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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Todo lo tenía que hacer el Padre

Etiquetas: Caridad, Servicio, Trabajo
En diciembre de 1933 consiguió en alquiler un departamento en la calle Luchana, número 33, donde acudirían muchas personas que participaban ya en las tareas apostólicas del Opus Dei. Allí pasaba bastantes horas, especialmente al caer el día. Y de nuevo aparece aquí un rasgo definitivo de su personalidad, que le acompañará el resto de su vida: trabajar hasta el agotamiento, y disimular el cansancio para seguir trabajando, atendiendo las necesidades de los demás.

Lo pudo apreciar en 1934 don Ricardo Fernández Vallespín, en aquel piso de la calle Luchana: “Algunas veces, a la tarde, llegaba el Padre. A mi –que le quería– me dolía verlo con su aspecto cansado, pero el Padre cambiaba rápidamente y con inmensa paciencia estaba siempre dispuesto a charlar con el que quisiera, ¡y éramos bastantes! ¡Todo lo tenía que hacer el Padre!”.

Años después Mons. Escrivá de Balaguer confiaría a los socios de la Obra, con sentido del humor, una anécdota de aquel período: ¿Sabéis lo que hacía yo durante una época –hace años, apenas cumplidos los treinta– en la que me encontraba tan fatigado que apenas conciliaba el sueño? Pues, al levantarme, me decía: antes de comer dormirás un poco. Y cuando salía a la calle, añadía contemplando el panorama de trabajo que se me echaba encima aquel día: Josemaría, te he engañado otra vez.

Con la conciencia clara de que sólo tiene valor el tiempo que gastamos en el servicio de Dios, desplegó una tremenda actividad que, ni por asomo, se parecía al activismo, tampoco desde un punto de vista puramente externo: porque conseguía hacer un trabajo intensísimo sin dar sensación de prisas. Don Jesús Urteaga resume –referida a los años cuarenta– esta impresión:
“No fueron muchas, pero cuantas veces he entrado en su despacho de Diego de León, en Madrid, para hacerle alguna consulta o preguntarle algo, siempre tuve la sensación de que me recibía como si me estuviera esperando y no tuviera otra cosa que hacer. Cuando al despedirme, si antes de cerrar la puerta le miraba, podía cerciorarme de que ya estaba en su trabajo, como si nada le hubiera interrumpido”.

Muchos años después, don Jesús Becerra García, un mexicano que le conoció en diciembre de 1966, observa, en esta misma línea, que era “rápido de movimientos y gestos sin perder tiempo en el tránsito de una actividad a otra, pero sin precipitación ni falta de delicadeza en el trato; más aún, cuando estaba con alguien, nunca daba la sensación de tener prisa: como si tuviera todo el tiempo del mundo para atenderlo o escucharlo”.


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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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