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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Estos son los herejes por cuya conversión me pidió usted que ofreciera la Misa

Etiquetas: Barcelona, Cruz, Opus Dei, perdón
A pesar de que por aquellos días no debían pasar de media docena los que en Barcelona habían pedido la admisión en el Opus Dei –todos aún estudiantes–, se armó mucho ruido contra la Obra. En una ocasión, don Pascual Galindo, sacerdote amigo del Fundador, fue a la Ciudad Condal y estuvo en el Palau. Al día siguiente celebró Misa en un colegio de monjas situado en la esquina de la Diagonal y la Rambla de Cataluña. Le acompañaron algunos del Palau, que asistieron a Misa y comulgaron. La Superiora y alguna otra monja allí presente quedaron muy edificadas por la piedad de esos jóvenes estudiantes, y les invitaron a desayunar con don Pascual Galindo. En pleno desayuno don Pascual dijo a la Superiora: “Estos son los herejes por cuya conversión me pidió usted que ofreciera la Misa”. La pobre monja –recuerda uno de ellos– a poco se desmaya: le habían hecho creer que éramos una legión numerosísima de verdaderos herejes y se encontró con que éramos unos pocos estudiantes corrientes y molientes que asistíamos a Misa con devoción y comulgábamos”.

En la Universidad eran tachados de herejes en público. Se les calificaba como gente rara. Pero su comportamiento era en todo normal, sin una palabra de queja o de amargura. Seguían el ejemplo y el consejo del Fundador: callaban, trabajaban, sonreían, perdonaban. Y veían todo aquello como algo providencial, que Dios haría fructificar para bien. Rafael Termes, entonces director del Palau, dio una gran alegría al Fundador, al escribirle desde Barcelona que podía estar tranquilo con ellos, pues ni una palabra de falta de caridad se había escapado de sus labios.

Aunque en el Palau no había oratorio, se había puesto una cruz de palo, como esa cruz de madera negra, sin brillo y sin imagen del Crucificado, descrita en 1934 en Consideraciones Espirituales:
Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor... y sin crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo..., que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú.

Se difundió por Barcelona que se crucificaban en esa pobre cruz, que había unos estudiantes que hacían ritos sangrientos en la calle Balmes.
A don Josemaría le dolió una vez más esta absurda afirmación. Pero su prudencia le llevó a hacer sustituir esa cruz por otra muy pequeña: Así no podrán decir –bromeó– que nos crucificamos, porque no cabemos.
Fray José López Ortiz corrobora que el Fundador del Opus Dei, ante esos y otros ataques y enredos, lo pasó mal, pero “no sufría por su persona, sino por el Señor, por la Iglesia, por la Obra y por las almas. A él personalmente no le importaba ni su honra –con tanta calumnia encima–, ni su prestigio, ni su fama, ni nada: era ejemplarmente humilde”.

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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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Conoció a san Josemaría en 1944 y al poco tiempo solicitó la admisión al Opus Dei: "Le daría un diez especialmente al director, porque lo que ha dicho es verdad. Ha cogido quien era él, la capacidad de perdonar, la capacidad de olvidar, de animarte". (El sonido no es bueno, pero ha prevalecido el valor del testimonio).

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