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Estancia de san Josemaría en Venezuela, agosto de 1974

Ana Sastre

Etiquetas: Viajes de catequesis
Aquí, en Venezuela -escribía Ana Sastre en Tiempo de Caminar, evocando la visita de san Josemaría a este país sudamericano- hay dos grandes estaciones: la de las lluvias, a la que se llama invierno, y la de sequía, que -aunque sea más fresca- recibe el nombre de verano.


El Padre llega al aeropuerto de Maiquetía, en Caracas, a las cinco de la tarde del día 15 de agosto; el huracán Alma ha mantenido en estado de alerta los aeropuertos nacionales, pero los vientos han pasado rumbo a occidente y la serenidad impera. Monseñor Escrivá de Balaguer viene todavía enfermo, sin recuperar. Un coche le recoge en la misma pista y sale camino de Altoclaro, una casa a varias decenas de kilómetros del aeropuerto.

Hacia la mitad del trayecto, los cerros que rodean la ciudad se ven inundados de «ranchitos» -casas muy pobres hechas con materiales diversos: cartón, planchas de zinc donde viven muchas personas que llegan a la capital, desde el interior del país, a buscar trabajo y mejores condiciones de vida.

Al verlos desde el coche, el Padre habla a los que le acompañan de la necesidad de no olvidar a estas gentes, facilitándoles formación para adquirir mejores condiciones de vida. Les subraya la urgencia de que muchas personas, con mentalidad cristiana, se ocupen de distribuir bien las inmensas riquezas naturales que Dios ha concedido al país venezolano.

Nada más llegar a Altoclaro se reúne con un pequeño grupo de hijos suyos. Es una hora de emoción. Algunos ven hoy por primera vez al Fundador, aunque lleven años en el Opus Dei. Para cada uno tiene una palabra de afecto, un saludo cercano y familiar.

En esos encuentros se habla de los problemas de la vida cotidiana. Un padre de familia venezolano le preguntó qué podía hacer para educar a sus hijos.

- “Yo los pasearía un poco por esos barrios que hay alrededor de la gran ciudad de Caracas, -le contestó- para que vieran las chabolas, unas encima de otras. Que sepan que el dinero lo tienen que aprovechar bien; que han de saberlo administrar, de modo que todos participen de alguna manera de los bienes de la tierra. Porque es muy fácil decir: yo soy muy bueno, si no se ha pasado ninguna necesidad.

Un amigo, hombre de mucho dinero, me decía una vez: yo no sé si soy bueno, porque nunca he tenido a mi mujer enferma, encontrándome sin trabajo y sin un céntimo; no he tenido a mis hijos debilitados por el hambre, estando sin trabajo y sin un céntimo; no me he encontrado en medio de la calle, tendido y sin un cobijo... No sé si soy un hombre honrado: ¿qué habría hecho yo, si me hubiera sucedido todo eso?

Mirad, hemos de procurar que no le pase a nadie; hay que habilitar a la gente para que, con su trabajo, pueda asegurarse un bienestar mínimo, estar tranquilos en la vejez y en la enfermedad, cuidar de la educación de los hijos, y tantas otras cosas necesarias. Nada de los demás puede resultarnos indiferente y, desde nuestro sitio, hemos de procurar que se fomente la caridad y la justicia".


San Josemaría en Venezuela
San Josemaría en Venezuela
Aunque su deseo era tener diversos encuentros de catequesis con venezolanos, la enfermedad y el cansancio de un largo viaje de catequesis por tierras americanas se lo impidió. Los médicos le aconsejaron que regresara a Europa para reponerse y descansar.

Se despidió cariñosamente de los venezolanos, aceptando la voluntad de Dios, con el deseo de volver cuanto antes.


Ana Sastre, Tiempo de caminar, Rialp, Madrid, 1989, pp. 583-585