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Testimonios

Detrás de los papeles, personas

Filomena Longino Lombardi

Etiquetas: Opus Dei, Trabajo, Vocación, Josemaría Escrivá
En mi trabajo profesional como abogado de familia, me enfrento a situaciones familiares de lo más diversas. Cuando tengo que preparar los documentos para el tribunal me consuela mucho la enseñanza de san Josemaría: ver personas, detrás de los papeles que tengo entre manos: de este modo pongo a mis clientes en manos de Dios.
Hay un punto de Surco que es mi preferido y que dice, a propósito de la oración: “la primera audiencia, para Jesucristo”
Hay un punto de Surco que es mi preferido y que dice, a propósito de la oración: “la primera audiencia, para Jesucristo”

Muchas veces las personas que acuden a mí viven dramas familiares, y corro el riesgo de dejarme abatir por el dolor viendo el sufrimiento de los demás. Ante esto, como acudo diariamente a la Santa Misa, puedo llevarme conmigo a todas estas personas y dejarlas en el altar. Además, cuando veo un cuadro de la Virgen con el Niño Jesús le pido que cuide Ella de todos, como hace con el Niño que tiene entre sus brazos.

Hay un punto de Surco que es mi preferido y que dice, a propósito de la oración: “la primera audiencia, para Jesucristo” (n. 450). Así que, por la mañana, los minutos que dedico a la oración me preparan para el trabajo de ese día y después, en mi trabajo, el haber rezado me facilita estar inmersa en Dios. Es lo que san Josemaría llamaba una unidad de vida sencilla y fuerte.

Todo empezó en un curso de periodismo...
¡Qué regalo más grande he recibido con mi vocación al Opus Dei! y, lo mejor de todo, es que puedo transmitir, en la normalidad de mi vida cotidiana, a cada persona que encuentro (familiares, colegas, amigos, etc.) lo extraordinario de la coherencia de vida, de una vida cristiana alegre, de tener siempre una sonrisa para todos, de ser muy humanos, queriendo a los demás con la única finalidad de quererlos, para después dar el paso, como sugería san Josemaría, de ser divinos: ¡ser muy humanos para ser divinos!

Conocí el espíritu del Opus Dei a la edad de 24 años, cuando participé en un curso de periodismo en el que coincidí con una persona de la Obra. Hasta ese momento no conocía nada de esta institución y lo que había oído era muy negativo. En el curso me impresionó la normalidad de esta persona. Así comenzó una amistad leal y sincera. Después, esta chica me pidió ayuda para organizar el mismo curso en el año siguiente y acepté encantada. En el trabajo conjunto descubrí cómo esta persona transformaba su trabajo en oración, vi claramente cómo santificaba las tareas que hacía. Fue la coherencia y la unidad de vida que vivía en su trabajo y en su día a día lo que me fascinó pero, sobre todo, que el Señor tenía entre sus planes esto para mí: por eso, a los 26 años pedí la admisión en el Opus Dei.