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Eucaristía: santidad y santificación

Mons. Flavio Capucci

Etiquetas: Eucaristía
Si el misterio eucarístico constituye el centro de la vida de la Iglesia, la fe en la Eucaristía representa quizá el signo más auténtico de la identidad católica, hecho tangible en los frutos de santidad que brotan para los cristianos que construyen sobre ella la propia vida espiritual. San Josemaría Escrivá es un testigo significativo de esta centralidad.

En su mensaje, la proclamación de la vocación universal a la santidad se especifica en la referencia a las actividades terrenas no sólo como lugar de encuentro con Cristo, sino también como medio y materia de santificación. En este contexto teológico, en el que el misterio de la Encarnación es percibido con radicalidad, la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía asume una función decisiva tanto para la santificación personal como para la redención del mundo.

Por lo que se refiere al primer aspecto, san Josemaría no dudó en afirmar que la Eucaristía es “centro y raíz de la vida espiritual” (Es Cristo que pasa, n. 87), como dirá después el decreto Presbyterorum ordinis. Son centenares de miles los hombres y las mujeres a los que san Josemaría animó a testimoniar la centralidad de la Misa en la vida cotidiana. Insistía en confirmar la necesidad –hoy a menudo silenciada- de prepararse para recibir dignamente al Señor, purificando el alma en el sacramento de la Penitencia. Inspirados por su amor a la Eucaristía, casi un millar de profesionales decidieron ordenarse sacerdotes. Enseñó a observar con ejemplar fidelidad las prescripciones litúrgicas relativas al culto y propagó intensamente en el pueblo de Dios la devoción eucarística: visitas al Santísimo, oración mental delante del Sagrario, comuniones espirituales, bediciones y exposiciones, velas nocturnas de adoración...

Por lo que se refiere al segundo aspecto, en san Josemaría encontramos una anticipación de los desarrollos que la centralidad de la fe eucarística está destinada a tener en el marco de la nueva evangelización que aguarda a la Iglesia en el tercer milenio. En esta perspectiva, adquiere particular actualidad un mensaje de santificación del mundo ab intra, de toma de conciencia de las virtualidades apostólicas que se derivan de la presencia del laicado en los núcleos vitales de la sociedad. A la luz de lo que se acaba de señalar se acentúa la dimensión de la Eucaristía como primera fuerza dinámica de la vida cristiana, siendo la Misa el sacrificio de Cristo que asume en sí y diviniza el esfuerzo del hombre: “Nuestro Dios ha decidido permanecer en el Sagrario para alimentarnos, para fortalecernos, para divinizarnos, para dar eficacia a nuestra tarea y a nuestro esfuerzo”. (Es Cristo que pasa, n. 151). Todo el obrar humano resulta elevado y santificado (cfr. 155): debemos recordar que, “si hemos sido renovados con la recepción del Cuerpo del Señor, hemos de manifestarlo con obras. Que nuestros pensamientos sean sinceros: de paz, de entrega, de servicio. Que nuestras palabras sean verdaderas [...], Que nuestras acciones sean coherentes, eficaces, acertadas: que tengan ese bonus odor Christi” (n. 156).

Cada cristiano se convierte, entonces, en una hostia viva, su alma en gracia en un Sagrario vivente en medio del mundo, su trabajo en materia de un sacrificio de alabanza a Dios que, unido al del Cuerpo y al de la Sangre de Cristo, transforma el mundo, lo eleva por el Espíritu Santo hasta el Padre, lo salva. Con la fuerza de la Eucaristía el cristiano es capaz de poner la Cruz de Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. En una meditación predicada en la Solemnidad de Corpus Christi, san Josemaría decía: “Debemos descubrirlo también en nuestro quehacer ordinario. Junto a esa procesión solemne de este jueves, debe estar la procesión callada y sencilla, de la vida corriente de cada cristiano, hombre entre los hombres, pero con la dicha de haber recibido la fe y la misión divina de conducirse de tal modo que renueve el mensaje del Señor en la tierra. No nos faltan errores, miserias, pecados. Pero Dios está con los hombres, y hemos de disponernos para que se sirva de nosotros y se haga continuo su tránsito entre las criaturas. Vamos, pues, a pedir al Señor que nos conceda ser almas de Eucaristía, que nuestro trato personal con El se exprese en alegría, en serenidad, en afán de justicia. Y facilitaremos a los demás la tarea de reconocer a Cristo, contribuiremos a ponerlo en la cumbre de todas las actividades humanas. Se cumplirá la promesa de Jesús: ‘Yo, cuando sea exaltado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí’ (cfr. Jn 12, 32)” (Es Cristo que pasa, n. 156).


Actas del Simposio Eucaristía: Santidad y Santificación, Roma, diciembre de 1999

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