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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Padre cura, ésta no vale 'na' ¡la nuestra es la que vale!

Etiquetas: Virgen, Santuario Mariano
Aquel día, después de consagrar el altar, se quedó un buen rato con los residentes, en el salón de actos. Y resaltando cómo Cristo perdonaba desde la Cruz, vino a su mente la primera vez que había estado en Sevilla, durante una Semana Santa. Se puso a hacer oración delante de un paso, de una imagen de la Virgen:
Me fui a la luna. Viendo aquella imagen de la Virgen tan preciosa, ni me daba cuenta de que estaba en Sevilla, ni en la calle. Y alguien me tocó así, en el hombro. Me volví y encontré un hombre del pueblo, que me dijo:
–Padre cura, ésta no vale
na; ¡la nuestra es la que vale!

De primera intención casi me pareció una blasfemia. Después pensé:
–Tiene razón; cuando yo enseño retratos de mi madre, aunque me gustan todos, también digo: éste, éste es el bueno.
¡Qué amor tenéis a la Virgen aquí, hijos míos! Que Ella os bendiga y os guarde.
Que os haga limpios, que os haga rectos, que os haga alegres –lo sois–, que os haga felices en la tierra; aunque tengáis algún pecadillo que otro... Jesucristo os perdonará, porque cuando volvéis a Ella, volvéis a su Hijo.
Además, somos tan débiles todos... Ya rezaréis para que también yo vuelva siempre a mi Madre, con el amor que le tenéis vosotros. He venido a Sevilla, una vez más, para aprender a amar a la Virgen. No vengo a enseñar: vengo siempre a aprender. Y quiero a la Virgen en todas vuestras imágenes, que son tan maravillosas. Precisamente me decían ayer:
–¿No irá usted a ver..., tal imagen de la Virgen?

Y yo les contesté:
–Mira, a mí me gustan todas las imágenes de Nuestra Señora. Tendría que ir a verlas todas, y eso no es posible; así que no podré ver esa imagen que me dices.
En un rincón de Aragón estamos levantando un gran santuario a la Virgen. Amo tanto a Nuestra Señora, que no haré ninguna propaganda de la Virgen de Torreciudad, ninguna (...). Porque amo todos los retratos de mi Madre, todas las imágenes de la Virgen.


En los primeros años de su vida, ermitas y santuarios de toda España habían conocido los piropos –el Santo Rosario– del Fundador del Opus Dei. Luego serían del mundo entero: Lourdes, Fátima, Loreto, Einsiedeln, Guadalupe (México), Nuestra Señora Aparecida (Brasil), Luján (Argentina), Lo Vázquez (Chile). O cualquier imagen de Santa María escondida en los rincones de una calle madrileña o romana, o en iglesias –católicas o no– de media Europa.


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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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