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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

El trabajo es enfermedad incurable para los del Opus Dei

Etiquetas: Sacramentos
El Fundador y los socios del Opus Dei que allí estaban, para tener bien ocupadas las horas en ese encierro ineludible, se ajustaron a un horario, con sus ratos de oración, sus momentos de tertulia, y sus horas de estudio, de auténtico trabajo intelectual. Entre otras cosas estudiaron idiomas, lo cual, más adelante, facilitaría la multiplicación de actividades, la eficacia apostólica por Europa y por América.

Este espíritu –no saber estar sin hacer nada, pues el trabajo es enfermedad incurable para los hijos de Dios en el Opus Dei– lo observarían luego en Burgos, los que convivieron allí con él hasta que acabó la guerra, o los que se acercaban desde los frentes para estar unas horas.

En uno de estos viajes, José Luis Múzquiz se fijó en una cama cubierta con montoncitos de fichas. Dos personas las estaban clasificando. De montones de fichas como aquellos había surgido en 1934 la primera versión de Camino, que se publicó en Cuenca con el título de Consideraciones Espirituales. Don Josemaría tenía la costumbre de anotar, de vez en cuando, una o dos palabras en la pequeña agenda o libreta que llevaba en el bolsillo de la sotana. Era un movimiento rapidísimo, que no interrumpía las conversaciones. Esa palabra le serviría luego para recordar la idea que acababa de ocurrírsele, o la frase feliz que se había deslizado en la conversación. En sus horas de trabajo a solas redactaba aquellas ideas.

En los momentos de más sosiego en Burgos, fue pasando a máquina y seleccionando muchas de esas ideas, pues quería darlas a la imprenta cuanto antes, para facilitar la meditación de quienes estaban aún en los frentes o en la Armada. No se publicó hasta después de la guerra, por falta de medios económicos. Don Pedro Casciaro, que estuvo mucho tiempo con el Fundador del Opus Dei en Burgos, confirma que “no pasó ni una hora ocioso”.

Se comprende la respuesta de don Fidel Gómez Colomo, cuando casualmente se lo encontró un día en Roma, por los primeros años cincuenta. Don Fidel había coincidido con él, en 1927, en la residencia sacerdotal de la calle Larra. Vivían allí varios sacerdotes “viejos”, y tres jóvenes: don Fidel, don Josemaría y don Avelino, que se ocupaban de hacer los arreglos necesarios en la residencia, de gestionar instalaciones pendientes, etcétera. Ya en Roma, caminaba don Fidel hacia la Dataría Apostólica, para llevar un paquete al Cardenal Tedeschini. Se paró un coche, y oyó que don Josemaría le llamaba:
Dónde vas, Fidel, despistado? Te llevo en coche.
Cuando le invitó a la casa donde vivía, don Fidel se negó a ir, bromeando:
He oído que la estás construyendo y como tú haces trabajar a todos, no voy, porque me harás poner ladrillos.

Vicente Ballester Domingo, religioso salesiano, fue secretario particular de don Marcelino Olaechea entre 1937 y 1939. Don Marcelino, que quería entrañablemente al Fundador del Opus Dei, lo alojó en el palacio episcopal de Pamplona, al poco de regresar a España después de cruzar la frontera de Andorra. Don Vicente Ballester sintetiza en dos palabras aquella época: “no paraba”: “don Josemaría iba de un sitio a otro, en un continuo e incansable ajetreo para atender a los socios de la Obra, a multitud de otras personas objeto de su celo pastoral en diferentes puntos de España, y a los sacerdotes, a los que dedicaba una atención y cariño especiales”.

Mons. Escrivá de Balaguer no paró hasta el momento mismo de su muerte, el 26 de junio de 1975. Murió en el cuarto donde solía trabajar.


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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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