Documentación
Relatos biográficos
El Coliseo
Lugares de Roma (8)
San Josemaría, que contempló este imponente vestigio de la civilización romana, había plasmado, años antes, en Camino, esta reflexión: "¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día! –Piensa, entonces, qué es lo más heroico".
En 1972, san Josemaría decía en una homilía: "Venero con todas mis fuerzas la Roma de Pedro y de Pablo, bañada por la sangre de los mártires, centro de donde tantos han salido para propagar en el mundo entero la palabra salvadora de Cristo. Ser romano no entraña ninguna muestra de particularismo, sino de ecumenismo auténtico; supone el deseo de agrandar el corazón, de abrirlo a todos con las ansias redentoras de Cristo, que a todos busca y a todos acoge, porque a todos ha amado primero"1.
Las ruinas del Coliseo son testimonio elocuente de la grandeza de la antigua civilización romana y, al mismo tiempo de su miseria y caducidad. De modo muy expresivo, Juan Pablo II lo caracterizaba como «trágico y glorioso monumento de la Roma imperial, testigo mudo del poder y del dominio, memorial mudo de vida y de muerte, donde parecen resonar, casi como un eco interminable, gritos de sangre (cfr. Jn 4, 10) y palabras que imploran concordia y perdón» 2.
Grandiosidad y crueldad
El Anfiteatro Flavio, que era su nombre original, refleja el genio romano, capaz de acometer empresas de gran envergadura cuidando a la vez hasta los menores detalles prácticos. Todo en esta construcción estaba pensado para que sus enormes dimensiones y su solidez no fuesen en detrimento ni de la belleza ni de la funcionalidad. El equilibrio arquitectónico se logró gracias a los tres pisos de arcadas, en los que se distribuyeron sabiamente los espacios para dar sensación de ligereza. El sentido práctico estaba presente en multitud de aspectos: en los accesos, con más de ochenta puertas que permitían llenar y vaciar el anfiteatro en pocos minutos; en la distribución de los asientos, calculada para que desde cada uno de los cincuenta mil puestos pudiera verse perfectamente la arena; en el sistema de toldos que protegían a la multitud del sol y de la lluvia, y que eran extendidos por un equipo de cien soldados de la marina; en la compleja red de subterráneos, donde había ascensores de poleas para izar a los combatientes y a las fieras...
Se tardó ocho años en levantar este grandioso edificio, empleando en el trabajo a unos doce mil esclavos; en su mayoría eran hebreos, hechos prisioneros por Tito después de la destrucción de Jerusalén, en el año 70. El nuevo Amphitheatrum fue inaugurado en el año 80, con un programa de espectáculos y festejos que duró cien días: fallecieron en la arena centenares de gladiadores, y murieron unos cinco mil animales salvajes. También por entonces se celebraron las primeras naumachiae, combates navales que se realizaban inundando el interior y que, por su novedad, debieron de impresionar vivamente a los romanos.
Los sucesivos emperadores compitieron para ofrecer al pueblo espectáculos cada año más aparatosos. Séneca ya se había lamentado en el pasado de la espiral de violencia e inhumanidad a la que conducía este tipo de entretenimientos3. El pueblo pedía sensaciones cada vez más fuertes, porque sólo le interesaba la sangre, el puro homicidio y las matanzas, cuanto más crueles y sofisticadas mejor.
En ese contexto, las ejecuciones de los condenados no resultaban demasiado interesantes para el público, ya que los indefensos reos apenas presentaban resistencia a los verdugos o las fieras. Por eso se llevaban a cabo a última hora de la mañana, como intermedio entre las luchas de gladiadores que se habían visto hasta ese momento y las que se tendrían por la tarde. Muchos de esos condenados, que perdían su vida ante espectadores embrutecidos y con frecuencia indiferentes, eran cristianos.
Un martirio insigne «in Amphitheatrum»
Un ejemplo conmovedor de cómo afrontaban el martirio los primeros cristianos nos lo ha dejado san Ignacio de Antioquía, muerto en tiempos del emperador Trajano. Convertido del paganismo, Ignacio fue el segundo sucesor de san Pedro en la sede episcopal de Antioquía. El año 107 fue detenido, condenado ad belvas –a las fieras– y enviado a Roma bajo custodia militar para cumplir allí su pena.
Del largo viaje desde Siria a la capital del Imperio conocemos bastantes detalles por el historiador Eusebio de Cesarea y, sobre todo, gracias a las siete cartas que el mismo san Ignacio escribió a las Iglesias de otras tantas ciudades para fortalecerles en la fe y prevenirles ante las herejías gnósticas, que por entonces empezaban a extenderse.
Todas las cartas empiezan con el saludo de Ignacio, llamado también Teoforo, portador de Dios. Al fundador del Opus Dei le gustaba ese sobrenombre: "a todo cristiano se debería poder aplicar el apelativo que se usó en los comienzos: portador de Dios. Obra de tal modo que puedan atribuirte con verdad ese admirable calificativo"4.
Muy lleno de Dios iba san Ignacio, como refleja el tono de gozo que tienen sus cartas: "cordialmente en Jesucristo y en una alegría inmaculada"..., son las palabras con que saluda a los efesios; "desea a los de Magnesia una sobreabundante alegría en Dios Padre y en Jesucristo; y a los filadelfios les manda un saludo en la sangre de Jesucristo, que es alegría eterna y constante"... Las razones de su felicidad eran totalmente sobrenaturales, ya que el futuro mártir conocía lo que le aguardaba; y los esbirros que le conducían no destacaban precisamente por su delicadeza: desde Siria hasta Roma, escribe, voy luchando con las fieras, por tierra y mar, de día y de noche, encadenado a diez leopardos, esto es, a un pelotón de soldados. Éstos, a pesar del bien que reciben, se hacen peores. Con sus malos tratos voy siendo más discípulo [de Cristo]"5.
San Ignacio se gozaba de compartir la Cruz de Jesús, y tenía el deseo ardiente de que su identificación con Nuestro Señor se completase con el martirio. Por eso, ruega a los cristianos que no intercedan por él ante las autoridades y expresa su deseo de que las fieras se lancen a devorarle rápidamente: "no me vaya a suceder, dice, como algunos a los que, acobardadas, no tocaron"6. Eran famosos algunos casos en que los animales hambrientos no habían atacado a los cristianos o incluso se habían echado mansamente a sus pies, ante el asombro de los espectadores. Según antiguas tradiciones, así sucedió a santa Martina, san Alejandro y san Marino, entre otros santos.
El obispo de Antioquía fue arrojado a los leones in Amphitheatrum7. Así vio cumplido su anhelo: "Soy trigo de Dios, y es preciso que sea molido por los dientes de las fieras, para convertirme en pan inmaculado de Cristo"8.
Después del horrible espectáculo, los cristianos lograron rescatar algunos huesos del mártir, los custodiaron con veneración y más tarde los enviaron a Antioquía: "vosotros habéis gozado de su episcopado" –decía san Juan Crisóstomo a los fieles de la ciudad siria– "y los romanos han admirado su martirio. El Señor os ha quitado por poco tiempo este precioso tesoro para mostrarlo a los romanos, y os lo ha devuelto con gloria mayor"9. En el siglo VII, sin embargo, a causa de las invasiones sarracenas, las reliquias fueron trasladadas de nuevo a Roma, y hoy reposan en la iglesia de san Clemente. Allí se puede acudir ahora para, siguiendo un consejo del Crisóstomo, sacar frutos espirituales de estos sagrados restos, ya que son como un tesoro del que se puede tomar parte sin que nunca se agote10.
El camino de lo ordinario
Aunque también el Circo Máximo, el Circo de Nerón y otros lugares de la Urbe fueron escenario de la muerte de muchos cristianos, en 1749 el Papa Benedicto XIV consagró el Coliseo como lugar santo en memoria de la Pasión de Cristo y de los sufrimientos de los mártires. Ese mismo año, hizo colocar alrededor de la arena las estaciones del Vía Crucis.
Actualmente, nada más entrar en el Anfiteatro, se ve de frente una gran cruz de madera negra, que invita a rezar. En ese lugar, ante el instrumento de la Pasión del Señor y recordando a quienes dieron su vida por Cristo, es natural que surjan deseos de mayor entrega, de superar para siempre nuestro egoísmo, de que se acreciente en todos los cristianos el amor a la mortificación... Son aspiraciones santas, que con el auxilio de la gracia pueden hacerse operativas en la vida ordinaria: "¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día! –Piensa, entonces, qué es lo más heroico"11.
El fundador del Opus Dei tenía una gran devoción a los mártires de los primeros siglos de la Iglesia. Al mismo tiempo recordó que la santidad es para todos y alertaba con frecuencia ante el error de pensar que el heroísmo sobrenatural se limita a situaciones extraordinarias: las persecuciones, el martirio, las contradicciones de mucha monta, o la realización de grandes empresas por la gloria de Dios... En vez de anhelar esas gestas –que podrán presentarse alguna vez, pero que en la vida real serán muy infrecuentes– nos animaba a todos los cristianos a seguir el camino de la heroicidad en medio de las circunstancias en que cada uno se nos encontra. De ahí el consejo de Camino: "Quieres ser mártir. –Yo te pondré un martirio al alcance de la mano: ser apóstol y no llamarte apóstol, ser misionero –con misión– y no llamarte misionero, ser hombre de Dios y parecer hombre de mundo: ¡pasar oculto!"12.
Como los mártires, los cristianos hemos de tener el deseo ardiente de cumplir la Voluntad de Dios y de manifestarle nuestro amor, también pasando por el sacrificio, con alegría, porque "mortificación no es pesimismo, ni espíritu agrio. La mortificación no vale nada sin la caridad: por eso hemos de buscar mortificaciones que, haciéndonos pasar con señorío sobre las cosas de la tierra, no mortifiquen a los que viven con nosotros. El cristiano no puede ser ni un verdugo ni un miserable; es un hombre que sabe amar con obras, que prueba su amor en la piedra de toque del dolor. Pero he de decir, otra vez, que esa mortificación no consistirá de ordinario en grandes renuncias, que tampoco son frecuentes. Estará compuesta de pequeños vencimientos: sonreír a quien nos importuna, negar al cuerpo caprichos de bienes superfluos, acostumbrarnos a escuchar a los demás, hacer rendir el tiempo que Dios pone a nuestra disposición... Y tantos detalles más, insignificantes en apariencia, que surgen sin que los busquemos —contrariedades, dificultades, sinsabores—, a lo largo de cada día"13.
Notas
1. San Josemaría, Lealtad a la Iglesia (4-VI-1972)
2. Juan Pablo II, Vía Crucis en el Coliseo, Viernes Santo de 2003, Oración inicial.
3. Cfr. Séneca, Espístolas morales a Lucilio I, 7, 3-5.
4. San Josemaría, Forja, 94.
5. San Ignacio de Antioquía, Carta a los romanos, V, 1.
6. Ibid., V, 2.
7. Martyrium Antiochenum VI, 3.
8. San Ignacio de Antioquía, Carta a los romanos, IV, 1.
9. San Juan Crisóstomo, In S. Ignatium Martirem hom., n. 5, PG 50, col. 594.
10. Ibid., col. 595.
11. Camino, n. 204.
12. Camino, n. 848.
13. San Josemaría, Es Cristo que Pasa, 37.
Texto y fotos en formato pdf
Reconstrucción del Coliseo
Las ruinas del Coliseo son testimonio elocuente de la grandeza de la antigua civilización romana y, al mismo tiempo de su miseria y caducidad. De modo muy expresivo, Juan Pablo II lo caracterizaba como «trágico y glorioso monumento de la Roma imperial, testigo mudo del poder y del dominio, memorial mudo de vida y de muerte, donde parecen resonar, casi como un eco interminable, gritos de sangre (cfr. Jn 4, 10) y palabras que imploran concordia y perdón» 2.
Grandiosidad y crueldad
El Anfiteatro Flavio, que era su nombre original, refleja el genio romano, capaz de acometer empresas de gran envergadura cuidando a la vez hasta los menores detalles prácticos. Todo en esta construcción estaba pensado para que sus enormes dimensiones y su solidez no fuesen en detrimento ni de la belleza ni de la funcionalidad. El equilibrio arquitectónico se logró gracias a los tres pisos de arcadas, en los que se distribuyeron sabiamente los espacios para dar sensación de ligereza. El sentido práctico estaba presente en multitud de aspectos: en los accesos, con más de ochenta puertas que permitían llenar y vaciar el anfiteatro en pocos minutos; en la distribución de los asientos, calculada para que desde cada uno de los cincuenta mil puestos pudiera verse perfectamente la arena; en el sistema de toldos que protegían a la multitud del sol y de la lluvia, y que eran extendidos por un equipo de cien soldados de la marina; en la compleja red de subterráneos, donde había ascensores de poleas para izar a los combatientes y a las fieras...
Se tardó ocho años en levantar este grandioso edificio, empleando en el trabajo a unos doce mil esclavos; en su mayoría eran hebreos, hechos prisioneros por Tito después de la destrucción de Jerusalén, en el año 70. El nuevo Amphitheatrum fue inaugurado en el año 80, con un programa de espectáculos y festejos que duró cien días: fallecieron en la arena centenares de gladiadores, y murieron unos cinco mil animales salvajes. También por entonces se celebraron las primeras naumachiae, combates navales que se realizaban inundando el interior y que, por su novedad, debieron de impresionar vivamente a los romanos.
Los sucesivos emperadores compitieron para ofrecer al pueblo espectáculos cada año más aparatosos. Séneca ya se había lamentado en el pasado de la espiral de violencia e inhumanidad a la que conducía este tipo de entretenimientos3. El pueblo pedía sensaciones cada vez más fuertes, porque sólo le interesaba la sangre, el puro homicidio y las matanzas, cuanto más crueles y sofisticadas mejor.
En ese contexto, las ejecuciones de los condenados no resultaban demasiado interesantes para el público, ya que los indefensos reos apenas presentaban resistencia a los verdugos o las fieras. Por eso se llevaban a cabo a última hora de la mañana, como intermedio entre las luchas de gladiadores que se habían visto hasta ese momento y las que se tendrían por la tarde. Muchos de esos condenados, que perdían su vida ante espectadores embrutecidos y con frecuencia indiferentes, eran cristianos.
Un martirio insigne «in Amphitheatrum»

Martirio de san Ignacio de Antioquía
Del largo viaje desde Siria a la capital del Imperio conocemos bastantes detalles por el historiador Eusebio de Cesarea y, sobre todo, gracias a las siete cartas que el mismo san Ignacio escribió a las Iglesias de otras tantas ciudades para fortalecerles en la fe y prevenirles ante las herejías gnósticas, que por entonces empezaban a extenderse.
Todas las cartas empiezan con el saludo de Ignacio, llamado también Teoforo, portador de Dios. Al fundador del Opus Dei le gustaba ese sobrenombre: "a todo cristiano se debería poder aplicar el apelativo que se usó en los comienzos: portador de Dios. Obra de tal modo que puedan atribuirte con verdad ese admirable calificativo"4.
Muy lleno de Dios iba san Ignacio, como refleja el tono de gozo que tienen sus cartas: "cordialmente en Jesucristo y en una alegría inmaculada"..., son las palabras con que saluda a los efesios; "desea a los de Magnesia una sobreabundante alegría en Dios Padre y en Jesucristo; y a los filadelfios les manda un saludo en la sangre de Jesucristo, que es alegría eterna y constante"... Las razones de su felicidad eran totalmente sobrenaturales, ya que el futuro mártir conocía lo que le aguardaba; y los esbirros que le conducían no destacaban precisamente por su delicadeza: desde Siria hasta Roma, escribe, voy luchando con las fieras, por tierra y mar, de día y de noche, encadenado a diez leopardos, esto es, a un pelotón de soldados. Éstos, a pesar del bien que reciben, se hacen peores. Con sus malos tratos voy siendo más discípulo [de Cristo]"5.
San Ignacio se gozaba de compartir la Cruz de Jesús, y tenía el deseo ardiente de que su identificación con Nuestro Señor se completase con el martirio. Por eso, ruega a los cristianos que no intercedan por él ante las autoridades y expresa su deseo de que las fieras se lancen a devorarle rápidamente: "no me vaya a suceder, dice, como algunos a los que, acobardadas, no tocaron"6. Eran famosos algunos casos en que los animales hambrientos no habían atacado a los cristianos o incluso se habían echado mansamente a sus pies, ante el asombro de los espectadores. Según antiguas tradiciones, así sucedió a santa Martina, san Alejandro y san Marino, entre otros santos.
El obispo de Antioquía fue arrojado a los leones in Amphitheatrum7. Así vio cumplido su anhelo: "Soy trigo de Dios, y es preciso que sea molido por los dientes de las fieras, para convertirme en pan inmaculado de Cristo"8.
Después del horrible espectáculo, los cristianos lograron rescatar algunos huesos del mártir, los custodiaron con veneración y más tarde los enviaron a Antioquía: "vosotros habéis gozado de su episcopado" –decía san Juan Crisóstomo a los fieles de la ciudad siria– "y los romanos han admirado su martirio. El Señor os ha quitado por poco tiempo este precioso tesoro para mostrarlo a los romanos, y os lo ha devuelto con gloria mayor"9. En el siglo VII, sin embargo, a causa de las invasiones sarracenas, las reliquias fueron trasladadas de nuevo a Roma, y hoy reposan en la iglesia de san Clemente. Allí se puede acudir ahora para, siguiendo un consejo del Crisóstomo, sacar frutos espirituales de estos sagrados restos, ya que son como un tesoro del que se puede tomar parte sin que nunca se agote10.
El camino de lo ordinario
Aunque también el Circo Máximo, el Circo de Nerón y otros lugares de la Urbe fueron escenario de la muerte de muchos cristianos, en 1749 el Papa Benedicto XIV consagró el Coliseo como lugar santo en memoria de la Pasión de Cristo y de los sufrimientos de los mártires. Ese mismo año, hizo colocar alrededor de la arena las estaciones del Vía Crucis.
Actualmente, nada más entrar en el Anfiteatro, se ve de frente una gran cruz de madera negra, que invita a rezar. En ese lugar, ante el instrumento de la Pasión del Señor y recordando a quienes dieron su vida por Cristo, es natural que surjan deseos de mayor entrega, de superar para siempre nuestro egoísmo, de que se acreciente en todos los cristianos el amor a la mortificación... Son aspiraciones santas, que con el auxilio de la gracia pueden hacerse operativas en la vida ordinaria: "¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día! –Piensa, entonces, qué es lo más heroico"11.
Lápida conmemorativa de la consagración
El fundador del Opus Dei tenía una gran devoción a los mártires de los primeros siglos de la Iglesia. Al mismo tiempo recordó que la santidad es para todos y alertaba con frecuencia ante el error de pensar que el heroísmo sobrenatural se limita a situaciones extraordinarias: las persecuciones, el martirio, las contradicciones de mucha monta, o la realización de grandes empresas por la gloria de Dios... En vez de anhelar esas gestas –que podrán presentarse alguna vez, pero que en la vida real serán muy infrecuentes– nos animaba a todos los cristianos a seguir el camino de la heroicidad en medio de las circunstancias en que cada uno se nos encontra. De ahí el consejo de Camino: "Quieres ser mártir. –Yo te pondré un martirio al alcance de la mano: ser apóstol y no llamarte apóstol, ser misionero –con misión– y no llamarte misionero, ser hombre de Dios y parecer hombre de mundo: ¡pasar oculto!"12.
Como los mártires, los cristianos hemos de tener el deseo ardiente de cumplir la Voluntad de Dios y de manifestarle nuestro amor, también pasando por el sacrificio, con alegría, porque "mortificación no es pesimismo, ni espíritu agrio. La mortificación no vale nada sin la caridad: por eso hemos de buscar mortificaciones que, haciéndonos pasar con señorío sobre las cosas de la tierra, no mortifiquen a los que viven con nosotros. El cristiano no puede ser ni un verdugo ni un miserable; es un hombre que sabe amar con obras, que prueba su amor en la piedra de toque del dolor. Pero he de decir, otra vez, que esa mortificación no consistirá de ordinario en grandes renuncias, que tampoco son frecuentes. Estará compuesta de pequeños vencimientos: sonreír a quien nos importuna, negar al cuerpo caprichos de bienes superfluos, acostumbrarnos a escuchar a los demás, hacer rendir el tiempo que Dios pone a nuestra disposición... Y tantos detalles más, insignificantes en apariencia, que surgen sin que los busquemos —contrariedades, dificultades, sinsabores—, a lo largo de cada día"13.
Notas
1. San Josemaría, Lealtad a la Iglesia (4-VI-1972)
2. Juan Pablo II, Vía Crucis en el Coliseo, Viernes Santo de 2003, Oración inicial.
3. Cfr. Séneca, Espístolas morales a Lucilio I, 7, 3-5.
4. San Josemaría, Forja, 94.
5. San Ignacio de Antioquía, Carta a los romanos, V, 1.
6. Ibid., V, 2.
7. Martyrium Antiochenum VI, 3.
8. San Ignacio de Antioquía, Carta a los romanos, IV, 1.
9. San Juan Crisóstomo, In S. Ignatium Martirem hom., n. 5, PG 50, col. 594.
10. Ibid., col. 595.
11. Camino, n. 204.
12. Camino, n. 848.
13. San Josemaría, Es Cristo que Pasa, 37.
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