Documentación
Artículos y Estudios
El Paraíso de los enamorados
Marta Brancatisano
La escritora italiana Marta Brancatisano desarrolla algunas ideas del fundador del Opus Dei sobre el matrimonio y el amor a Dios. "Las enseñanzas de Josemaría Escrivá invitan a redescubrir el amor en su completa integridad, como experiencia humana total y vital que implica a toda la persona".
Si todo santo tiene un modo de ser santo, pienso que una característica destacada de la personalidad de Josemaría Escrivá radica en la "necesidad de anunciar" que se hace presente en su enseñanza y en su vida. Su misión consistía en difundir un anuncio —la santidad para todos, la santidad en medio de la calle—, haciéndolo comprensible y operativo en quienes se decidían a acogerlo. Por eso, sus enseñanzas no se atienen a una exigencia de sistematicidad, sino de comunicación; y por eso utilizó todos los medios: cartas, conversaciones, viajes, incluso el cine, gracias al cual conservamos la imagen viva de su persona.
Así, a propósito del matrimonio, su sabiduría teológica no se encuentra como clausurada en volúmenes eruditos. Aparece en escritos de amplia difusión, homilías y entrevistas, así como en la memoria —documentada— de innumerables personas que tuvieron el privilegio de estar con él. Yo soy una de ellas.
"Tu camino para ir al cielo se llama..." (el nombre de la mujer, o para ella, el del marido): una frase sencilla como ésta, dirigida a jóvenes esposos y padres, tiene —a pesar del tono aparentemente romántico— una profundidad y un sentido innovador que invitan a reflexiones casi inagotables. Con esa afirmación, Josemaría Escrivá rebasa el planteamiento que enfoca los deberes conyugales como algo marginal respecto de los deberes hacia Dios. Esas palabras son el comienzo de una superposición sistemática de la relación con Dios y con el cónyuge, en el sentido de que no se puede admitir ya la hipótesis de una vida cristiana plena a latere de la conyugal; en cierto sentido, Dios no es otro que el cónyuge: no espera fuera de casa o fuera del lecho matrimonial.
Esta perspectiva arroja una luz nueva sobre el matrimonio, sobre el amor humano y sobre la transmisión de la vida. No supone normas nuevas, sino sobre todo un nuevo espíritu de vivir y de comprender el valor de la vida matrimonial. Despierta la responsabilidad personal de los esposos, llamados a salir del anonimato para ser actores de una trama fundante e insustituible en el plan de la Providencia, como primera célula de amor y de vida que manifiesta el rostro del creador.
La visión del matrimonio como relación humana primaria y fundamental, y al mismo tiempo como camino para llegar a la unión con Dios, proyecta nueva luz también sobre la virginidad, señalada por Cristo como condición privilegiada en el plan de la salvación. Matrimonio y virginidad se iluminan recíprocamente; el amor humano, lejos de contraponerse al "sagrado" amor a Dios, es el puente, el camino que conduce normalmente a Él. Y la virginidad, lejos de estériles renuncias de tono espiritualista, es también un canto de amor de la criatura que —completando un salto mortal sobre la propia estructura ontológica— encuentra el amor en un abrazo directo con Dios.
"Las mujeres sois psicólogas; tenéis vosotras la culpa cuando las cosas no van bien": esta frase de Josemaría Escrivá, afirmación aparentemente dura y deliberadamente paradójica, encierra una primera proclamación de la especial posición de la mujer en la dinámica de las relaciones de pareja. Esa prioridad fue explicitada después en forma antropológicamente científica por Juan Pablo II en la carta apostólica Mulieris Dignitatem de 1988. Con la atribución de una específica capacidad psicológica a la mujer, Josemaría Escrivá trata de reconocer en ella una característica ontológica recibida del Creador y ligada a su ser mujer: es ella la que tiene dentro de sí al otro (hombre e hijo) y lo siente/conoce en sí misma; la que tiene intimidad con el "otro" porque está hecha para llevarlo en su regazo; la que "trabaja" con la vida de modo directo y natural.
Por desgracia, la mujer de nuestros días ha intentado cancelar esa inclinación suya —con una negación antes psicológica que real—, y se dirige frecuentemente al hombre de un modo típicamente masculino: con agresividad, con una actitud cerrada. Su no a la maternidad se resuelve, en la dinámica relacional de pareja, en un no al hombre.
En este contexto, las palabras del nuevo santo suenan como un auténtico desafío para las mujeres, porque, a través de aquel reconocimiento ("sois psicólogas"), quedan invitadas a profundizar en el sentido de la feminidad, con la certeza de que realizan una tarea no "sectorial", sino de interés verdaderamente universal.
"¿Quieres a tu mujer? / ¿Quieres a tu marido? ¿Quieres también sus defectos": Josemaría Escrivá hizo muchas veces esta pregunta a personas casadas. Parece una provocación afectuosa e irónica. Pero en realidad, detrás de esa frase gráfica, se descubre una profunda valencia antropológica que ilumina la amplitud de la relación de pareja en la economía de la salvación y, de este modo, individúa la dimensión existencial primaria que liga a los seres humanos entre sí: la ayuda mutua.
Sería muy cómodo, incluso muy "comprensible" en una época como la nuestra, que hace del sentimiento el único árbitro e ingrediente del amor, pensar que el amor es bello solo mientras es bello, y que una cosa es buena mientras da gusto, y luego se tira; y también que cuando el amor se hace "difícil", no es ya amor y se puede cambiar. Pero el ser humano —al menos en el plano de la Creación y de la Redención— es la única cosa que no se puede tirar al cesto: porque el Creador lo ama como un hijo único y lo ha confiado a sus semejantes con ese mismo designio.
La capacidad de vivir el amor de veras y para siempre no depende entonces de la suerte, sino de saber que la relación de pareja tiene espinas y de aceptarlas con una recia voluntad. Es como si las palabras de Josemaría Escrivá hicieran natural decir ante las dificultades: "ahora sí te amo de veras, ahora que eres feo y antipático, ahora que me haces daño, ahora que me dejas sola..." Es como si esas palabras nos ayudasen a descifrar de algún modo la identidad misma de ese misterio que es el amor.
El amor es sentimiento, pero también razón; es instinto, pero también fortaleza; es el gozo inmenso de dar sentido incluso al dolor. Las enseñanzas de Josemaría Escrivá invitan a redescubrir el amor en su completa integridad, como experiencia humana total y vital que implica a toda la persona (con todo lo que es y tiene).
Suplemento de L'Osservatore Romano, 6 de octubre de 2002

Marta Brancatisano
Así, a propósito del matrimonio, su sabiduría teológica no se encuentra como clausurada en volúmenes eruditos. Aparece en escritos de amplia difusión, homilías y entrevistas, así como en la memoria —documentada— de innumerables personas que tuvieron el privilegio de estar con él. Yo soy una de ellas.
"Tu camino para ir al cielo se llama..." (el nombre de la mujer, o para ella, el del marido): una frase sencilla como ésta, dirigida a jóvenes esposos y padres, tiene —a pesar del tono aparentemente romántico— una profundidad y un sentido innovador que invitan a reflexiones casi inagotables. Con esa afirmación, Josemaría Escrivá rebasa el planteamiento que enfoca los deberes conyugales como algo marginal respecto de los deberes hacia Dios. Esas palabras son el comienzo de una superposición sistemática de la relación con Dios y con el cónyuge, en el sentido de que no se puede admitir ya la hipótesis de una vida cristiana plena a latere de la conyugal; en cierto sentido, Dios no es otro que el cónyuge: no espera fuera de casa o fuera del lecho matrimonial.
Esta perspectiva arroja una luz nueva sobre el matrimonio, sobre el amor humano y sobre la transmisión de la vida. No supone normas nuevas, sino sobre todo un nuevo espíritu de vivir y de comprender el valor de la vida matrimonial. Despierta la responsabilidad personal de los esposos, llamados a salir del anonimato para ser actores de una trama fundante e insustituible en el plan de la Providencia, como primera célula de amor y de vida que manifiesta el rostro del creador.
La visión del matrimonio como relación humana primaria y fundamental, y al mismo tiempo como camino para llegar a la unión con Dios, proyecta nueva luz también sobre la virginidad, señalada por Cristo como condición privilegiada en el plan de la salvación. Matrimonio y virginidad se iluminan recíprocamente; el amor humano, lejos de contraponerse al "sagrado" amor a Dios, es el puente, el camino que conduce normalmente a Él. Y la virginidad, lejos de estériles renuncias de tono espiritualista, es también un canto de amor de la criatura que —completando un salto mortal sobre la propia estructura ontológica— encuentra el amor en un abrazo directo con Dios.
"Las mujeres sois psicólogas; tenéis vosotras la culpa cuando las cosas no van bien": esta frase de Josemaría Escrivá, afirmación aparentemente dura y deliberadamente paradójica, encierra una primera proclamación de la especial posición de la mujer en la dinámica de las relaciones de pareja. Esa prioridad fue explicitada después en forma antropológicamente científica por Juan Pablo II en la carta apostólica Mulieris Dignitatem de 1988. Con la atribución de una específica capacidad psicológica a la mujer, Josemaría Escrivá trata de reconocer en ella una característica ontológica recibida del Creador y ligada a su ser mujer: es ella la que tiene dentro de sí al otro (hombre e hijo) y lo siente/conoce en sí misma; la que tiene intimidad con el "otro" porque está hecha para llevarlo en su regazo; la que "trabaja" con la vida de modo directo y natural.
Por desgracia, la mujer de nuestros días ha intentado cancelar esa inclinación suya —con una negación antes psicológica que real—, y se dirige frecuentemente al hombre de un modo típicamente masculino: con agresividad, con una actitud cerrada. Su no a la maternidad se resuelve, en la dinámica relacional de pareja, en un no al hombre.
En este contexto, las palabras del nuevo santo suenan como un auténtico desafío para las mujeres, porque, a través de aquel reconocimiento ("sois psicólogas"), quedan invitadas a profundizar en el sentido de la feminidad, con la certeza de que realizan una tarea no "sectorial", sino de interés verdaderamente universal.
"¿Quieres a tu mujer? / ¿Quieres a tu marido? ¿Quieres también sus defectos": Josemaría Escrivá hizo muchas veces esta pregunta a personas casadas. Parece una provocación afectuosa e irónica. Pero en realidad, detrás de esa frase gráfica, se descubre una profunda valencia antropológica que ilumina la amplitud de la relación de pareja en la economía de la salvación y, de este modo, individúa la dimensión existencial primaria que liga a los seres humanos entre sí: la ayuda mutua.
Sería muy cómodo, incluso muy "comprensible" en una época como la nuestra, que hace del sentimiento el único árbitro e ingrediente del amor, pensar que el amor es bello solo mientras es bello, y que una cosa es buena mientras da gusto, y luego se tira; y también que cuando el amor se hace "difícil", no es ya amor y se puede cambiar. Pero el ser humano —al menos en el plano de la Creación y de la Redención— es la única cosa que no se puede tirar al cesto: porque el Creador lo ama como un hijo único y lo ha confiado a sus semejantes con ese mismo designio.
La capacidad de vivir el amor de veras y para siempre no depende entonces de la suerte, sino de saber que la relación de pareja tiene espinas y de aceptarlas con una recia voluntad. Es como si las palabras de Josemaría Escrivá hicieran natural decir ante las dificultades: "ahora sí te amo de veras, ahora que eres feo y antipático, ahora que me haces daño, ahora que me dejas sola..." Es como si esas palabras nos ayudasen a descifrar de algún modo la identidad misma de ese misterio que es el amor.
El amor es sentimiento, pero también razón; es instinto, pero también fortaleza; es el gozo inmenso de dar sentido incluso al dolor. Las enseñanzas de Josemaría Escrivá invitan a redescubrir el amor en su completa integridad, como experiencia humana total y vital que implica a toda la persona (con todo lo que es y tiene).
Suplemento de L'Osservatore Romano, 6 de octubre de 2002
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