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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Así preparó el Señor mi alma

Etiquetas: Película
En el alma joven de Josemaría quedó grabada para siempre la lección de fe y entereza de sus padres, en aquel difícil trance. Lo evocaría años después, en una carta fechada el 28 de marzo de 1971, que escribía al alcalde de Barbastro, don Manuel Gómez Padrós, para contestar su felicitación por San José, y para agradecer las noticias que le enviaba sobre la promoción social de nuestro pueblo:
Déjame que te diga que mi madre y mi padre, aunque hubieron de salir de esa tierra, nos inculcaron, con la fe y la piedad, tanto cariño a las riberas del Vero y del Cinca. Recuerdo, concretamente de mi padre, cosas que me enorgullecen y que no se han borrado de mi memoria, a pesar de que me fui de ahí a los trece años: anécdotas de caridad genera y oculta, fe recia sin ostentaciones, abundante fortaleza a la hora de la prueba bien unido a mi madre y a sus hijos. Así preparó el Señor mi alma, con esos ejemplos empapados de dignidad cristiana y de heroísmo escondido siempre subrayados por una sonrisa, para que más tarde le fuera pobre instrumento –con la gracia de Dios– en la realización de una Providencia suya, que no me aparta del pueblo mío queridísimo. Perdóname este desahogo. No te puedo ocultar que, esas evocaciones, me llenan de alegría.

Escaparate de lo que posteriormente se denominó La Ciudad de Londres
Escaparate de lo que posteriormente se denominó La Ciudad de Londres
En la calle del Mercado –hoy General Mola– de Logroño, tenía don Antonio Garrigosa y Borrell una tienda de tejidos llamada “La Gran Ciudad de Londres”. Con él llegó a un acuerdo don José Escrivá, para participar económicamente en el negocio, a la vez que trabajaba a diario atendiendo a los clientes. A don Manuel Ceniceros, ahijado de Garrigosa, que comenzó su oficio en la tienda en 1921, le impresionaba la elegancia y dignidad de todo su comportamiento, especialmente en la forma de llevar su cambio de fortuna. “Se veía que era un hombre feliz y extremadamente metódico y puntual. Muy pulcro en el vestir”. Aún le ve con su bombín y su bastón paseando los domingos por el centro de Logroño.

Era también un hombre verdaderamente religioso. No se avergonzaba de confesarlo delante de personas que presumían de anticlericales; iba con frecuencia a Misa, antes de llegar puntualmente a su trabajo; rezaba el Rosario en familia: su casa era un auténtico hogar cristiano. Don José, en la memoria de Manuel Ceniceros, llevaba esta vida con gran naturalidad, sin alardes, como uno más en el trabajo, lleno de cordialidad, dispuesto siempre a ayudar a todos. Nunca se quejó, ni tuvo un mal gesto con nadie, por el revés de su fortuna.

Cuando en junio de 1975 le entrevistó un periodista, don Manuel Ceniceros confirmó lo que, al parecer, había considerado muchas veces ante los compañeros de trabajo: “Si la santidad del hijo ha sido como la de su padre, estoy seguro que llegará a los altares”.

Los primeros meses en Logroño debieron ser especialmente duros para la familia Escrivá, porque apenas conocían a nadie en la ciudad. Vivían en la calle Sagasta, número 18 (hoy, 12), en un piso cuarto, de techos bajos, cubierto sólo en parte por una buhardilla: piso caluroso en verano y frío en invierno.

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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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