San Josemaría Escrivá
La Vida

El Concilio Vaticano II

Etiquetas: Iglesia, Papa, Concilio Vaticano II
El 25 de enero de 1959, al conocer la noticia de la convocatoria del Concilio, el fundador del Opus Dei manifestó su alegría y esperanza, y comenzó a rezar y a pedir oraciones “por el feliz éxito de esa gran iniciativa que es el Concilio Ecuménico”.

Imagen de una de las sesiones del Concilio Vaticano II
Imagen de una de las sesiones del Concilio Vaticano II
Algunos miembros del Opus Dei participaron activamente en los trabajos conciliares; entre ellos, monseñor Álvaro del Portillo. Durante las diversas sesiones de aquella magna asamblea eclesial, que supuso una nueva Pentecostés para la Iglesia, muchos Padres conciliares conversaron con el Fundador, para conocer su parecer sobre algunas de las cuestiones que se trataban en el Aula.

Cuando se publicaron los documentos conciliares, san Josemaría se llenó de gozo. “Una de mis mayores alegrías ha sido precisamente ver cómo el Concilio Vaticano II ha proclamado con gran claridad la vocación divina del laicado. Sin jactancia alguna, debo decir que, por lo que se refiere a nuestro espíritu, el Concilio no ha supuesto una invitación a cambiar, sino que, al contrario, ha confirmado lo que —por la gracia de Dios— veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años. La principal característica del Opus Dei no son unas técnicas o métodos de apostolado, ni unas estructuras determinadas, sino un espíritu que lleva precisamente a santificar el trabajo”.

La llamada universal a la santidad

Resulta fácil imaginar su agradecimiento al Señor al leer estas afirmaciones de la Constitución dogmática Lumen gentium: “Todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun en la sociedad terrena, un nivel de vida más humano”.

Desde 1928, la llamada universal a la santidad había ocupado un lugar central en sus enseñanzas. “La santidad no es cosa para privilegiados —afirmaba en 1930—: que a todos llama el Señor, que de todos espera amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio”. También había recordado con particular insistencia desde los comienzos que todos los fieles cristianos tienen "alma sacerdotal" y participan del sacerdocio de Cristo.

Escribía el 11 de marzo de 1940 a los miembros del Opus Dei: “Con alma sacerdotal, haciendo de la Santa Misa el centro de nuestra vida interior, buscamos estar con Jesús, entre Dios y los hombres”.

Por ese conjunto de razones, san Josemaría experimentó una profunda alegría al leer en el Decreto Presbyterorum Ordinis: “El Señor Jesús hizo partícipe a todo su Cuerpo Místico de la unción del Espíritu con que Él está ungido: pues en Él todos los fieles se constituyen en sacerdocio santo y real, ofrecen a Dios, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales y anuncian el poder de quien los llamó de las tinieblas a su luz admirable. No hay, pues, miembro alguno que no tenga su cometido en la misión de todo el Cuerpo, sino que cada uno debe glorificar a Jesús en su corazón y dar testimonio de Él con espíritu de profecía”.

Vocación cristiana, vocación al apostolado

El Concilio recordaba que todos los fieles están llamados, por su consagración bautismal, a realizar un intenso apostolado, “porque la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado”.

21 de noviembre de 1965, Pablo VI inaugura el Centro ELIS, en Roma
21 de noviembre de 1965, Pablo VI inaugura el Centro ELIS, en Roma
Durante su pontificado, el beato Juan XXIII había confiado al Opus Dei la puesta en marcha de una labor apostólica en el Tiburtino, entonces un suburbio de Roma muy desfavorecido que sufría carencias de todo tipo. Pocos años después, el 21 de noviembre de 1965, Pablo VI inauguró el Centro ELIS, una de las concreciones de aquella labor encomendada por el Papa, dirigido a la promoción profesional de los jóvenes obreros de la zona.

Pablo VI llegó al Centro ELIS acompañado por varios Padres Conciliares; allí le esperaban el Fundador y una multitud de personas del barrio. Al ver a aquellas gentes, y aquel sueño apostólico hecho realidad, el Papa se fundió en un largo abrazo con san Josemaría, diciéndole:
—Aquí todo, todo es Opus Dei.

Comentaba el Fundador al día siguiente: “Estaba ayer muy emocionado; me he emocionado siempre: con Pío XII, con Juan XXIII y con Pablo VI, porque tengo fe”.