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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Cuéntanos el cuento

Etiquetas: Confesión Sacramental
“Pero lo que más le gustaba cuando estaba con ellas –afirma Adriana Corrales– era sentarse en una mecedora del salón, y contarles cuentos –normalmente de miedo, para asustarlas que inventaba él mismo”. Debían efectivamente gustarle mucho los cuentos. El 16 de junio de 1974, mencionó ante miles de personas, en el Palacio de Congresos del General San Martín (Buenos Aires), que de pequeño se escapaba a la cocina, aunque le decían que no debía ir: pero había allí dos cosas estupendas: una cocinera que se llamaba María, que era muy buena, que sabía siempre el mismo cuento, un cuento de ladrones simpáticos; y, además, había unas patatas fritas colosales. Las dos cosas las tenía yo vedadas: oír el cuento... Porque no le decíamos: cuéntanos un cuento. No: oye, María, cuéntanos el cuento. Sabíamos que ella no conocía otro; pero lo decía tan bien, que siempre nos parecía nuevo.

En aquella casa de la plaza del Mercado había señorío, solera. El ambiente era sencillo y elegante, alegre y piadoso. También allí aprendió Josemaría a rezar el Rosario. Los sábados bajaban con otras familias amigas a San Bartolomé, una iglesia que ha desaparecido, y rezaban el Rosario y la Salve. (A esta iglesia iban también a veces a oír Misa los padres con sus hijos mayores, Carmen y Josemaría).
Del libro "La historia de un sí", M. A. Cárceles e I. Torra
Del libro "La historia de un sí", M. A. Cárceles e I. Torra

Fue doña Dolores quien preparó a su hijo para la primera confesión. Fijó la fecha con su confesor, el P. Enrique Labrador, un santo religioso escolapio. Cuando llegó el día, después eje hacer a Josemaría las últimas recomendaciones, lo llevó de la mano hasta la iglesia. Lo narraba él mismo en 1972:
Cuando hice mi primera Confesión –tenía seis o siete años–, me quedé muy contento, y siempre me da alegría recordarlo. Me llevó mi madre a su confesor y... ¿sabéis lo que me puso de penitencia? Os lo digo, que os moriréis de risa. Aún estoy oyendo las carcajadas de mi padre, que era muy piadoso, pero no beato. No se le ocurrió al buen cura –era un frailecito muy majo– más que esto: dirás a mamá que te dé un huevo frito. Cuando se lo dije a mi madre, comentó: hijo mío, ese padre te podía haber dicho que te comieras un dulce, ¡pero un huevo frito...! ;Se ve que le gustaban mucho los huevos fritos!
¿No es un encanto que venga al corazón del niño –que todavía no sabe nada de la vida, ni de las miserias de la vida– el confesor de la madre a decirle que le den un huevo frito? ¡Es magnífico! ¡Aquel hombre valía un imperio!


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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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