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Artículos y Estudios
El dolor, una asignatura divina
Gonzalo Herranz
San Josemaría sufrió graves enfermedades a los largo de su vida por lo que hablaba del dolor a partir de su experiencia personal, para animar a gente afligida, para consolarles, para darles una visión positiva ante la enfermedad y la muerte. El libro "San Josemaría y los enfermos" recoge testimonios de profesionales de la medicina, que recuerdan su trato con el fundador del Opus Dei, reflejando el gran amor que sentía por los enfermos, y por los profesionales de la medicina.
San Josemaría pudo, con justicia, decir de sí mismo que sabía un poquito de la asignatura divina del dolor: Quisiera destacar aquí dos rasgos:
El primero es el carácter inseparable que en su vida tuvieron dolor y alegría. In laetitia, nulla dies sine Cruce, había escrito con frecuencia y tantas veces en su Epacta (*), queriendo indicar una aspiración para el año que empezaba y, al mismo tiempo, recoger una experiencia que anualmente se repetía. Esa honda y constante alegría suya, que podría aparecer como algo innato, espontáneo, constitucional, era la conquista arduamente alcanzada con su ascética sonriente, el resultado inmediato de su permanente búsqueda de Dios.
Decía un día, en São Paulo, que el hecho de estar enfermo no limita las posibilidades de hacer apostolado: "Padre, yo estoy enfermo... ¡Por eso! Los enfermos son hijos de Dios amadísimos: tienen más ocasiones que nadie de ofrecer al Señor mil cosas, de sonreír... ¡Lo que cuesta sonreír estando enfermo!"
¡Cuántos detalles tan llenos de humanidad nacen de su extensa experiencia de enfermo! A mí me parecen encantadoras las palabras que con un particular cariño dirige a quienes sufren dolencias que padeció en sí mismo. En cierta ocasión descubre entre los hijos que le rodean una cara seria que intenta disimu¬lar, bajo la máscara de la inexpresividad, una parálisis facial a frigore. Su afecto se vuelca con acentos de buen humor: "- Hijo mío, ¡no te pongas tan solemne...! Yo también he estado con la cara así hace veintitantos años. Hay tres testigos de esto en Roma, pero no fue una broma del ambiente: fue que no teníamos dinero para la calefacción, y allí había una humedad morrocotuda. No te preocupes, que te pondrás bien. Acude al médico, y con corrientes se apaña el asunto. Vas a es¬tar mucho más guapo que antes".
Los diabéticos recibían muestras de especial predilección: "De modo que ¡anímate! Tú estás pasando por cosas por las que he pasado yo. Yo soy un pobre hombre. De manera que puedes, con mucha alegría, llevar esas contradicciones, esa pequeña cruz, cuando el Señor llevó por nosotros una Cruz tan grande".
Juntamente con esa íntima relación entre sufrimientos y alegría, se ve ya en los ejemplos que anteceden otro segundo rasgo que me parece oportuno comentar: en la predicación de san Josemaría nada hay artificial, inauténtico; sus enseñanzas sobre el valor sobrenatural de la enfermedad son enseñanzas profundamente empíricas, producto previamente vivido, experimentado: esa conexión inmediata entre la doctrina del Evangelio y la vida del cristiano corriente -que alguien ha considerado como una de las características constantes de su predicación- pasa previamente por su interioridad, se ensaya en su propia vida y, solamente entonces, se vuelca al exterior con ese acento sincero y lleno de convicción. Esto explica que hiciese referencias frecuentes a sus vivencias de enfermo, a sus experiencias. Siempre lo hizo con una intención exclusiva: la de acercar las almas a Dios, sintiéndose instrumento -inepto, le gustaba repetir- de los designios salvadores de Dios. El recurso a la narración en tercera persona de que echaba mano con frecuencia es una prueba de su deseo de desaparecer, de pasar oculto. Si habló de sus dolores fue para animar a gente afligida, para decirles palabras de consuelo, para darles una visión positiva ante la enfermedad y la muerte.
"Hijos míos -decía a alguien que le pedía unas palabras oportunas para unos padres atribulados por la minusvalía de sus hijos-, yo os contare algo de la experiencia de quien estuvo diez años con una enfermedad grave, sin curación, y que estuvo contento, cada día más contento, porque se abandonó en los brazos de Dios, se persuadió de que Dios no es una entelequia, un ser lejano: es más que una madre buena. Y lo repito, lo he dicho antes, es todopoderoso, no se goza en nuestro mal, sino en nuestro bien. Cuando tú -recordaré a ese padre, a esa madre, a los dos- cuando tú quitas de las manos de un niño tuyo un cuchillo, una navaja, unas cerillas, con las que está jugando temes que se haga daño, el chiquillo protesta, porque le haces daño, porque le quitas un juguete. Nosotros, con la visión de este mundo, estamos viendo un tapiz al revés, por la parte de los nudos, y no comprendemos que la felicidad está después, que esto se marcha como se va el agua de entre las manos. Esto es fugaz. Tempus breve est, afirma el Espíritu Santo. Hay muy poco tiempo para amar. Díselo a ellos de mi parte, de parte de quien estuvo enfermo, moribundo por años; más: que murió, pero vive por ahí, por ahí dando guerra. Insísteles que el Señor del Cielo es su Padre y que el tiempo para amar es corto. ¡Qué amen aquí! Y que el amor se manifiesta en el dolor. Hay una vieja poesía -¿me perdonáis si me pongo cursi? A mí me dejáis hacer todo; sois buenísimos- … La poesía es muy mala, pero el concepto es bueno: Mi vida es toda de amor/ y si en amor estoy ducho/ es por fuerza del dolor; / pues no hay amante mejor/ que aquel que ha llorado mucho. Y los hombres también lloramos. Pero éstos que se enjuguen las lágrimas. Porque lo que está haciendo Dios con ellos es manifestarles su predilección. Les esperan ¡tantos goces! Les espera tanta felicidad y para siempre, ¡díselo!"
He de terminar con este epígrafe. Y para hacerlo quiero tomar prestadas unas palabras del que fuera Gran Canciller de la Universidad de Navarra, Don Álvaro del Portillo, quien más de cerca ha acompañado paso a paso la vida del fundador del Opus Dei por espacio de casi cuarenta años: «Lleno de Dios, su alma tiraba del cuerpo de un modo asombroso; la parte espiritual predominaba de tal manera sobre la parte somática que, no obstante su edad madura, le permitía esa actividad desbordante que tantos de vosotros habéis presenciado... Nadie puede entenderlo de otra forma. Los médicos que le atendían me han dicho que... sólo se explican su gran vitalidad física por la fuerza espiritual, tan imponente, que le animaba. El alma -su amor a Dios, y por Dios, al prójimo- le daba aquel empuje apostólico arrollador, tirando de su cuerpo, ya no joven, hacia arriba, de modo que, a veces, empezaba una de aquellas tertulias –catequesis multitudinarias muy cansado, por no haber dormido, y la terminaba con ganas de empezar otra enseguida, para hacer el bien».
Gonzalo Herranz fue durante muchos años director del departamento de Humanidades biomédicas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra.
* Nota del editor: La Epacta es un calendario litúrgico para ajustar las oraciones adecuadas de cada día, tanto en la celebración eucarística como en la Liturgia de las Horas.
Extracto del libro de Miguel Ángel Monge (ed), San Josemaría y los enfermos, Palabra, Madrid 2004

El primero es el carácter inseparable que en su vida tuvieron dolor y alegría. In laetitia, nulla dies sine Cruce, había escrito con frecuencia y tantas veces en su Epacta (*), queriendo indicar una aspiración para el año que empezaba y, al mismo tiempo, recoger una experiencia que anualmente se repetía. Esa honda y constante alegría suya, que podría aparecer como algo innato, espontáneo, constitucional, era la conquista arduamente alcanzada con su ascética sonriente, el resultado inmediato de su permanente búsqueda de Dios.
Decía un día, en São Paulo, que el hecho de estar enfermo no limita las posibilidades de hacer apostolado: "Padre, yo estoy enfermo... ¡Por eso! Los enfermos son hijos de Dios amadísimos: tienen más ocasiones que nadie de ofrecer al Señor mil cosas, de sonreír... ¡Lo que cuesta sonreír estando enfermo!"
¡Cuántos detalles tan llenos de humanidad nacen de su extensa experiencia de enfermo! A mí me parecen encantadoras las palabras que con un particular cariño dirige a quienes sufren dolencias que padeció en sí mismo. En cierta ocasión descubre entre los hijos que le rodean una cara seria que intenta disimu¬lar, bajo la máscara de la inexpresividad, una parálisis facial a frigore. Su afecto se vuelca con acentos de buen humor: "- Hijo mío, ¡no te pongas tan solemne...! Yo también he estado con la cara así hace veintitantos años. Hay tres testigos de esto en Roma, pero no fue una broma del ambiente: fue que no teníamos dinero para la calefacción, y allí había una humedad morrocotuda. No te preocupes, que te pondrás bien. Acude al médico, y con corrientes se apaña el asunto. Vas a es¬tar mucho más guapo que antes".
Los diabéticos recibían muestras de especial predilección: "De modo que ¡anímate! Tú estás pasando por cosas por las que he pasado yo. Yo soy un pobre hombre. De manera que puedes, con mucha alegría, llevar esas contradicciones, esa pequeña cruz, cuando el Señor llevó por nosotros una Cruz tan grande".
Juntamente con esa íntima relación entre sufrimientos y alegría, se ve ya en los ejemplos que anteceden otro segundo rasgo que me parece oportuno comentar: en la predicación de san Josemaría nada hay artificial, inauténtico; sus enseñanzas sobre el valor sobrenatural de la enfermedad son enseñanzas profundamente empíricas, producto previamente vivido, experimentado: esa conexión inmediata entre la doctrina del Evangelio y la vida del cristiano corriente -que alguien ha considerado como una de las características constantes de su predicación- pasa previamente por su interioridad, se ensaya en su propia vida y, solamente entonces, se vuelca al exterior con ese acento sincero y lleno de convicción. Esto explica que hiciese referencias frecuentes a sus vivencias de enfermo, a sus experiencias. Siempre lo hizo con una intención exclusiva: la de acercar las almas a Dios, sintiéndose instrumento -inepto, le gustaba repetir- de los designios salvadores de Dios. El recurso a la narración en tercera persona de que echaba mano con frecuencia es una prueba de su deseo de desaparecer, de pasar oculto. Si habló de sus dolores fue para animar a gente afligida, para decirles palabras de consuelo, para darles una visión positiva ante la enfermedad y la muerte.
"Hijos míos -decía a alguien que le pedía unas palabras oportunas para unos padres atribulados por la minusvalía de sus hijos-, yo os contare algo de la experiencia de quien estuvo diez años con una enfermedad grave, sin curación, y que estuvo contento, cada día más contento, porque se abandonó en los brazos de Dios, se persuadió de que Dios no es una entelequia, un ser lejano: es más que una madre buena. Y lo repito, lo he dicho antes, es todopoderoso, no se goza en nuestro mal, sino en nuestro bien. Cuando tú -recordaré a ese padre, a esa madre, a los dos- cuando tú quitas de las manos de un niño tuyo un cuchillo, una navaja, unas cerillas, con las que está jugando temes que se haga daño, el chiquillo protesta, porque le haces daño, porque le quitas un juguete. Nosotros, con la visión de este mundo, estamos viendo un tapiz al revés, por la parte de los nudos, y no comprendemos que la felicidad está después, que esto se marcha como se va el agua de entre las manos. Esto es fugaz. Tempus breve est, afirma el Espíritu Santo. Hay muy poco tiempo para amar. Díselo a ellos de mi parte, de parte de quien estuvo enfermo, moribundo por años; más: que murió, pero vive por ahí, por ahí dando guerra. Insísteles que el Señor del Cielo es su Padre y que el tiempo para amar es corto. ¡Qué amen aquí! Y que el amor se manifiesta en el dolor. Hay una vieja poesía -¿me perdonáis si me pongo cursi? A mí me dejáis hacer todo; sois buenísimos- … La poesía es muy mala, pero el concepto es bueno: Mi vida es toda de amor/ y si en amor estoy ducho/ es por fuerza del dolor; / pues no hay amante mejor/ que aquel que ha llorado mucho. Y los hombres también lloramos. Pero éstos que se enjuguen las lágrimas. Porque lo que está haciendo Dios con ellos es manifestarles su predilección. Les esperan ¡tantos goces! Les espera tanta felicidad y para siempre, ¡díselo!"
He de terminar con este epígrafe. Y para hacerlo quiero tomar prestadas unas palabras del que fuera Gran Canciller de la Universidad de Navarra, Don Álvaro del Portillo, quien más de cerca ha acompañado paso a paso la vida del fundador del Opus Dei por espacio de casi cuarenta años: «Lleno de Dios, su alma tiraba del cuerpo de un modo asombroso; la parte espiritual predominaba de tal manera sobre la parte somática que, no obstante su edad madura, le permitía esa actividad desbordante que tantos de vosotros habéis presenciado... Nadie puede entenderlo de otra forma. Los médicos que le atendían me han dicho que... sólo se explican su gran vitalidad física por la fuerza espiritual, tan imponente, que le animaba. El alma -su amor a Dios, y por Dios, al prójimo- le daba aquel empuje apostólico arrollador, tirando de su cuerpo, ya no joven, hacia arriba, de modo que, a veces, empezaba una de aquellas tertulias –catequesis multitudinarias muy cansado, por no haber dormido, y la terminaba con ganas de empezar otra enseguida, para hacer el bien».
Gonzalo Herranz fue durante muchos años director del departamento de Humanidades biomédicas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra.
* Nota del editor: La Epacta es un calendario litúrgico para ajustar las oraciones adecuadas de cada día, tanto en la celebración eucarística como en la Liturgia de las Horas.
Extracto del libro de Miguel Ángel Monge (ed), San Josemaría y los enfermos, Palabra, Madrid 2004
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