Rosario; en la ermita rezaron otros cinco y, al regresar, los restantes. El camino era de tierra, polvoriento, aunque podían circular automóviles. Hay un momento en que se divisa la ermita, luego una pequeña colina la oculta, pero, siguiendo adelante, al acabar la cuesta, la ermita vuelve a aparecer. Pocos días más tarde el Fundador del Opus Dei, en una de las meditaciones que les dirigía, les hizo considerar que lo mismo ocurre en la vida interior. Hay temporadas en que no se ve la meta, y todo se hace “cuesta arriba” Pero si eran fieles y dóciles, encontrarían el premio al coronar la cuesta, volviendo a ver. Y así tendrían paz y felicidad.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
A esto se refería el Fundador del Opus Dei cuando enseñaba a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.
¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo– santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.
No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca.
Don Ricardo Fernández Vallespín ha relatado un caso práctico de cómo materializaba el Fundador del Opus Dei la vida espiritual. Antes de pedir su admisión en la Obra, don Ricardo había hecho la promesa –aún sin cumplir– de ir a la ermita de Sonsoles (Ávila) desde Madrid. Don Josemaría le dijo que, aunque podría dispensarle de ella, la cumpliría, y él le acompañaría, pero haciendo la peregrinación de una manera distinta a como don Ricardo había pensado inicialmente.
Un día de la primavera de 1934 fueron de Madrid a .Ávila en tren. Les acompañaron José María González Barredo, y Manuel Sainz de los Terreros. Desde Ávila emprendieron el camino de Sonsoles rezando cinco misterios del Rosario; en la ermita rezaron otros cinco y, al regresar, los restantes. El camino era de tierra, polvoriento, aunque podían circular automóviles. Hay un momento en que se divisa la ermita, luego una pequeña colina la oculta, pero, siguiendo adelante, al acabar la cuesta, la ermita vuelve a aparecer. Pocos días más tarde el Fundador del Opus Dei, en una de las meditaciones que les dirigía, les hizo considerar que lo mismo ocurre en la vida interior. Hay temporadas en que no se ve la meta, y todo se hace “cuesta arriba” Pero si eran fieles y dóciles, encontrarían el premio al coronar la cuesta, volviendo a ver. Y así tendrían paz y felicidad.
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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
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