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Testimonios

Encontré razón a muchas sinrazones

J. Carlos Bordolli Fattoruso, restaurador de libros, Uruguay

Etiquetas: Camino, Fe, Trabajo J. Carlos, uruguayo de pura cepa, llegó a la vida en el momento en que la selección uruguaya de fútbol se coronaba campeona del mundo. La vida lo hizo encuadernador y por sus manos pasó el libro Camino, escrito por san Josemaría. Para ese hombre de familia atea ya nada sería igual.

¿Qué puedo decir acerca de Mons. Escrivá y del Opus Dei? Es muy difícil hablar en pocas palabras de un mensaje sin hacer un poco de historia. Nací el año de Maracaná, el día de Maracaná y me bautizaron frente a la Asociación Uruguaya de Fútbol, en la Parroquia del Cordón a la hora del partido final. Todo orquestado por mi abuela italiana, Dofia Annunziata Molinari de Fattoruso. Pero en mi casa paterna, a Dios le habían cerrado la puerta.

Criado en un hogar ateo, donde se escribía y se pensaba a Dios con minúscula y María era simplemente el nombre de varias integrantes de la familia, crecí, estudié y comencé mi vida laboral. Mi único contacto con la Iglesia y la religión había sido mi bautismo ya relatado, las Primeras Comuniones de dos primas y algún casamiento religioso. Formé mi familia en 1972 un 17 de mayo, hoy soy padre de dos hijos y abuelo de dos nietos.

Soy fiel devoto de Mons. Escrivá, de su palabra, de su obra, de su filosofía y de su intercesión en mi vida. En 1986 mi hijo menor contrajo una enfermedad tan rara como gravemente mortal: polimiositis. Los esfuerzos del neurólogo y del oncólogo-pediatra no eran suficientes. Mi única esperanza para él y la familia: la oración. Mi súplica a Mons. Escrivá fue oída. Hoy mi hijo lleva una vida normal con 27 años. Desde ese momento mi respeto se convirtió en devoción y ya lo consideré un santo.

Como encuadernador-restaurador de libros, por mis manos han pasado cientos y miles de volúmenes. Joyas de la literatura, Biblias, catecismos, etc. Por el año 1976 un pequeño librito llamado Camino me llamó la atención. Mientras arreglaba sus deterioradas páginas, iba leyendo superficialmente sus puntos.

Fanático del trabajo como soy, vi la importancia que se le daba en el texto a este tema y sobre todo a la necesidad de trabajar con tanta responsabilidad como alegría. Me sentí identificado, le encontré razón a muchas sinrazones, y desde entonces ese libro pasó a ser parte de mi biblioteca particular. Lo estudié profundamente.

Cada día abrimos los ojos y nos enfrentamos al mundo y a sus desafíos... Nuestros deberes que cumplir, nuestra relación con el medio, con la familia, nuestro cultivo espiritual, nuestras devociones, no son otra cosa que nuestras respuestas. Si lo hacemos responsablemente y con alegría, con buena onda, podemos llegar al final de cada uno de esos días con una pequeña meta cumplida. Eso no es poco para cualquier ser humano en su corto paso por la vida terrenal. Si logramos contagiar ese espíritu que da la fe, habremos cumplido una tarea. Para eso debemos ser luchadores incansables...

En resumen. Un ateo, fanático del trabajo, conoce la palabra de monseñor Escrivá, la adopta, la sigue y la pone en práctica. Cuando, en un momento límite se encomienda desesperadamente, recibe una respuesta que reafirma materialmente la relación entre la fe humana y divina. Desde ese entonces su vida es una lucha permanente: por ser mejor, por ser ejemplo, por enriquecerse espiritualmente, por perdurar desde su trabajo diario... para que un día los hijos puedan repetir los versos que un día escribió un poeta: "Mi padre fue un hombre bueno".
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