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Dios no se repite

Cardenal Julián Herranz

Etiquetas: Iglesia, Juan Pablo II, Opus Dei, Prelatura del Opus Dei, Primeros cristianos
Juan Pablo II y el obispo Prelado del Opus Dei Álvaro del Portillo, el 18-V-1992
Juan Pablo II y el obispo Prelado del Opus Dei Álvaro del Portillo, el 18-V-1992
El Espíritu Santo no ha cesado de sorprendernos a lo largo de los siglos al enriquecer y llenar de colorido a toda la Iglesia. A finales del segundo milenio se produjo un florecimiento de nuevas realidades eclesiales.

Algunas ya están encuadradas en la institución eclesiástica; otras aún no, o no del todo. Pero cada una de ellas aporta nuevos brillos, y el Cuerpo místico de Cristo resplandece con la luz de estos nuevos carismas.

Pues bien, el Opus Dei, la Prelatura personal del Opus Dei cuenta con un carisma propio, un don singular del Espíritu Santo que contribuye al esplendor de la Verdad de Cristo; y que es, como el resto de las piezas del puzzle, de diseño específico. Dios no se repite.

Las personas del Opus Dei son, en su inmensa mayoría, laicos: hombres y mujeres, casados y célibes, de todas las profesiones y oficios. Son fieles corrientes de cualquier diócesis del mundo, que están llamados a difundir –con unidad de espíritu, de formación específica y de régimen de gobierno— un mensaje universal: la llamada a la santidad y al apostolado en medio del mundo, el encuentro pleno y comprometido con Cristo en el trabajo profesional cotidiano y en los deberes de la vida familiar y social.

Dentro de la Iglesia hay piezas de una luminosidad espectacular en un determinado ámbito: la enseñanza, por ejemplo, o las obras de caridad con los pobres y marginados. Otras que no se ven, pero ayudan decisivamente a sostener a las demás: las religiosas o religiosos de clausura, por ejemplo, con la fuerza de su oración y su sacrificio. Otras que desarrollan preferentemente su actividad en ámbitos periféricos o incluso externos a la realidad social de la Iglesia, como el ecumenismo o el diálogo interreligioso. Y otras, como el Opus Dei, que han recibido un carisma dirigido a todos los fieles que, como los primeros cristianos en medio de la sociedad pagana, desean por vocación ser ayudados, mediante una peculiar asistencia pastoral, a vivir con plenitud todas las exigencias ascéticas y apostólicas de sus compromisos bautismales, particularmente en y a través de su profesión u oficio habitual.

Ut sit, que sea

La Declaración Prelaturae personales, de la Congregación para los Obispos, fue efectivamente publicada en la edición del sábado 27 de noviembre de L´Osservatore Romano, que llevaba fecha del domingo 28. Iba acompañada por dos amplios comentarios del cardenal Baggio y de monseñor Costalunga.

Meses más tarde, el 4 de marzo de 1983, a mediodía, llevé a don Álvaro el elegante pergamino con el texto auténtico de la Constitución Apostólica Ut sit, documento jurídico de máximo rango, que formalizaba el modo solemne la decisión del Papa de erigir el Opus Dei en prelatura personal.

Hasta en el título de la Constitución apostólica era viva la presencia de San Josemaría. La Santa Sede había querido encabezar delicadamente el documento con una conocida jaculatoria que el fundador del Opus Dei repitió incesantemente, implorando la ayuda de la gracia divina, a través de la Virgen, para que fuera realidad lo que barruntaba que el Señor le pedía: “Domina, ut sit!, Domine ut sit! “Domina, ut sit!, Domine ut sit! –¡Señora, que sea!, ¡Señor, que sea eso que Tú quieres!”.


HERRANZ, Julián. En las Afueras de Jericó. Recuerdos de los años con san Josemaría y Juan Pablo II, pp. 182-183 y 310-311. Ediciones RIALP. Madrid, 2007.