Testimonios
Descubrí en qué consiste la aventura de la familia
Peter Prünte, Alemania
1 de enero de 2001
Hace unos años tenía un concepto naturalista de la familia. Ni siquiera me planteaba la formación de una y no acababa de incorporar esa realidad a mi vida, ni como posibilidad personal, ni como institución.Es cierto que, a través de mis padres, había conocido el modelo de un matrimonio cristiano, que se profesaba fidelidad mutua. Pero en mi interior me había alejado tanto de la fe, que como mucho, me podían resultar simpáticas las ideas filosóficas de Séneca, a quien había conocido por las lecturas en el colegio.
Esto cambió cuando entré en contacto con el Opus Dei. Luego, mi propia decisión de formar una familia con mi esposa Julia fue decisivo para descubrir en qué consiste realmente la aventura de la “familia”. Una aventura para la que son tan apropiadas las palabras del Señor a Pedro: “Duc in altum” (Mar adentro), que relaciono mucho con san Josemaría, pues las usaba en su predicación.
La parte principal de la aventura comienza cuando contemplo cómo van creciendo nuestros cinco hijos, que han nacido uno tras otro y en los que veo un regalo de Dios para lo padres. Tenía y tengo el privilegio de ver en los niños a criaturas de Dios que no están destinadas a nosotros, sino que pertenecen únicamente al Señor, y de las que yo, como padre, tengo el privilegio de ser responsable.
“En mis conversaciones con tantos matrimonios, les insisto en que mientras vivan ellos y vivan también sus hijos, deben ayudarles a ser santos, sabiendo que en la tierra no seremos santos ninguno. No haremos más que luchar, luchar y luchar.
—Y añado: vosotros, madres y padres cristianos, sois un gran motor espiritual, que manda a los vuestros fortaleza de Dios para esa lucha, para vencer, para que sean santos. ¡No les defraudéis!” (Forja, 692).
Mi más íntimo deseo es que todos nuestros hijos lleven una vida que sea digna de un cristiano. Y que a través de su vida puedan regalar la luz de la fe, a su vez, a muchos otros seres humanos, convirtiéndose así en maravillosos multiplicadores de aquello que nosotros, fortalecidos por las enseñanzas de san Josemaría, podemos transmitirles.

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