Testimonios
Entrevista a Rosalía López
Rosalía López vive en Roma desde 1946, donde se trasladó a vivir por invitación de san Josemaría. Hacía apenas unos meses que había decidido formar parte del Opus Dei...
8 de junio de 2009
Mientras trabajas, dile alguna cosa cariñosaRosalía López vive en Roma desde 1946, donde se trasladó a vivir por invitación de san Josemaría. Hacía apenas unos meses que había decidido formar parte del Opus Dei, mientras trabajaba en la administración doméstica de la primera residencia de la Obra en Bilbao. Desde entonces hasta la marcha al cielo de san Josemaría, el 26 de junio de 1975, Rosalía trabajó en la sede central del Opus Dei.
¿Cúal es su último recuerdo?
Le vi el último día, a la hora del desayuno, antes de que saliera hacia Villa delle Rose, en Castelgandolfo, donde tuvo un encuentro con hijas suyas de todos los Continentes. Pero lo que tengo más vivo en el recuerdo sucedió el día anterior. Al terminar de comer, antes de salir del comedor, me dio las gracias: “muchas gracias, Rosalía, hija mía, por lo bien que nos has cuidado”. Siempre era muy agradecido, pero me pareció que lo decía de un modo distinto, con un sentido que iba más allá del servicio prestado por mi trabajo en ese momento. Me conmoví mucho, sin entender por qué y se lo comenté a Blanca Fontán que estaba cerca: “el Padre me ha dado las gracias de un modo distinto”. Blanca no le dio mucha importancia porque sabía de mi modo de ser emotivo. Al día siguiente, sin haber vuelto a hablarme, el Padre se iba al Cielo.
Tantos años cerca de una persona a la que Juan Pablo II declaró santo el 6 de octubre de 2002, ¿se daba cuenta de que era un hombre de Dios?
Sí. El Padre llevaba a Dios; con él aprendías a querer al Señor. Recuerdo que un día estaba limpiando el polvo y se acercó para preguntarme. “Oye, hija mía, ¿cuántos actos de amor has hecho ya?” Yo le respondí, “Padre, ¿y eso qué es?” Y me explicó: “Mira, esto que estás haciendo ofrécelo a Dios Nuestro Señor y, mientras, dile alguna cosa cariñosa”.
¿Qué destacaría de su modo de ser?
Era un verdadero Padre que sabía querer y sabía exigir. Te quería mucho, estaba cerca, te ayudaba. Le he visto hacer camas, limpiar, recoger y ordenar las cosas. No distinguía entre los tipos de trabajos: todos eran importantes y todo había que hacerlo bien, por amor a Dios.
Lo que más le importaba eran sus hijos y sus hijas. En el verano de 1962 pasó unas semanas en Londres; yo también había ido, con otras personas, para atender el trabajo de la casa donde vivían. Cuando se dio cuenta de que el día que tenían previsto regresar a Roma coincidía con mi santo –4 de septiembre–, cambió los billetes. “¿Cómo nos vamos a marchar si es el santo de esta hija mía?”, nos dijo. Todos los días teníamos un rato de tertulia con él y con don Álvaro del Portillo y no quería faltar ese día.
Otros recuerdos
Los primeros meses en Roma fueron especiales. Cuando llegamos a Roma vino el Padre con D. Álvaro a recibirnos al aeropuerto. Antes de que llegáramos al apartamento de la Piazza della Città Leonina donde vivíamos, había fregado los platos y ordenado la cocina para que encontráramos todo bien. Esa noche pusimos de cena tortilla de patata y pollo que habíamos traído en el avión, porque sabíamos que en Roma había mucha escasez y estaban pasando hambre. Era la época de posguerra. No había medios, ni dinero. Cocinábamos -para los eclesiásticos a los que el Padre invitaba a comer para explicarles la Obra- sirviéndonos de los braseros que había para calentar la casa. Faltaban las cosas más elementales, pero con ingenio y el apoyo de san Josemaría conseguíamos salir bien paradas.
Mientras limpiaba, le he visto muchas veces rezar en la terraza de la casa, mirando hacia los apartamentos Pontificios: estaba claro que rogaba por el Papa.
Otro recuerdo es del 27 de abril de 1954, cuando el Padre murió, como yo digo. Cuando entré en el comedor, don Álvaro estaba atendiendo al Padre que había tenido un shock por la diabetes que sufría desde hace años, y trataba de meterle azúcar en la boca. Me urgió a que fuera a buscar al médico. Yo, en ese momento vi al Padre muerto.
Por la tarde de ese día, el Padre y don Álvaro, al regresar a casa, entraron por la puerta de Villa Sacchetti 36, en lugar de entrar por Bruno Buozzi que era lo habitual. Me pareció un detalle de cariño para que nos quedáramos tranquilas al verle ya repuesto totalmente. Más tarde, pidió que le preparáramos una tortilla francesa. Al día siguiente, al verme, me dijo: “Rosalía, ya puedes darme azúcar porque estoy curado de la diabetes”.
En muchas ocasiones me decía: cuando pases delante de la vidriera de la Madonna, pídele que escuche al Padre.
Rosalía, ¿que querría dejar claro en esta entrevista?
La fe que tenía el Padre. Todo lo fiaba a la oración porque sabía que la Obra era de Dios.
Cuando surgían dificultades decía: “Tú, reza”. Durante todo este tiempo he visto cómo ha crecido la Obra. Era la fe del Padre: todo lo que decía, ha salido.
Actuaba también con una gran esperanza -le movía llegar al Cielo y ver al Señor- y mucho amor a Dios y a toda la gente.

Buscar en: Testimonios
Relación de contenidos
- Gracias al Papa y a 'Camino'
- Me mostró que en la Iglesia Católica hay libertad
- Anthony Muheria, Obispo de Kitui (Kenya)
- Roland Joffé
- Bailando el hula-hula en busca de la santidad
- Pensaba que la santidad era sólo para sacerdotes y religiosos
- Para protegernos del peligro
- Me dio un vuelco el corazón
- Desde el momento en que me puse bajo su intercesión…
- Me movía mucho pero no sabía hacia dónde
- A través de una película
- Entrevista a Rosalía López
- Soy la ventana de mis hijos
- ¿Cómo es Dios?
- Hija mía, no me hagas más fotografías ¡y reza por mí!
Español





Oración
RSS
FACEBOOK
TWITTER
YOUTUBE