PortadaTestimoniosEmpezamos a llamarle Padre
Testimonios

Empezamos a llamarle Padre

Lola Pardo Conde, España

17 de abril de 2007

Etiquetas: Opus Dei, Retiro
Conocí al Padre –así llamamos a san Josemaría-, después de finalizar la guerra civil española.

Venía a Valladolid acompañado de otros chicos de la Obra, donde fue conociendo a universitarios, entre ellos, a mi hermano Adolfo. Al principio les recibía en los distintos hoteles donde se alojaba: “Hotel España”, “Hotel Castilla”, etc. Como crecía y se intensificaba la labor apostólica, buscaron un piso que se llamó “El Rincón” y el día 2 de mayo de 1943, el Padre lo bendijo y llevó una imagen de la Virgen que se colocó sobre la repisa de la chimenea del cuarto de estar. En aquel lugar el Padre tenía tertulias con los estudiantes y los iba formando en el espíritu del Opus Dei, también les dirigía ratos de oración.

Mi madre, que acababa de quedarse viuda muy joven y con cinco hijos, tenía la preocupación de saber dónde iba a estudiar todas las tardes mi hermano Adolfo. Una tarde, se presentó en casa un tío que era nuestro tutor y le habló mal del Opus Dei, repitiendo algunas calumnias que habían surgido entonces. Mi madre con gran disgusto habló con mi hermano; él le dijo que allí sólo se hablaba de Dios, se estudiaba, se rezaba el Rosario, pero que, para su tranquilidad, podía ir a hablar con el sacerdote que había fundado el Opus Dei cuando viniera a nuestra ciudad.

Y así fue. San Josemaría llegó a Valladolid y, al enterarse de la angustia de mi madre, le dijo a mi hermano que él iría a nuestra casa –situada en la Acera de Recoletos, nº 13-1º. Llegó a media tarde. Su aspecto reflejaba la dignidad sacerdotal, un carácter jovial y afectuoso. Nos llamó poderosamente la atención a todos su gran alegría y, por su forma pausada y espontánea de hablar, empezamos a llamarle Padre. Mi madre en el transcurso de la conversación intervino con su claridad castellana: “dicen que ustedes son masones”.

La voz del Padre no perdió su tono cordial y sereno: “Hija mía, que digan lo que quieran”. Y pasó a explicarnos que los miembros del Opus Dei sólo tratan de amar a Dios, a la Iglesia, al Papa, de acercar a muchas almas a Dios, a través de su trabajo profesional bien hecho. Dejó muy claro su amor y respeto por todas las instituciones de la Iglesia, e insistió en que ellos no eran religiosos, que Dios les quería en medio del mundo.

Nos miró con mucho cariño a los cinco hermanos, que seguíamos sus palabras sin pestañear y nos dijo que éramos nosotros los que teníamos que conquistar el mundo, para poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Y que eso lo conseguiríamos si rezábamos mucho como hicieron los primeros cristianos. Después nos habló de sus hijas, así llamaba en tono familiar a las mujeres que pertenecían a la Obra, y que nos vendrían a conocer.

Varias semanas más tarde el fundador del Opus Dei vino a comer a nuestra casa. Todos le esperábamos con ilusión; nos siguió impresionando su gran fe en todo lo que estaba haciendo.

Mi hermano Miguel, que por entonces tenía diez años, al marcharse el Padre de casa le dijo a mi madre: “mamá cuida mucho esa butaca, porque este sacerdote será santo”.

A los pocos días vino a nuestra casa Encarnita Ortega –una de las primeras mujeres que pidió la admisión en el Opus Dei-; nos invitó a hacer un curso de retiro en la residencia de Zurbarán en Madrid. Allí nos fuimos mi hermana Mª Luisa y yo.

La primera meditación nos la dirigió D. José Luis Múzquiz, uno de los tres primeros miembros del Opus Dei que se ordenaron sacerdotes. Tosía mucho. A la mañana siguiente apareció san Josemaría y nos dijo: “qué mala suerte tenéis, porque este hijo mío al llegar a casa estaba malo y vengo a sustituirle yo, que soy una calamidad”.
Cuando empezó la oración con estas palabras: “Señor mío y Dios mío”... me impresionó muchísimo, se notaba que estaba metido en Dios. Luego habló del valor infinito de la Santa Misa; yo desde entonces, si no es por enfermedad, no he dejado de asistir diariamente.

Siempre recordaré con cariño ese primer curso de retiro, ya que guardo un gran agradecimiento a Dios, por haber tenido la suerte de haberlo hecho con san Josemaría, por el bien que hizo a mi alma, a pesar de mi juventud e inmadurez.

Pasó bastante tiempo hasta que solicité la admisión como Supernumeraria del Opus Dei en el año 1964.

Después he vuelto a ver al fundador en tertulias con muchas personas. En una de ellas, ya siendo de la Obra, nos dijo que teníamos que amar los defectos de nuestro marido si no son ofensas a Dios, porque con ellos nos santificamos. A ellos les decía lo mismo con respecto a sus mujeres.

Nunca pensé que vería la canonización del Padre; para mí ha sido una de las grandes alegrías que me ha tocado vivir. Por ello, le doy muchas gracias a Dios. Y siguen todavía resonando en mis oídos aquellas palabras que le oí decir a San Josemaría al comenzar la meditación de mi primer curso de retiro: “¡Señor mío y Dios mío!”.