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Escrivá de Balaguer: la verdadera conciliación de los contrarios
Carlos Llano

Josemaría Escrivá de Balaguer fundador del Opus Dei fue calificado por Juan Pablo II, en el momento de su beatificación, como “pregonero de la santificación del cristiano en medio del mundo”. La palabra “santificación”, así como “santidad”, de profunda raigambre cristiana, ha perdido desgraciadamente la fuerte virtualidad que le es propia: santidad significa plenitud del hombre en todos sus aspectos, no sólo los sobrenaturales, es decir, su relación con Dios, sino también en los simplemente humanos: hablamos evidentemente de la plenitud que el hombre puede alcanzar en esta vida terrena. De ahí que Josemaría Escrivá conciba al hombre de una manera que hoy día puede sorprendernos. La cultura actual considera al ser humano desde perspectivas muchas veces verdaderas, pero parciales. Al enfatizar excesivamente una legítima dimensión humana, puede caer en el peligro de atrofiar otras dimensiones del hombre que contribuyen a su plenitud, es decir, a su santidad.
Por ello el concepto de ser humano que aporta Josemaría Escrivá a la cultura contemporánea, nos sorprende por el equilibrio y la armonía con la que logra reunir en el hombre que aspira a la santidad en medio del mundo, aspectos o cualidades que se consideran hoy erróneamente como contrapuestos. La primera conjunción o interrelación que se descubre en su pensamiento y en su vida, es precisamente aquella por la que más se le distingue: la misión de todo cristiano para llevar a la perfección, a la plenitud (volvemos a repetir, a la santidad), las tareas ordinarias de la vida. Cualquier lícita ocupación del hombre es santificable, vale decir, capaz de plenificar al que la realiza y a sus destinatarios, siempre que se haga como cumplimiento de la voluntad de Dios –que técnicamente puede llamarse deber de estado– y con la intención de mejorar a los hombres destinatarios de esas tareas. Se trata nada menos que de conjugar lo extraordinario con lo ordinario. El Fundador del Opus Dei supo decirlo al expresar que cualquier hombre, ayudado por la gracia de Dios, debe hacer extraordinariamente bien las acciones ordinarias de su vida común y corriente.
En relación con los demás, Josemaría Escrivá lleva a cabo en su propia vida y en sus enseñanzas, que inciden en miles y miles de personas, el equilibrio de otros dos aspectos que la sociedad actual necesita clarificar con apremio. Me refiero al sentido social de la tolerancia que el cristianismo promueve desde sus primeros pasos, cuando pide en el evangelio nada menos que el amor al enemigo. No hay fórmula que subraye con tanta fuerza lo que hoy se anda buscando a palos de ciego: una tolerancia con las personas que no llegue a la anarquía, al permisivismo y a la degradación. Así lo resume quien a estas horas ya habría sido canonizado: intransigencia con la doctrina, con el error, pero transigencia –incluso amor y cariño– con la persona. Se puede ser existencialmente amigo en medio de una intelectual divergencia. La amistad no nos obliga a concesiones de aquello que consideramos demostrativamente verdadero. Como lo dijo gráficamente Escrivá, no debemos romper nuestras relaciones amistosas con quien sostenga que dos más dos son cinco (aunque tampoco debemos admitirlo para seguir siendo amigos).
Esta síntesis entre la amistad y la verdad tiene también otro matiz importante en su relación con nuestros iguales: hemos de ser transigentes, comprensivos, caritativos, con los defectos de los demás, al tiempo que tomamos una actitud de intransigencia y de rigor con los defectos propios.
Quienes tuvimos la gracia de Dios de convivir estrechamente con Josemaría Escrivá, podemos dar testimonio de otro campo en la interrelación de aspectos humanos que parecen ser adversos entre sí. La profundidad de su pensamiento se hace enteramente compatible con la simplicidad de su predicación, impregnada siempre de alegría y buen humor. Las verdades más importantes para el hombre –aquellas que se refieren a sus situaciones límite– son enfocadas por Escrivá de Balaguer con un sentido optimista de la existencia y con un cariz casi jocoso en su manera de presentarlas, de modo que quedan desdramatizadas y se hacen asimilables para ese hombre común y corriente cuya santidad afanosamente –por amor de Dios– persigue. Tal vez sea éste uno de los rasgos más señalados de su atractiva personalidad.
Después de varios años sin asistir a una homilía suya, le escuché un largo comentario sobre la parábola de “el sembrador”, que es, como se sabe, uno de los pasajes evangélicos con consecuencias más profundas para la comprensión de las relaciones del hombre con Dios. Sabía que de San Josemaría obtendríamos un inagotable provecho con sus comentarios a este pasaje evangélico. Pero no tenía presente entonces que su manera de ayudarnos a hacer oración consistía en captarnos siempre por un lado de interés jocoso, apropiado para gente joven con un sentido naturalmente risueño de la vida. La semilla del sembrador caerá tristemente sobre rocas y sobre espinas... Pero su introducción fue muy distinta: “Sale el sembrador...; mejor dicho: salía, porque ahora todo se siembra con máquinas...”. Reviví en ese mismo instante los acentos agradables y acogedores con que hacía gozosa en su predicación y conversaciones la doctrina de Jesucristo.
Uno de los pensadores más ilustres del siglo XX, el ya fallecido Cornelio Fabro, señala la conciliación de dos contrarios aspectos de la persona, que se requiere para quien desea ser un verdadero hombre completo. Se refiere Fabro a la manera original como Josemaría Escrivá pone en equilibrio la completa obediencia a Dios, manifestada a través de las circunstancias ordinarias de su vida, y la plena libertad personal sin la que el cristianismo no sería enteramente vivido. Comprometiéndose con Dios para cumplir el plan al que Él mismo le ha llamado, el ser humano no pierde la libertad que le es esencial: al revés, tal compromiso es uno de los actos en que ejercita esta característica suya con mayor acierto. Quien no se compromete con nada valioso, se hace esclavo de las pasiones y sentimientos más banales, que pretenden llenar ese vacío producido por la falta de compromisos serios. Josemaría Escrivá lo decía gráficamente en un lenguaje coloquial que es claro para todos nosotros: obedezco a Dios porque me da la gana, que es, si bien se mira, un profundo motivo sobrenatural.
Encontramos aún otro ensamble o interrelación en dos aspectos de la vida social que muchos no logran ahora conjugar: la más completa y filial entrega a la Iglesia Católica y a sus enseñanzas, compatible con la heterogeneidad y aun adversidad de las opiniones que los cristianos, en uso de su personal responsabilidad, pueden sostener en el amplio campo que Dios ha dejado a la libre discusión de los hombres. Abominaba Escrivá de Balaguer lo que alguna vez llamó mentalidad de partido único, sostenida, incluso con buena voluntad, por aquellos cristianos que querían, fundamentándose en la profesión de la misma fe, constituir una fuerza poderosa supuestamente capaz de orientar a grupos de personas o naciones por un buen camino político, económico o social.
Finalmente, a la hora de presentar un resumen de esta síntesis o conciliación de aspectos humanos que podemos reduccionistamente separar por su aparente contrariedad, minusvalorando unos para que otros predominen, debo dejar apuntado aquí el aspecto de su enseñanza que más me ha llamado la atención, y que he tenido la venturosa oportunidad de ver encarnado a lo largo de su vida, llena de obstáculos y repleta al mismo tiempo de dichas: encontrar la alegría precisamente en la Cruz. La alegría tiene sus raíces en forma de Cruz, nos dijo. ¿Cuántos de nosotros encontraríamos la paz y la felicidad que puede alcanzarse en este mundo, si halláramos en Josemaría Escrivá el ejemplo de esa armonía, equilibrio, síntesis, que se da entre la alegría y el sufrimiento?
"Público", Ciudad de Guadalajara (México), día 6 de octubre de 2002
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