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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Don José María Somoano

Etiquetas: Cruz, Sacerdotes diocesanos
Don José María Somoano
Don José María Somoano
Le ayudaba mucho don José María Somoano Berdasco, sacerdote asturiano, de Arriondas, que vino pronto a ser, de hecho, capellán del hospital. Todos destacan su piedad acrisolada, su afán de almas, su valentía, su delicada lealtad al Fundador del Opus Dei. Pero falleció repentinamente, al poco tiempo, en plena juventud, por una causa inesperada. Colaboraba además otro sacerdote, don Lino Bea–Murguía, que también había pedido la admisión en la Obra y murió luego asesinado en Madrid, en los años de la guerra. Lo cierto es que, como declara sor Engracia, “don Josemaría Escrivá era el alma del grupo de sacerdotes de aquella época”: era muy trabajador y aunque ella piensa que entonces estaba trabajando can algún alto dignatario de la Iglesia, realmente no paraba, y estaba siempre disponible para atender a los enfermos del Hospital del Rey, a pesar de que éste se encontraba muy lejos del centro de la ciudad.

Otra hermana de esa comunidad, sor Isabel Martín, atestigua que les oficiaba la Santa Misa los domingos o días festivos.

Cuando hacía buen tiempo, preparaban un altar portátil en el jardín, en la explanada en que está ahora una estatua grande de piedra representando el Corazón de Jesús. Y visitaba todos los Pabellones, ya que el sacerdote podía entrar a atender a cualquier enfermo aunque estuviese aislado rigurosamente por la infección: “se tomaban todas las precauciones, pero entraba”.

También visitaba asiduamente el Hospital de la Princesa, un centro de la Beneficencia Sanitaria. Estaba situado en la Plaza de San Bernardo (hoy Glorieta de Ruiz–Giménez). Tenía capacidad para unos 2.000 enfermos, que se alojaban en salas muy grandes de 200 y 300 camas, aprovechadas al máximo, ya que entre cama y cama había espacio sólo para una mesilla de noche o una silla, según describe un médico, don Tomás Canales Maeso, que trabajó allí desde diciembre de 1932 a julio de 1936. Los enfermos eran verdaderamente pobres, y los atendía gratuitamente la Beneficencia. El doctor Maeso trabajaba a las órdenes del doctor Blanc y Fortacín, profesor de la Facultad de San Carlos. Un día, a principios de 1933, le presentó a un sacerdote joven, como “un gran sacerdote, familiar y paisano mío (de Barbastro), que no es un trabucaire”. (Solían llamar “trabucaires”, en esos años, a los sacerdotes que se metían en política.)

Desde aquel día lo encontró con mucha frecuencia en el hospital, casi a diario, por la mañana, recorriendo sala por sala, hablando con los enfermos, confesándolos y llevándoles la Comunión: “Algún día lo vi varias veces, por lo que calculo que permanecería allí tres o cuatro horas”. Y continúa: “A pesar de que en aquellos tiempos se hacían, con facilidad, comentarios poco favorables sobre el clero, para el Padre todo eran elogios por parte tanto del personal sanitario como de los enfermos. A todos les gustaba hablar con él porque atraía. Tenía algo especial difícil de definir”.

Por estas fechas, la labor del Opus Dei iba tomando cuerpo, bien enraizada en la Cruz, con el dolor y la oración de los pobres y enfermos desatendidos de Madrid. El Fundador vio la necesidad de disponer de un local apropiado para formar a las nuevas vocaciones y, al mismo tiempo, continuar la tarea apostólica que venía haciendo.


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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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